Videntes, heavies, gays y ucranianos: cómo Putin utiliza a la Iglesia ortodoxa en su cruzada contra el “satanismo”
Perseguir el satanismo podría parecer una fijación de otros tiempos, pero en la Rusia de Vladímir Putin es una política de Estado. La poderosa Iglesia ortodoxa rusa ha impulsado la lucha contra esta creencia como un cajón de sastre donde dar cabida a una agenda ultraconservadora y de represión de las identidades que se alejan de los valores tradicionales rusos.
El año pasado logró que se ilegalizara el inexistente “movimiento satánico internacional”. Con este pretexto, se ha multado a personas con tatuajes considerados maléficos, se han hecho redadas en conciertos de heavy metal y se ha prohibido y detenido a los organizadores de festivales de disfraces por Halloween.
En esta cruzada contra el ocultismo, el jefe de la Iglesia ortodoxa, el patriarca Kirilll, se ha obsesionado ahora con los tarotistas y los videntes, a los que acusa de tener un “poder diabólico”. El motivo es que, en un momento de incertidumbre por la guerra y la inestabilidad económica, muchos rusos han vuelto a recurrir a estas prácticas.
La etiqueta de satanismo se ha utilizado también para demonizar al colectivo LGTBI y para repudiar las expresiones de género no normativas. De hecho, a menudo se relaciona este tipo de estéticas disidentes con la supuesta decadencia de Europa y por eso se apela de forma recurrente a la necesidad de “desatanizar” a Occidente.
El primer paso para esta “desatanización” es la guerra de Ucrania, convertida por la Iglesia ortodoxa en una guerra santa. La propaganda rusa intenta presentar a Kiev como el epicentro del mal global y acusa a los soldados que luchan contra Rusia de llevar a cabo rituales de culto a Satanás.
Música y disfraces satánicos
La resolución judicial que prohibió el satanismo afirma que este presunto movimiento se basa en “la ideología extremista, el odio y la hostilidad hacia las confesiones religiosas tradicionales”. Según la Fiscalía, sus miembros incitan a la violencia contra las instituciones eclesiásticas y participan en la “destrucción, daño y profanación de iglesias ortodoxas”, además de tener vínculos con “el nacionalismo radical y el neonazismo”.
Así pues, en Rusia, lucir una estrella de cinco puntas, ya sea en la piel, en un parche o en una imagen en las redes sociales es lo mismo que lucir una esvástica y, por tanto, susceptible de ser denunciado y multado por las autoridades. Las sanciones dependen del tipo de ofensa, pero pueden ir desde el equivalente a 10 o 20 euros por difundir contenido satánico, hasta penas de prisión por supuesta pertenencia a grupos de adoración al diablo. En el último año, se han abierto decenas de casos.
La entidad fundamentalista ortodoxa Sorok Sorokov celebra en declaraciones a elDiario.es que, desde la aprobación de la ley, ha habido “una disminución de nuevos adeptos” al satanismo. Asimismo, avisan de que las personas que durante años se han identificado con esta comunidad “no han desaparecido”. “Se podría decir que han pasado a la clandestinidad y siguen practicando su religión, pero a puerta cerrada”, dice su director, Gueorgui Soldátov.
Esta asociación, conocida entre otras cosas por haberse quejado de que un bollo de una popular cadena de supermercados contenía una estrella demoníaca, provocó la cancelación de un encuentro de disfraces de Halloween en San Petersburgo el pasado otoño. Los activistas denunciaron el evento cuando se anunció, basándose en las fotos de la edición anterior donde, según ellos, se veían “danzas blasfemas con la cruz, disfraces que promovían el sexo LGTBI, artistas con cuernos y mucho más”.
La policía decidió prohibir el acto, considerado “indeseable”, y su organizador acabó deportado. Sorok Sorokov escribió en Telegram: “¡Victoria! Un festival con ideología satánica ha sido clausurado por las fuerzas del orden en San Petersburgo. ¡Alabado sea Dios!”. Preguntado sobre el porqué de este tipo de denuncias, Soldátov responde: “No condenar el mal equivale a aceptarlo. Sin líneas rojas, cualquier Estado acabaría sumido en el caos”.
Otras víctimas colaterales de la fiebre contra el satanismo son los músicos de metal. Uno de los casos más sonados fue la redada en un concierto donde tocaban cuatro bandas de este estilo en una sala de Moscú, en febrero, y que se saldó con 10 detenidos. Se les acusaba de haber exhibido estrellas de cinco puntas, cruces invertidas y otros símbolos extremistas. Los afectados no han querido dar su testimonio a este periódico porque es “un tema complejo” con el que “hay que tener mucho cuidado”.
Guerra al tarot
Ya que la ley contra el “movimiento satánico internacional” no permite ilegalizar a los adivinos, tarotistas o brujos, el patriarca Kirilll sostiene que es necesario abordar la regulación de estos servicios. Acusa a quienes los ofrecen de ejercer una “influencia manipuladora masiva”. “Hay una fuerza oscura presente en la adivinación. Si los milagros implican poder y gracia divinos, entonces la adivinación implica un poder diabólico”, dice el jefe de la Iglesia.
La preocupación del patriarca se explica por los datos de marzo de una encuesta de VTsIOM, una consultora vinculada al Kremlin, según la cual un 52% de los rusos admite leer los horóscopos y haber consultado astrólogos, mientras que un 37% afirma haber pagado para que les leyeran el futuro. Además, casi la mitad de los ciudadanos cree que hay personas con poderes sobrenaturales, un porcentaje sensiblemente superior al de 2019, cuando solo lo pensaba menos de un tercio de la población.
Un 52% de los rusos admiten leer los horóscopos y haber consultado astrólogos, mientras que un 37% afirman haber pagado para que les predijeran el futuro, según una consultora vinculada al Kremlin
Los sociólogos responsables de esta investigación atribuyen este crecimiento a los “retos geopolíticos y económicos actuales en Rusia y en todo el mundo”, que “aumentan la ansiedad, provocando un auge del misticismo”. En estas condiciones “de amenazas militares”, continúan, la “creencia” se convierte en “una herramienta de defensa psicológica”.
Para el director de Sorok Sorokov, estas actividades esotéricas son “el principal problema de la vida social y religiosa en la Rusia actual, una auténtica epidemia espiritual”. Lamenta que “las personas que comercian con las almas de los demás obtienen beneficios de billones de rublos cada año” e “involucran a cientos de miles de ciudadanos en prácticas espirituales destructivas” que acaban con “la destrucción de familias y muchas otras tragedias”. Por todo ello, concluye que el satanismo es “solo la punta del iceberg” y que su base es el “ocultismo”.
Satánicos y homosexuales
Al ilegalizar el “movimiento satánico internacional” se tomó de ejemplo la ilegalización, en 2023, del “movimiento LGTBI internacional”. Aunque se trata de dos organizaciones inexistentes y que no parecen guardar relación alguna entre sí, los sectores más conservadores aseguran que son dos “ideologías” que se retroalimentan.
En una mesa redonda en el Parlamento ruso celebrada el año pasado, el diputado Andrei Kartapolov, presidente del Comité de Defensa de la Duma, declaró que el satanismo es “peor” que la homosexualidad porque es “más corrupto y agresivo”.
El presidente de la Comisión Patriarcal para la Protección de la Maternidad y la Infancia, el sacerdote Fiódor Lukiánov, opinó que la conexión entre ambas “ideologías” es “evidente” y proyectó una tabla llamada “características comunes del movimiento LGTBI y del movimiento satánico”. También vinculó el satanismo a otras tendencias asociadas a “la deshumanización del niño”, como los therians que, desde su punto de vista, contienen muchos elementos diabólicos. Por último, dijo que “los tiroteos escolares, la ideología sin hijos y el movimiento LGTBI” comparten “una raíz misantrópica común”.
Esta retórica no es inocua. En 2023, en la región de Uliánovsk, un médico fue detenido ante las cámaras y acusado de formar parte, simultáneamente, del “movimiento LGTBI internacional” y del “movimiento satánico”, que entonces todavía no estaba catalogado como extremista. Según los servicios secretos, el arrestado “promovía la idea de las relaciones con personas del mismo sexo entre los trabajadores subordinados como una forma de iniciarlos en la adoración del diablo”. Aunque tanto él como su entorno negaron las acusaciones, le condenaron a tres años de cárcel.
Los principales dirigentes rusos emplean también este discurso que vincula cualquier muestra de identidad, orientación o expresión de género no normativa con el satanismo. Sin ir más lejos, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, describió la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de París de 2024 como “uno de los ejemplos más evidentes de degradación moral” por la inclusión de motivos “antihumanos y satánicos”, en referencia a la aparición de drag queens.
En boca del diplomático, esta terminología no solo tiene un carácter de denuncia de principios, sino que también busca la confrontación con Occidente, representada como la vanguardia de la destrucción de los valores tradicionales. Otro de los eventos que siempre atrae comentarios similares de Lavrov es Eurovisión, conocido por su reivindicación de los derechos LGTBI. Después de la última edición del festival, en mayo, dejó claro que Rusia no tiene ningún interés en participar de nuevo porque es una demostración de “satanismo descarado”. Tras la invasión de Ucrania, Eurovisión expulsó a Rusia del festival.
Una guerra santa
Meses después de justificar la invasión de Ucrania como una operación para “desnazificar” el país, algunos dirigentes rusos empezaron a hablar de “desatanización”. En noviembre de 2022 el expresidente ruso Dmitri Medvedev definió la guerra como un “conflicto sagrado con Satanás” y advirtió que Moscú podía enviar a todos sus enemigos al infierno.
En diciembre de 2023, el general checheno Apti Alaudínov dijo: “La guerra que estamos librando actualmente en Ucrania es una guerra santa y nada más”. Argumentó que Putin se había visto obligado a atacar Kiev porque “el satanismo estaba a punto de destruir Rusia” e insinuó que aquello era sólo “el punto de partida” de un enfrentamiento armado contra Occidente en defensa de los valores espirituales.
Incluso el secretario adjunto del Consejo de Seguridad ruso, Aleksei Pavlov, escribió un artículo en el semanario Argumenti i fakti en el que defendía que, desde 2014, la capital ucraniana se había ido erigiendo en un centro mundial de sectas satánicas, una especie de “hipersecta totalitaria”, con la ayuda de EEUU, por lo que entendía que era “cada vez más urgente llevar a cabo la desatanización de Ucrania”.
Con el objetivo de probar esta deriva diabólica del enemigo, algunos medios publicaron el hallazgo de supuestos altares satánicos en pueblos conquistados por el ejército ruso. En septiembre de 2025, la agencia estatal RIA Nóvosti enseñó un conjunto de objetos de culto satánico en una aldea de Donetsk. Un analista militar del medio dijo: “Esto sugiere que estos kits se suministraron a unidades nacionalistas o a las Fuerzas Armadas de Ucrania de forma centralizada”.
Menos difusión en los medios oficiales tuvo, en 2023, el indulto a un condenado por el asesinato ritual de cuatro adolescentes que había salido de prisión para enrolarse en el ejército ruso. Él sí que formaba parte de un grupo abiertamente satánico y violento.
El patriarca no actúa según principios cristianos, sino que, para él, lo más importante es ser leal al Estado y aceptar la violencia como una parte normal de la vida
A quien no le sorprenden nada estas virguerías argumentales es a Serguéi Chapnin, extrabajador del Patriarcado de Moscú. Él fue el primero en advertir, en 2015, después de la anexión de Crimea y en plena guerra del Donbás, que el Kremlin, con el apoyo de la Iglesia ortodoxa, transformaría la guerra en Ucrania en una guerra santa.
En una conversación con elDiario.es Chapnin recuerda cómo, ya entonces, el patriarca Kirilll aseguró que la rebelión prorrusa en el este de Ucrania había estado motivada por el deseo de los jóvenes locales de deshacerse de las marchas del Orgullo gay y del activismo LGTBI. “Rusia era presentada como el bando de la luz y del bien. No luchaba sólo contra Ucrania, sino también contra el llamado Occidente colectivo, que según el relato ruso había traicionado los valores cristianos”, explica.
La Iglesia Ortodoxa Rusa ha dado desde el principio un apoyo inequívoco a Putin en la guerra. Kirilll impuso a todos los sacerdotes una oración por la victoria de Rusia y purgó a quienes se negaron a recitarla durante la misa. “Esta oración es, en realidad, un juramento ideológico de lealtad al patriarca Kirilll”, dice Chapnin.
En su opinión, el jefe de la Iglesia “no actúa según principios cristianos”, sino que, para él, “lo más importante es ser leal al Estado” y, por tanto, “aceptar la violencia como una parte normal de la vida”. De hecho, considera que el patriarca es uno de los artífices del concepto de los “valores tradicionales” que ha adoptado el Kremlin. Apunta que, en los años 2000, el religioso era visto como un liberal, pero que a finales de la década impulsó un giro conservador para acercarse lo máximo posible al Estado a cambio de proporcionar a Putin una nueva ideología basada en el fundamentalismo ortodoxo.
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