El espíritu del 'no a la guerra'
Basta con escuchar la radio pública americana o leer la información internacional de los periódicos estadounidenses para comprobar que en el imaginario colectivo de Estados Unidos el mundo se divide en aliados y adversarios, y lo que sucede en el mundo exterior se observa y se analiza con la mirada de quien se siente responsable, no mero espectador, de los aconteceres de otros países.
Ese imaginario colectivo de responsabilidad para con el resto del mundo se ha sustentado durante décadas, dentro y fuera de Estados Unidos, sobre un relato de grandes principios que debían ser promovidos universalmente: la libertad, la democracia, el bien frente al mal. Conceptos que, como es bien sabido, han sido aplicados de forma inconsistente y arbitraria, en ocasiones para enmascarar intereses más espurios, y que han servido para justificar intervenciones con desastrosas consecuencias humanitarias y para la consecución de los propios principios que se enarbolaban.
La guerra contra Irán puede verse como una continuación de esa historia de intervenciones militares ilegales, pero también como un desarrollo más peligroso, habida cuenta de los esfuerzos limitados de la administración estadounidense por articular un relato que justifique la intervención. Por eso es difícil no sospechar que, detrás de las decisiones de Donald Trump, hay un componente no despreciable de instintos e impulsos personales cuya explicación corresponde más a la psicología que a la geopolítica o la economía, incluyendo dentro de esta las finanzas personales.
En el universo de Trump no hay grandes principios ni relatos: solo frases cortas,simples y generalmente desarticuladas, que muestran sin disimulo sus impulsos psicológicos y que podrían resumirse en un “soy el mejor” y “aquí el que manda soy yo”. Es un retorno a instintos primarios, a la ley del más fuerte, a un mundo despojado de valores y normas compartidos que, por hipócritas que a veces puedan ser, establecen por lo menos ciertos límites y sobre todo articulan un espacio para el debate y la conversación pública.
Si es posible ver algo esperanzador en medio de esta guerra es que nos muestra de golpe y sin ambages las consecuencias y los peligros de ese retorno a un mundo primario dominado por hombres fuertes que ni siquiera se esfuerzan por disimular sus instintos. Pero esos hombres no son la causa del problema sino más bien su consecuencia: surgen en el vacío que genera la pérdida de esperanzas y proyectos compartidos; imponen la ley del más fuerte cuando el resto acabamos creyendo que esa es la única ley posible.
Por eso necesitamos recuperar el espíritu del ‘no a la guerra’: la esperanza de que otro mundo mejor es posible, por muy oscuros que sean los tiempos presentes. Una esperanza que solo puede ser compartida si trasciende nuestras pantallas atomizadas y recupera algo de aquellos silencios y gritos corpóreos en las calles denuestros pueblos y ciudades.
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