Una gran ventana indiscreta a la cotidianidad de Lavapiés

Fotograma del filme 'Del Susurro del Tiempo'

Si alguien que sin saber nada del céntrico pedazo de Madrid que es Lavapiés viera el documental que durante un año ha rodado el equipo de Zavan Films podría entender en gran parte cómo es, cómo se vive y “cuáles son las dinámicas en las que se encuentra envuelta esta zona”, y hasta “cogerle cariño”, según los responsables de Del Susurro del Tiempo.

La cinta trata de resumir en imágenes Lavapiés. Grabada durante 2018 y 2019, elige fragmentos representativos de esta parte del barrio de Embajadores en las distintas horas del día y a lo largo de todo un año. Hilándolos, sin voces en off ni más guía que la sucesión temporal,  consigue que el espectador se asome a un lugar “diverso, feminista, solidario y comprometido, donde personas de múltiples orígenes culturales conviven en paz”, según el director del documental, Zavan.

Pero el paseo contemplativo que propone Del Susurro del Tiempo al futuro espectador no es inocente. La normalidad de la vida en Lavapiés que muestra es una suerte de “poesía política” que, sin ocultar los problemas de la zona, evita centrarse en la “excepción para elevarla a la categoría de regla general”. El protagonista absoluto de la película es un Lavapiés “que algunos se empeñan en estigmatizar”, afirma Zavan, quien también firma el guión del filme, en colaboración con vecinos y vecinas de la zona. 

Cuando comenzó a hacer este retrato de Lavapiés, el director y su equipo pusieron anuncios en las calles en busca de habitantes de la zona dispuestos a sumarse al proyecto: respondieron alrededor de 150 personas -españoles, senegaleses, bangladesíes, argentinos, franceses, peruanos, italianos, nicaragüenses…- y acabaron decidiendo entre todos, en asamblea, qué era lo más representativo del lugar en las diferentes horas del día y dejando a los cineastas entrar con una cámara en sus casas y en su día a día, para capturar y después mostrar la vida de este barrio.

En la plataforma de micromecenazgo Goteo hay abierta una campaña para ayudar a financiar Del Susurro del Tiempo. La buena noticia es que ya se ha recaudado el dinero mínimo necesario para concluir el proyecto. La menos buena es que aún están por debajo de la mitad de la cifra óptima (28.400 euros) que permitiría acabarlo tal y como sus responsables creen que se debería hacer. En cualquier caso, la solidaridad de quienes desean ver la cinta pronto en la pantalla ha logrado ya 13.200 euros. Quedan 12 días de colecta.

Llegar es evidente que llegará el día del estreno de esta película y, si bien no sea aún el momento de hablar de posibles fechas para ello, aún queda bastante sobre lo que dialogar con su director a cerca de lo que sin pretenderlo, a base de enseñar cotidianidad es, como Lavapiés, una "fábula antifascista", entre otras muchas cosas.

¿Por qué surge la idea de hacer una película sobre Lavapiés?

Cuando me planteé hacer esta película las dinámicas especulativas, los grandes tenedores y los fondos de inversión estaban transformando el barrio a gran velocidad y muchas vecinas sentíamos que algo que había sido bello estaba a punto de desaparecer. Entonces quise hacer un retrato del barrio que capturase su esencia antes de que el paso del tiempo acabase por borrarla. Quería hacer un retrato de la vida cotidiana en el barrio y hacerlo de forma colectiva; reflejar el Lavapiés de las vecinas que lo viven día a día y no el de las personas que lo consumen el fin de semana o el de aquellas otras que solo se centran en la excepción tratando de convertirla en norma. Partíamos de un guión que estructuraba todo el año de rodaje, al mismo tiempo que nos permitía mucha flexibilidad.

De la cinta has dicho que es una historia en la que se cruzan múltiples personas de cuyas vidas solo vemos un instante para, luego, no saber nada más... ¿Vosotros sí les habéis seguido la pista después? ¿Es fácil soltar las vidas a las que uno se asoma?

Efectivamente, en Del Susurro del Tiempo aparecen muchas personas. Algunas ya las conocíamos de antes y otras las pudimos conocer gracias a este proceso. Pero no quisimos darle demasiado protagonismo a ninguna en particular porque nuestra película no va sobre individualismos sino sobre el barrio como eso que hacemos entre todas. Queríamos que el barrio fuese el único protagonista. Y al ser un proyecto hecho por la gente que habita el barrio es fácil seguirnos la pista. De hecho, uno de los principales objetivos del proyecto era contribuir a crear redes vecinales y ese objetivo se cumplió. Pusimos en marcha una excusa que permitió que la gente se conociese y se reencontrase a lo largo de un año. 

Mostráis un Lavapiés a diferentes horas del día. ¿Habéis ocultado algo feo conscientemente?

La película recorre las 24 horas del día a lo largo de un año. Cada quincena nos reuníamos en asamblea con las vecinas para decidir lo que se consideraba característico del barrio para cada hora del día y cada momento del año. Y eso es lo que hemos grabado. Por supuesto que en la película no se ha podido meter absolutamente todo lo que forma parte del barrio. Pero hemos tratado de reflejar la mayor diversidad posible. Lo que desde luego no hemos hecho es centrarnos en la excepción para elevarla a regla general, como quizás le gustaría a algunos votantes de extrema derecha.

¿Qué sería lo positivo de Lavapiés, según todo lo que os habéis encontrado haciendo el documental?

Lavapiés es un modelo de convivencia ejemplar donde cada uno puede vivir su vida sin importar su origen cultural o sus preferencias sexuales. Además, es un barrio con un gran compromiso social, solidario, y con una gran iniciativa política. Todo esto es lo que está en vías de desaparecer. Es difícil sostener el tejido social de un barrio si en vez de vecinas tenemos turistas de paso. Todas estas características hemos podido reafirmarlas a lo largo del año de rodaje donde las vecinas de Lavapiés nos han demostrado su generosidad, desde el párroco que a las 6 de la mañana nos sube café caliente al campanario para combatir el frío, hasta el profesor del centro de mayores que preparó para nosotras una clase especial de historia de Lavapiés, pasando por las personas que nos han abierto las puertas de sus casas o de sus negocios.

¿Cuáles crees que son los problemas actuales del barrio? 

Para mí el gran problema de Lavapiés tiene que ver con la falta de control político y legislativo sobre los grandes fondos de inversión y los grandes tenedores de vivienda, junto a la falta de regulación de plataformas de alquiler turístico como Airbnb. Las viviendas son un bien de primera necesidad y debería estar prohibido cambiarlas de uso residencial a uso turístico, al menos en las zonas fuertemente tensionadas. Estos días cuelga en una fachada de la calle Ave María un insultante cartel que dice “compramos edificios”. Mientras, hay vecinas que no están llegando a fin de mes o que están amenazadas de desahucio, estas empresas se pueden permitir comprar edificios enteros y echar a la gente a la calle. Eso ha pasado en Ave María, pero también en la calle Oso, en San Carlos, en Argumosa...

Están destrozando el barrio. Solo los propietarios pueden vivir en el centro y su precio, tanto de compra como de alquiler, cada vez es más abusivo. Esto no se puede permitir. Ahora mismo hay cientos de trabajadores precarios haciendo grandes esfuerzos para pagar a unos rentistas que hacen poco más que poner la mano a principios de mes. A mí esto me suena a épocas pasadas. 

¿En qué se parece el Lavapiés pre pandemia que sale en vuestro documental al Lavapiés actual?

Pues todavía es difícil de saber porque seguimos inmersos en este paréntesis de la pandemia y todavía no ha llegado la normalidad. Cuando todo esto pase supongo que tanto el turismo como los procesos  de gentrificación volverán a ponerse en marcha al mismo ritmo que tenían antes de la pandemia.  

Lavapiés en 24 fotogramas y 24 horas

Si ya es difícil encerrar la esencia de un barrio en un metraje de un par de horas, rizar el rizo tratando de hacerlo en mucho menos tiempo y espacio puede resultar un reto imposible. Sin embargo, el director de Del Susurro del Tiempo ha querido intentarlo recogiendo el guante lanzado por este periódico, rescatando de su película una sola imagen por cada una de las franjas horarias en las que ha dividido el filme y comentándolas.

Eran las 4 de la madrugada de una fría noche de invierno. La plaza de Arturo Barea estaba desierta y las luces de los balcones apagadas. 

La luna llena pasa junto al reloj de las Escuelas Pías, detenido durante la Guerra Civil. Muchas lunas han pasado desde que sus agujas se pararon. Quizás así nos hablan mucho mejor del paso del tiempo, que pasa sin tregua.

Grabamos a Ndongo a las 5 de la madrugada mientras se despertaba y preparaba un café touba antes de salir para el trabajo. Llegó hace varios años desde Senegal donde se habla de Lavapiés como un barrio de acogida. Él lo pudo comprobar.

Son las 6 de la mañana y ha estado lloviendo toda la noche. Una mujer solitaria espera el primer autobús de la jornada. La vida cotidiana no es heroica. Sobre los anuncios luminosos una intervención artística reflexiona sobre la publicidad. 

A las 7 de la mañana algunos trabajadores del barrio ya estaban a plena actividad, entre ellos Ander, Tawas y Nacho, los panaderos de Panifiesto que, a un ritmo frenético, amasaban y metían los panes en el horno.

Rodamos esta escena poco después de los disturbios por la muerte de Mame Mbaye que durante un día alteraron la vida cotidiana en Lavapiés y que fueron noticia en todos los medios. Pronto el barrio recuperaba la normalidad, esa que ni vende periódicos ni da votos. Camino del colegio un padre con sus hijas pasan al lado del memorial.

A las 9 de la mañana las niñas ya están en el cole. También los alumnos del centro de mayores de la calle Cabeza. Antonio, su profesor, nos preparó para el rodaje una clase especial sobre historia de Lavapiés. Todos aprendimos mucho en esa clase, también Jesús Cediel que atendía con mucha atención. Murió a los pocos meses.

Queríamos dedicar las 10 de la mañana a algunos talleres del barrio. Entre ellos el de Leo, un luthier de guitarra española, o el de Zapatos Gallardo, una fábrica de zapatos de flamenco oculta en uno de los locales del barrio que todavía no han sido reconvertidos al negocio de la vivienda.

Ya era primavera cuando rodamos las 11 de la mañana y los balcones del barrio estaban plenos de flores de todos los colores. También de pancartas que protestaban contra la expulsión de las vecinas de varios edificios comprados por grandes tenedores y fondos de inversión. Por ejemplo Olmo 35, dónde Paco resiste a su expulsión gracias a la solidaridad del barrio que acude a su ayuda cada vez que la familia Franco intenta desahuciarlo.

Quisimos reflejar la vida de los parques a media mañana. Rodamos muchas escenas bellas, y entre ellas la de estas chicas que se besaban amorosamente. No quisimos interrumpirlas. Después de grabarlas nos acercamos para contárselo y pedirles permiso para usar las imágenes. Nos lo dieron encantadas.

Sole es una vecina mayor del barrio con problemas de movilidad. Nos impresionó mucho verla subir con dificultad las escaleras de su corrala agarrándose entre la barandilla y la pared. Lo hacía cada día después de su paseo matinal.

Eran las dos de la tarde y Tania preparaba la comida, una receta con aromas de Bangladesh, acompañada de arroz cristal. Mientras este se hacía lentamente ella reflexionaba en silencio con la mirada al infinito.

Estas son las manos de Tina. La grabamos mientras comía al lado de Alessandra y recordaba canciones de su infancia. El alzhéimer empezaba poco a poco a aparecer y al poco tiempo fue ingresada en una residencia. El Gobierno de la Comunidad de Madrid había recomendado no derivar a los hospitales a los ancianos infectados por coronavirus que estaban en las residencias. Allí falleció Tina, en mitad de la pandemia.

En ese caluroso verano, a la hora de la siesta, quisimos repetir el plano de la calle Oso que ya habíamos grabado en invierno después de los disturbios de Lavapiés. Por supuesto, la vida había continuado y apenas quedaba rastro del memorial por la muerte de Mamen Mbaye. Un año más las vecinas se habían organizado para celebrar las fiestas de San Cayetano engalanando su calle con coloridos mantones.

En la plaza de Nelson Mandela las vecinas habían organizado una batalla de agua para combatir los calores del verano. Sin duda este fue uno de los momentos más felices de todo el rodaje en el que todas disfrutamos enormemente de ese momento de comunidad, independientemente de nuestra edad u origen cultural. 

A las 6 de la tarde quisimos rodar algunos de los comercios más característicos del barrio y entre ellos Los Placeres de Lola, un sexshop feminista. Ahí grabamos un tupper sex en el que las mujeres hablaban libremente del placer femenino.

A finales de verano, a las 7 de la tarde quisimos reflejar el ocio físico y deportivo en Lavapiés. Una clase de flamenco en Amor de Dios, una de claqué en El Horno... Y no podían faltar Los Dragones de Lavapiés, uno de los equipos de fútbol más bellos del mundo y, sin duda, uno de los más internacionales (mucho más que los de primera división).

Lavapiés es un barrio de cientos de colectivos, con sus asambleas y sus reuniones. Nosotras no quisimos ser menos y a las 8 de la tarde organizamos una charla para hablar sobre todos los violentos procesos de gentrificación y turistificación que las vecinas estábamos sufriendo. Toda la conversación fue sumamente interesante y fue muy dificil seleccionar los fragmentos que aparecerían en la película.

Quisimos dedicar las 9 de la noche a la familia, tanto a las que están juntas como a aquellas separadas por cientos de kilómetros. Para el primer caso grabamos a una familia peruana-bangladesí y sus dos hijos. Fueron muy generosos compartiendo con el equipo una parte de su vida familiar.

Lavapiés también es un barrio con una gran actividad cultural. A las 10 de la noche, rodamos una representación teatral en el Teatro de Barrio. Se trataba de la obra Gloria, una pieza sobre la vida de Gloria Fuertes. Hacíamos de este modo un guiño a esta antigua vecina del barrio, tan contundente en su sencillez.

Y no podían faltar los boleros de Bodegas Lo Máximo, un clásico de las noches de los miércoles; música de calidad con entrada libre. El edificio dónde están fue comprado por un fondo de inversión británico que expulsó a casi todas sus vecinas y a otras les duplicó el precio del alquiler. El futuro es incierto para todo Lavapiés. También para los boleros.

Se acerca lentamente el invierno, como estos manteros que regresan a sus casas después de una larga jornada de trabajo en los márgenes de la ley. No es fácil la vida de los que migran buscando un futuro mejor.

Después de la actividad de todo un día, la ciudad se va poco a poco apagando y aparece el cansancio. Algunos usuarios esperan la llegada del último metro del día, mirando cada poco el indicador del tiempo de espera que parece que no avanza. Aún quedan 15 minutos.

Aunque gran parte del barrio ya duerme, las vecinas conocen esos lugares en los que la actividad todavía se mantiene. Cuando grabamos esta secuencia se discutía sobre la prisión provisional y de fondo sonaba la canción Los borbones son unos ladrones. 

Son las 3 de la noche y hace mucho frío. Las luces de todos los balcones están apagadas en esta esquina entre Jesús y María y la calle Esgrima, en la que hace más de 80 años las bombas fascistas llenaban las aceras de cadáveres. Lo cuenta Arturo Barea en La forja de un rebelde. Quisimos dedicar el silencio de la noche a su memoria.

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