Estirar el presente o pensar en el futuro
Uno de los efectos más perniciosos de la polarización es adormecer el debate y la crítica interna dentro de cada uno de los bloques que se cimentan. El objetivo superior de hacer frente al adversario o el miedo a ser considerado equidistante o un desertor en las propias filas actúan como sordinas frente a la autocrítica y la sana discrepancia.
El pasado lunes 18 de mayo, un día después de las elecciones andaluzas, el alcalde socialista de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, escribió en la red social ‘X’: “Favorecer el inicio de una legislatura para condicionarla puntualmente con medidas progresistas no es pactar con la derecha ni renunciar a tus principios. Evitar un secuestro a millones de personas es una tarea digna y con honor. También es querer a tu tierra”. Un usuario anónimo, de los muchos que pululan en las redes cada vez menos sociales, le espetó: “Siempre tiene que haber colaboracionistas en las filas de la izquierda para que la estrategia de la derecha triunfe. Nunca pasa al revés”.
Se supone que la estrategia de la izquierda pasa por resistir en el Gobierno central como dique de contención frente al auge de la extrema derecha, con la esperanza de que ese ascenso se frene en algún momento y se produzca un punto de inflexión, gracias en parte a la constatación práctica de las consecuencias del auge de la ultraderecha. Bajo este prisma, la creciente influencia de Vox en muchos gobiernos autonómicos se observa como un mal menor, una suerte de castigo ejemplificador que puede contribuir a evitar el mal mayor que supondría la llegada de la ultraderecha o sus postulados al Gobierno central.
Sin embargo, la esperanza de que se produzca ese punto de inflexión que evite el mal mayor hace tiempo que ha ido desvaneciéndose, y la izquierda parece haberse instalado en un carpe diem en el que el objetivo es resistir y estirar el presente frente a un futuro tenebroso que se vislumbra como inevitable.
Así, el miedo a la ultraderecha se convierte en el principal reclamo electoral, al tiempo que no se pone todo el foco necesario en cuáles son las políticas y las promesas de futuro que pueden ayudar a frenarla de forma sostenible. La polarización contribuye a alimentar esta dinámica, al presentar la ola reaccionaria como una fuerza exógena, y soslaya además el debate sobre los riesgos de estirar un presente político cada vez más precario en el que aumenta la desafección.
Huir hacia delante y, al mismo tiempo, de un porvenir temible que se acepta como inevitable no parece que sea precisamente una estrategia de futuro. Cuestionar este marco mental, y pensar en el futuro de un proyecto político más allá del presente inmediato, debería formar parte de la sana y necesaria autocrítica.
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