Echarse unas risas
Hay una expresión que sostiene este país más que el PIB y bastante más que los discursos institucionales: ‘Echarse unas risas’. No figura en la Constitución, pero debería ubicarse entre el derecho a la vivienda digna y el deber de contribuir con nuestros impuestos, porque hay semanas que solo se sostienen gracias a un chiste a tiempo, a una carcajada bien colocada, a ese momento en que alguien dice algo absurdo y el día, de pronto, deja de ser lunes aunque siga siéndolo.
Echarse unas risas es un acto profundamente serio. No lo parece, porque se practica en bares, cocinas, chats de WhatsApp y pasillos de oficina, pero tiene algo de ingeniería emocional. Uno entra al trabajo con la cara de quien ha dormido mal, ha discutido con el despertador y ha perdido una batalla con el café, y de pronto alguien suelta una tontería y todo se recoloca. No mejora el sueldo, no desaparecen los correos pendientes, pero el mundo deja de apretar tanto. Es como aflojarse la corbata del alma.
En las familias, echarse unas risas es la versión doméstica de la diplomacia internacional. Hay tensiones, hay silencios, hay ese comentario que podría escalar hasta convertirse en un conflicto generacional, y entonces aparece la risa como un mediador suizo. Un cuñado que imita a otro, una madre que exagera una anécdota, un padre que cuenta el mismo chiste por vigésima vez con la convicción de que sigue siendo nuevo. Y funciona. No porque sea brillante, sino porque es oportuno. La risa tiene esa capacidad de convertir un posible drama en una sobremesa.
Con los amigos, la cosa adquiere otra dimensión. Ahí la risa no solo alivia, sino que construye memoria. Uno no recuerda exactamente qué dijo nadie, pero sí recuerda haberse doblado sobre la mesa, haber tenido que pedir otra ronda solo para recuperar el aliento, haber salido a la calle con la sensación de que el mundo, durante un rato, había sido un lugar perfectamente habitable. Echarse unas risas con amigos es una forma de ahorro, se guardan para cuando vengan mal dadas.
Lo curioso es que nadie planifica echarse unas risas. No hay agenda, no hay KPI, no hay PowerPoint. Sucede. Alguien tropieza con una palabra, alguien interpreta mal una frase, alguien se equivoca con una solemnidad impecable y el resto entiende que ahí hay oro. La risa nace muchas veces del error, que es el único terreno verdaderamente democrático, porque todos fallamos, luego todos podemos reírnos.
Echarse unas risas también tiene su riesgo. Una mala risa -fuera de lugar, fuera de tiempo- puede ser más peligrosa que el silencio. Pero cuando acierta, cuando se produce ese pequeño milagro colectivo de reírse juntos, el efecto es inmediato, se rebaja la gravedad, se humaniza la escena, se recuerda que, antes que empleados, padres, hijos o contribuyentes, somos gente intentando sobrevivir al día sin dramatizarlo todo.
Quizá por eso la expresión es tan precisa. No dice `reírse’, dice ‘echarse unas risas’, como quien se lanza a una piscina sin comprobar la temperatura. Hay algo voluntario, casi valiente, en decidir que, a pesar de todo, hoy toca reír.
En un mundo que se toma demasiado en serio a sí mismo, echarse unas risas es casi un acto subversivo. Una manera de decir que no todo merece solemnidad, que no todo necesita un discurso, que hay momentos que solo piden una carcajada compartida y el pequeño alivio de saber que, al menos por un rato, todo está bien.
Y luego está Donald Trump, que asegura que puede bombardear un país y asesinar a civiles por diversión, por echarse unas risas.
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