El año en el que Ayuso se deshizo de sus enemigos
Ha pasado solo un año desde que una moción de censura fallida en Murcia diera un vuelco al panorama político. Fue un terremoto con consecuencias para todo el país, con un epicentro que no estuvo en Murcia, sino en Madrid. Ese 10 de marzo de 2021, Isabel Díaz Ayuso amanecía con la excusa perfecta para apretar el botón del adelanto electoral. Su decisión fue individual, solo consultada con su todopoderoso jefe de gabinete, Miguel Ángel Rodríguez –MAR–. No contó con su partido, que meses antes le había parado los pies hasta en dos ocasiones por sus intentos en plena pandemia de ir a las urnas movida por las encuestas favorables y unos medios de comunicación que la jaleaban tras erigirse como la verdadera oposición a Pedro Sánchez. Ese día Ayuso descolgó el teléfono para informar a Pablo Casado, entonces líder del PP, de una decisión que ya estaba tomada y que no pensaba negociar.
Los intentos de Casado por frenarla fueron en balde. Dirigentes del PP sitúan en esa llamada el punto de inflexión de lo que terminaría con una relación rota de dos políticos que habían forjado una estrecha amistad desde las nuevas generaciones del partido en Madrid. Un año después el desenlace es conocido: Casado está hoy fuera de la política y no es el único cadáver que se ha quedado por el camino. También ha dimitido el que fuera su número dos, Teo García Egea –enemigo declarado de Ayuso– que impidió por medio de tránsfugas que la moción de censura en Murcia prosperase. Las elecciones supusieron además la salida de Ciudadanos de la Asamblea de Madrid, el socio de Gobierno que tantos quebraderos de cabeza había generado a la presidenta de la Comunidad de Madrid. Y también hubo consecuencias para la izquierda: Pablo Iglesias abandonó primero su cargo de vicepresidente del Gobierno, y la política activa después.
En el aniversario de aquella decisión, el PP ha sellado este jueves con Vox un pacto para que Castilla y León se convierta en la primera región gobernada por la extrema derecha. Por otro lado, a Ayuso le salpica hoy un presunto caso de corrupción por haber adjudicado –en plena primera ola de la pandemia con más de 800 muertos diarios– un contrato a dedo a un amigo de su pueblo por el que su hermano cobró una comisión y que investiga la Fiscalía. La nueva dirección del PP Alberto Núñez Feijóo –a falta de ser ratificado en el Congreso extraordinario del 1 y 2 de abril– ha avalado lo primero, y ha decidido mirar hacia otro lado sobre lo segundo.
La política va muy deprisa. Todo esto ha ocurrido en un solo año, desde aquel “socialismo o libertad” con el que Ayuso anunció la contienda electoral, que a los pocos días se transformó en “comunismo o libertad” con el aterrizaje de Iglesias a la política madrileña para ser el candidato de Unidas Podemos y tratar así de frenar el declive de la formación en el parlamento regional.
El acuerdo –después fallido– entre PSOE y Ciudadanos para desbancar al PP del Gobierno murciano dio la excusa a Ayuso para deshacerse de su socio de coalición con el que la relación fue pésima desde el primer momento, y con quien fue incapaz de aprobar unas cuentas en los dos primeros años de mandato. Tampoco ninguna ley de calado al tener que negociar a dos bandas, también con Vox.
Lo que no pensaron los estrategas y negociadores que decidieron el pacto en Murcia, es que el día elegido le venía como anillo al dedo a la presidenta de la Comunidad de Madrid: un miércoles, coincidiendo con el Consejo de Gobierno ordinario. De haberse producido otro día de la semana, Ayuso habría tenido más complicado maniobrar ya que por estatutos debía convocar uno extraordinario con 24 horas de antelación y las mociones de censura que se intentaron en la Asamblea de Madrid por la izquierda habrían prosperado. Error de cálculo o no, el día escogido benefició a Ayuso como determinaron entonces los tribunales. Aquella coincidencia cambió la historia de la política madrileña primero, con ecos en la nacional después.
Una victoria arrolladora
El adelanto electoral culminaría el 4 de mayo con una victoria arrolladora y sin matices para Ayuso. La jugada de la dirigente regional y MAR de precipitar las elecciones a espaldas de sus socios –y de su partido– le sirvió para quedarse con los 26 escaños de Ciudadanos que se convertía en extraparlamentario en Madrid. Ayuso devoraba a los socios que la auparon a la presidencia en 2019 tras el peor resultado del PP madrileño y también frenaba el auge de la extrema derecha que dos meses antes había logrado el sorpaso en Catalunya. El PP volvía a ser primera fuerza en Madrid con 65 escaños, más que la suma de tres formaciones de izquierdas juntas. Este resultado le permitía además abaratar mucho su dependencia con Vox, ya que solo necesitaba una abstención de los de Santiago Abascal para gobernar y sacar adelante sus proyectos legislativos.
Con esa arrolladora victoria, Ayuso tardó menos de 15 horas en presentarse ante la dirección del partido como el ejemplo de lo que había que hacer en toda España, después de una campaña en la que no había habido apenas injerencia ni presencia de la dirección nacional y ninguna de los barones regionales. “Para que molesten prefiero que no vengan, yo me apaño”, había dicho a un grupo de periodistas durante la campaña. Ayuso contaba con un estrecho equipo en el que a los mandos estaba MAR. Lejos había quedado el control de Casado sobre la que un día había sido su apuesta personal. Y los recelos de la dirección del PP, aumentaron.
Ese mismo 5 de mayo, Ayuso cuenta que le comunicó al entonces líder del PP sus intenciones de presidir el partido en Madrid. Solo dos meses después estallaría la guerra interna cuyas consecuencias han explotado hace unas semanas en los medios de comunicación tras conocerse el contrato a dedo del Gobierno regional del que se benefició el hermano de la presidenta madrileña.
La guerra por el control del PP de Madrid que escondía algo más
Pero antes de llegar hasta ahí aún tenían que pasar muchos acontecimientos, algunos que se han conocido recientemente y otros televisados los últimos meses. Antes de las primeras discrepancias públicas, la Junta Directiva Nacional del PP se reunió en julio para ordenar los muchos congresos locales, provinciales y autonómicos que el partido tiene aún en marcha. Allí se tomó una decisión sobre el calendario, intrascendente a primera vista: que las comunidades autónomas uniprovinciales fueran las últimas de la lista, en el segundo semestre de 2022.
Isabel Díaz Ayuso estaba sentada en esa mesa y, según todas las fuentes, no protestó y votó a favor del calendario. Pero a finales de agosto lanzó su primer pulso a Casado y anunció que sería candidata en pleno regreso de las vacaciones de verano en un congreso que no estaba ni cerca de ser convocado. Al día siguiente exigiría que el cónclave debía celebrarse “cuanto antes”.
Pero como sucede en todas las rupturas, la de Ayuso con Casado no se produjo de un día para otro. Era septiembre y en algún día de ese mes, el entonces líder del PP convocó a Ayuso a una reunión en la sede de la calle Génova. Allí le comunicó que habían tenido acceso a una documentación sobre un contrato público del que se habría beneficiado el hermano de la presidenta madrileña. Lo poco que quedaba de la relación personal que algún día les unió se rompió definitivamente.
Desde esa reunión hasta el desenlace que ha supuesto la salida de Casado del PP después de acusar a la presidenta madrileña de “tráfico de influencias” por la comisión que cobró su hermano de un contrato del Gobierno regional han pasado cuatro meses. Pese al desembarco de Feijóo, Ayuso seguía pidiendo la cabeza de sus enemigos en el PP hace apenas una semana, pese a los intentos del partido de pasar página con el aterrizaje del presidente gallego. La dirigente regional tampoco perdía el tiempo y pedía no mirar a la izquierda en plena alusión al pacto en Castilla y León. De momento, Feijóo ha seguido las directrices de la presidenta madrileña.
Otros enemigos y víctimas: el control de Telemadrid
En esa decisión de adelantar las elecciones hubo otras víctimas que Ayuso había situado en el lado de sus enemigos durante su primer mandato con Ciudadanos. Y por eso, su primera decisión tras revalidar el mandato, fue cambiar la ley de Radio Televisión Pública con el objetivo de hacerse con el control del ente y cesar de inmediato a la dirección que había recuperado la audiencia de la cadena.
La reforma legislativa se aprobó de forma exprés por lectura única en julio, menos de un mes después de tomar posesión, y supuso el cese fulminante de la dirección la cadena regional, contra quienes Ayuso había mostrado abiertamente su profundo desacuerdo, hasta el punto de afirmar que era la única presidenta que tenía una televisión que le era crítica. Al frente de la radiotelevisión pública puso a dedo como administrador provisional a José Antonio Sánchez, un amigo del PP que ya estuvo a los mandos de Telemadrid y que impulsó un ERE que dejó en la calle al 74% de la plantilla.
La absoluta ausencia de reformas legislativas caracterizó su primer mandato junto a Ciudadanos, y en esta segunda oportunidad tras las elecciones Ayuso ha tratado de enmendar la falta de gestión con leyes y reformas tramitadas sin consenso con la oposición, la mayoría de ellas por la vía de emergencia. Todas estas leyes han tenido un objetivo: confrontar con el Gobierno de Sánchez, al que ha situado como su principal enemigo pero que a diferencia de todos los demás, continúa en pie.