Sanidad pública en el paraíso de la libertad

0

En el servicio de urgencias de uno de los grandes hospitales públicos de Madrid, en una sala abarrotada de pacientes en observación, intento distraerme leyendo un artículo de Santiago Alba Rico en El País sobre por qué evitamos mirar a los ojos a quienes piden dinero en el metro, alzando su voz y mostrándonos su vulnerabilidad. Pero, lejos de evadirme del contexto hospitalario, acabo pensando en nuestra propia vulnerabilidad como pacientes e imaginando si, en una hipotética e improbable visita, Isabel Díaz Ayuso sería capaz no ya de mirarnos a los ojos —a nosotros y a los sanitarios que nos atienden con gran profesionalidad— sino simplemente de permanecer en este lugar.

Apenas hay espacio entre los sillones y portasueros de los pacientes, que ocupan todas las paredes formando una especie de corro, como si de una sala de estar se tratara, y las pocas sillas disponibles para acompañantes dificultan a los celadores el traslado en silla de ruedas de los enfermos. Precisamente en uno de esos trayectos, atisbo otra sala mucho más grande llena de camas sin separación, con los acompañantes concentrados en un grupo de sillas junto a la entrada, y confío en no tener que pasar la noche en esa suerte de hospital de campaña. 

Cuando llega la hora del cambio de turno de enfermería, es imposible no escuchar el parte médico del resto de pacientes porque el puesto de control apenas está separado de nuestra pequeña estancia llena de sillones. Así me entero, involuntariamente y con incomodidad manifiesta, de que a mi derecha se sienta una paciente oncológica cuyos dolores se han intensificado; enfrente, un hombre de mediana edad que sospechan que puede tener piedras en el riñón; y un poco más allá, una chica joven que va a ser derivada a urgencias de ginecología. Por suerte, una breve llamada de teléfono me evita seguir conociendo más detalles médicos ajenos. 

Si no hubiera llegado a urgencias por mi propio pie y no supiera que estoy en uno de los principales hospitales de referencia de nuestro país, pensaría que he tenido la mala suerte de caer enfermo en un lugar empobrecido, sin recursos para actualizar y redimensionar unas instalaciones sanitarias que han ido envejeciendo sin apenas inversión durante décadas. Pero esto es Madrid, donde abunda el dinero y también la libertad, que en este caso es una invitación a que quien pueda haga uso de la sanidad privada, para poder seguir bajando los impuestos.

La visita de Ayuso a las urgencias abarrotadas de este hospital es tan improbable como su encuentro con un hombre pidiendo dinero en el metro, porque en su universo ideológico la sanidad pública es una prestación de beneficencia para quienes no tienen seguro privado y un servicio de último recurso para situaciones de mayor complejidad o gravedad en las que la sanidad privada no responde. Una propuesta política nunca enunciada abiertamente pero que ha cosechado gran éxito en un Madrid cada vez más segregado: al alejar a una parte relevante de los votantes de los servicios públicos, es posible dejar que se degraden sin apenas coste político, ofreciendo a cambio rebajas fiscales y ampliando las oportunidades de negocio de un puñado de empresas privadas. Y a quienes no tienen más remedio que seguir utilizando esos maltrechos servicios públicos, se les anima a seguir esforzándose para liberarse ellos también de la beneficencia en el paraíso de la libertad.

Etiquetas
stats