Los madrileños también hacen 'free tours' en su ciudad, pero cambian la Gran Vía por los barrios que nadie quiere visitar

Las campanadas en la Puerta del Sol, una tarde de compras en la Gran Vía, paseos por el parque del Retiro o a little cup of café con leche in Plaza Mayor. Los “imprescindibles” Madrid se han convertido, a ojos del turista nacional o extranjero, en un puñado de lugares concentrados en el centro y rodeados de focos de consumo, desde franquicias hasta tiendas de souvenirs. A las paradas clásicas y obligatorias para casi cualquier guía que se precie las separan muy pocos kilómetros: el Palacio Real, luego la Catedral de la Almudena, el Mercado de San Miguel, Cibeles, la Puerta de Alcalá... La cifra nace delitimada. Sin embargo, no son las únicas por las que se avistan grupos organizados en visitas guiadas. Lejos del corazón de la ciudad, en lugares ajenos a su incensante tránsito turístico, barrios hoy residenciales como Carabanchel, Vistalegre, Vicálvaro, Arganzuela o Vallecas guardan sus propios emblemas. Suelen ser invisibles para el viajero, pero no siempre para el local.

Por fin llegó el martes para Rosa. Es madrileña y está jubilada, así que el segundo día de la semana se ha convertido en uno de sus favoritos. Son momentos para juntarse con siete amigas que conserva desde el colegio, y otras tantas mujeres –casi siempre mayores de 65– que tenían agendado un nuevo tour grupal por la ciudad. Solo que, como ya la conocen de sobra, a veces prefieren alejarse del ajetreo del centro para adentrarse a fondo en barrios del extrarradio, a los que el turista de a pie no se suele acercar. Esa mañana ha tocado navegar por la historia de la quinta de Vistalegre. Hace un día soleado en Carabanchel, perfecto para caminar entre los jardines que atraviesan la antigua finca palaciega. Su maestro de ceremonias es Carlos Osorio, un guía al que conocen desde hace años y con el que han recorrido otros tantos rincones de la urbe. Usera, Vallecas, El Viso, Prosperidad, Hortaleza, Arturo Soria, Salamanca, Pacífico, Retiro, Tetuán, Fuente del Berro... la lista es infinita. Y cada zona guarda sus secretos.

Osorio es escritor y organiza rutas culturales por Madrid. Estudió Historia del Arte y hoy conoce a fondo el pasado o presente de muchos lugares ignorados. El de ese día está en Puerta Bonita, donde antaño se albergó una de las residencias vacacionales de la reina María Cristina de Borbón, que fue regente a la muerte del monarca Fernando VI, en la primera mitad del siglo XIX. Tomó las riendas del gobierno hasta que la hija de ambos, Isabel II, cumpliera la mayoría de edad y pudiera relevar a su padre. Todas estas historias las narra el guía, ayudado de un micrófono portátil, en una caminata por la quinta junto a sus acompañantes, que escuchaban con atención.

María José es la única de ellas que no nació en Madrid, aunque sea esta su casa desde que llegó con 11 años. Pero es gallega, de un pueblo en La Coruña llamado Carballo. Disfruta mucho de los free tours, que repite cada martes. Le gusta comentar con las demás las intrahistorias de cada lugar que visitan. “¡Muy bien que hizo María Cristina, sí señor!”, exclama entre risas cuando Osorio cuenta que la regente, pese a las estrictas normas sociales y morales de la época, habilitó una habitación en una de las estructuras de la finca para albergar a quien fue su nuevo esposo en secreto al morir su marido: Fernando Muñoz, un exguardia de la tropas reales que protegían al monarca. El recorrido de esa mañana hizo varias paradas para comentar lugares e infraestructuras dentro de los jardines.

En la tercera de ellas, el narrador explica que la capilla del antiguo palacio veraniego, que mandaron a constuir María Cristina y su hija, es de estilo neomudéjar con ventanas de inspiración italiana. Luego habla de los sistemas de riego instaurados entonces para mantener fresco el campo. Señala un depósito gigante junto al que, según expone el guía, había montada una noria de agua. Se trata de una de esas máquinas tradicionales utilizadas para elevar las rías de un pozo o una acequia. Funcionaban mediante un sistema de rueda que, al girar, levantaba consigo el agua que captaba su recipiente de madera. El grupo de jubiladas relata que, ahora que tienen tiempo libre a su disposición, les gustaba aprovechar para conocer mejor esos barrios de toda la vida, en los que han crecido ellas o sus vecinos pero de los que saben poco más allá de lo que salta a la vista.

Una de ellas, que hace poco se convirtió en pensionista después de décadas como profesora de inglés, recuerda aquellos tiempos en los que los jardines de la finca de Vistalegre estaban cerrados al público. Hace apenas unos años, desde 2021, que el espacio puede visitarse gratuitamente desde primera hora de la mañana: ha sido declarado Bien de Interés Cultural, en la categoría de jardín histórico. “Por aquel entonces estuve aquí con otros compañeros del instituto y dejábamos los coches aparcados en el jardín”, rememora en conversación con Somos Madrid. Era jefa de estudios en un instituto del distrito de Salamanca, y los mandaron a una formación docente que se impartía en el Palacio Viejo, el edificio principal sobre el que se levantó la finca.

Actualmente la infraestructura alberga un centro educativo de la Comunidad de Madrid para personas adultas, tal y como reseñó instantes antes Carlos Osorio a su paso por el palacete. Este está conectado a otra edificación sobre el terreno, la llamada Casa de Bella Vista. Era un antiguo gabinete de ciencias que contenía la biblioteca, y que en tiempos de María Cristina se unió a través de una galería neorrenacentista al inmueble principal, el del Palacio Viejo. El nombre surgió por el bello paisaje que podía verse desde sus ventanales, lo que precisamente terminó dando al barrio su denominación actual: Vistalegre. Son las historias madrileñas que el guía iba ofreciendo a su grupo, que en total formaban una decena de mujeres. Es este perfil –señoras jubiladas nacidas o criadas en Madrid– el que más asiste a estos viajes turísticos o culturales por la periferia, al menos en experencia de Osorio.

El escritor, que se hizo conocido como madrileñólogo gracias a su blog Caminando por Madrid, contacta con la clientela a través del boca a boca. Tiene grupos consolidados desde hace años, que se reparte entre varios días de la semana: unos el martes, otros el jueves y el resto, el viernes. Los fines de semana también organiza itinerarios, y no solo por la perfieria. “Es inevitable acabar pasando por la Gran Vía o el centro, pero ambos casos son compatibles y tienen su público”, indica él mismo. En una de las últimas paradas, sentados en la escalinata que da acceso al Palacio Nuevo, preguntan a Osorio por qué este sigue tapiado y cerrado al público incluso cuando el resto de la finca se exhibió. “Casonas como esta o la de Boadilla del Monte –la del infante don Luis, en el centro histórico del municipio– son construcciones muy caras, y las instituciones no suelen hacerse cargo. Muchas veces, solo reflotan si llega un inversor privado que la compre y abra al público”, admite.

Carlos Osorio no es el único que ofrece rutas alternativas a las habituales. En zonas como Puente de Vallecas, Entrevías, Arganzuela, Ciudad Lineal y Tetúan, entre otros, trata de consolidarse en este modelo turístico José Manuel Moreno, graduado en Historia por la Universidad Complutense (UCM). Ha creado Rutas Kilómetro 0, una web para promocionar visitas guiadas por los barrios e inspiradas, cada una de ellas, en un aspecto o acontecimiento histórico concreto del Madrid que cuentan sus calles. “En Ríos Rosas hablo sobre la canalización del agua en la ciudad y el Canal de Isabel II; en Entrevías, del tema ferroviario y en Puente de Vallecas, acerca de sus orígenes como casa de ricos o pobres por igual”, relata al otro lado del teléfono. Moreno se especializó en la etapa de la Guerra Civil como historiador, así que conoce muchos episodios nacionales que tuvieron la capital como escenario.

Como guía, también ha creado trayectos para narrar el Madrid tras la rebelión del bando sublevado y el ocaso de la Segunda República. En este último caso, la idea “funciona bien” tanto entre madrileños como viajeros. “Pero, normalmente, la gente que viene de fuera quiere ver primero el Museo del Prado o el barrio de las Letras, mientras que lo nuestro se mueve más por el boca a boca. Eso hace que al final solo llegues a oídos madrileños”, reflexiona el historiador. Él programa sus visitas guiadas cada dos semanas, una en el turno de mañana y otra, por la tarde. Entre su clientela también hay mucha mujer de mediana edad, como lo ocurría a Osorio, pero también algunos rostros jóvenes. Hace poco se asociación vinculada al Colegio de Ingenieros de Caminos, que le provee adeptos de entre sus miembros.

Los días se suceden pensando nuevas alternativas para sobrellevar el tipo de trayectos grupales que él disfruta por la ciudad y el resto de responsabilidades en la vida. Sin embargo, no oculta su pasión: “Es una parte de la historia urbana que amo contar y, como cualquiera, tengo mis favoritas: la de Puente de Vallecas –su ”barrio de adopción“–; la de la batalla de Madrid, que recorre Ciudad Universitaria; la de la Ciudad de la Luz, sobre la electrificación de la urbe... Estas visitas son difíciles de gestionar y no siempre dan dinero, pero siento que a todos nos merece la pena”.