LAVAPIÉS

La habitación de Abdul

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La habitación en la que vive Abdelouahed Juiede (Abdul) está tan limpia y ordenada que parece un decorado del Centro Dramático Nacional, lugar junto al que se encuentra, en pleno centro de Lavapiés. Su particularidad, más allá de la citada pulcritud y de la dignidad que refleja una cama bien hecha, una mesa perfectamente puesta -con su mantel y vajilla preparados- y los utensilios de limpieza alineados, radica en que sólo consta de dos paredes y en que carece de techo.

Abdul, nacido en Marruecos, tiene 65 años, 41 de los cuales los ha pasado en España, entre Lavapiés y La Latina, y por primera vez desde que llegó al país se encuentra viviendo en la calle. Es un vecino más del barrio de Embajadores al que una serie de circunstancias que le han pasado por encima lo han convertido circunstancialmente en una persona sin hogar.

“No pido limosna, pido un trabajo”

“Si me sale un trabajo yo mismo soluciono mi problema”, comenta con un ánimo digno de elogio y todo el buen humor que la situación le permite. El reciente arreglo de sus papeles, los cuales se le habían caducado y, entre otras cosas, han sido el origen de que haya acabado en la calle, le permiten albergar esa esperanza de encontrar pronto una ocupación. Esa es toda la ayuda que pide.

“No soy un vagabundo, no pido limosna. Tengo carnet de conducir y estoy dispuesto a trabajar en lo que sea”, cuenta en un perfecto español, mientras relata que los últimos años ha estado trabajando en una lavandería y en restaurantes como pinche de cocina, pero que ayer mismo se sacó 20 euros ayudando en una mudanza.

Actualmente no recibe ayuda pública alguna, aunque una trabajadora social del Ayuntamiento de Madrid acaba de hacerle una solicitud para que pueda cobrar la renta mínima vital: “Me han dicho que puede tardar hasta 6 meses. Espero que para entonces ya no me haga falta”. Cuenta que también le han comentado que podrían mirar el tema de su jubilación, dado que a partir de 2010 estuvo cotizando.

Ayuda vecinal

Por el momento, su día a día lo va salvando gracias a los vecinos del barrio: “Estoy muy contento con la gente, con cómo me tratan. Unos me dan ropa; algunos comercios, comida; otros, simplemente conversación. Pasan a saludar, me preguntan que cómo estoy, se sientan conmigo interesados por mi historia y cómo es que he llegado aquí, comentan que nunca vieron tanto orden en alguien que vive en la calle. Jamás olvidaré lo que estoy recibiendo estos días de todos estos vecinos. Hasta el personal del Centro Dramático Nacional se preocupa por mí y se portan bien conmigo, me invitaron a pasar al teatro y conocí a su director, que se hace cargo de la situación y no ha llamado al Ayuntamiento para que me echen. Incluso los mismos policías que en dos ocasiones han tenido que avisar para que los servicios de limpieza retiraran todas mis pertenencias de aquí se portan bien. Se limitan a hacer su trabajo, pero luego cuando me ven por ahí se interesan por cómo sigo y han sido ellos los que me han puesto de nuevo en contacto con servicios sociales. Las dos veces que me lo han quitado todo los vecinos me han proporcionado lo que necesitaba y he vuelto a montar mi habitación en el mismo lugar el mismo día. Me estaban echando de la calle a la calle”.

Su hijo, que vive en Lavapiés, también le ayuda con lo poco que puede. “Es español, con trabajo fijo, pero está alquilado en una habitación y no me puede alojar con él”.

De cómo llegó a la calle tras 40 años trabajando

Abdul llegó a España en 1981 y desde siempre ha estado trabajando. Sin embargo, sólo ha podido hacerlo de forma legal a partir del año 2010, cuando tras casarse con una española consiguió su permiso de residencia y trabajo por matrimonio. Fueron 30 años de clandestinidad a los que le siguió una década de estabilidad.

Tras separarse de su mujer en 2014 se fue a vivir de alquiler en una habitación a casa de un compatriota. Cuando en 2021 se quedó sin trabajo teniendo su tarjeta de residencia caducada no pudo conseguir otra ocupación y tras cinco meses sin poder hacer frente a su renta no le quedó más remedio que abandonar el que había sido su hogar.

Fue entonces cuando por primera vez se acercó a la administración en busca de ayuda, consiguiendo plaza en un albergue municipal durante la campaña del frío. Tras eso le ofrecieron una breve estancia en una pensión en Chueca.

Esa ayuda finalizó el 30 de abril, momento en el que decidió instalar una habitación en una calle del barrio en el que ha pasado la mayor parte de su vida.

En pleno verano, entre las 14 y las 20 horas, el sol hace imposible la vida en el hogar que Abdul se ha creado. Sin embargo, durante su ausencia un cartel en el que figura su nombre y su número de teléfono hace que esté siempre localizable.

“Nunca sabes cuándo te puede llegar la oferta de trabajo que me saque de aquí”, cuenta agarrado a su nueva tarjeta de residencia de familiar comunitario, válida por cinco años y que ha conseguido gracias a su hijo.

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