Idealismo escapista para tiempos convulsos (II)
En la transición entre el sueño y la vigilia se produce un estado intermedio, conocido como hipnopómpico, en el que los últimos destellos de la actividad inconsciente del sueño se diluyen en la percepción consciente de la realidad de forma casi indiscernible. Un lapso breve y difuso en el que se entremezclan realidad y ficción —si es que los sueños pueden considerarse como tal— antes de recuperar la conciencia plena y adentrarnos de lleno en la realidad material en la que estamos condenados a permanecer durante el resto del día.
Por suerte, la literatura o el cine nos permiten pequeñas evasiones de la realidad al sumergirnos en las historias creadas por la ficción. Una película absorbente nos hace creer por momentos en la existencia de esa otra realidad que nos muestra o un libro nos genera conexiones inmediatas entre lo que estamos leyendo y nuestros propios pensamientos, que de una forma u otra están imbricados en la realidad. Pero los límites entre ficción y realidad difícilmente se diluyen por completo y, aunque la ficción puede transformar nuestros pensamientos, la realidad material que nos rodea permanece generalmente inalterada.
A veces, sin embargo, se abren pequeñas brechas en las que realidad y ficción se solapan a modo de alucinaciones hipnopómpicas. Leyendo en un espacio público, al levantar la vista del libro en un momento de intensidad narrativa o reflexiva, la empatía que produce un personaje de la novela se traslada a la persona que mira su móvil angustiada en la mesa de al lado, o la alegría que transmite un pasaje de la historia se confunde con la de una familia que pasea animadamente unos metros maś allá del lugar de lectura.
Los sentimientos que genera la ficción se entremezclan con la percepción de la realidad y en esos breves lapsos se abre la posibilidad de ver la realidad circundante como el escenario de una ficción, no en el sentido de irreal sino de realidad contingente, eventual, dentro de un abanico de realidades posibles. El entorno se percibe de repente como materia alterable y es posible imaginar otra forma de estar en el mundo en la que la empatía que promueve la literatura permea en la realidad hasta transformarla. Un idealismo escapista (otro más) para tiempos convulsos.
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