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El Camino del Mundial: peregrinar a Santiago en pleno torneo y atestiguar cómo fútbol y fe se mercantilizan

Varios turistas, algunos de ellos peregrinos, ven el España-Arabia Saudí del pasado 21 de junio en la terraza de un bar en Portomarín (Lugo) mientras un paisano la atraviesa.

Guillermo Hormigo

29 de junio de 2026 21:47 h

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“Odio eterno al Camino moderno”, pensaría quizá algún peregrino de la vieja escuela al comprobar los cambios que con el paso del tiempo han llegado a los itinerarios que llevan a Santiago de Compostela. Igual que en los partidos del Mundial 2026 los puristas del fútbol y cualquier persona con dos dedos de frente se enervan ante las mal llamadas pausas de hidratación (en realidad parones publicitarios), también la peregrinación a la capital de Galicia se ha transformado radicalmente. Proliferan las estrategias comerciales que orquestan todo un mercado en torno a la fe y el reto de culminar la travesía a pie hacia Compostela.

Ya son mayoría quienes no completan las etapas cargando con sus pertenencias. Numerosas empresas de transporte trasladan los equipajes de alojamiento en alojamiento. Estos sitios donde quedarse también se transforman y abundan formas de hospedaje alternativas a los tradicionales albergues, incluidos pisos turísticos en las localidades intermedias. En medio de una de las etapas nos topamos con una escape room del propio Camino de Santiago. Una oferta de ocio que suele basarse en emular situaciones extremas como secuestros, encarcelamientos o misiones espía. En la Ruta Xacobea trata de simular lo que ya estás experimentando. “Todo esto es un poco charca”, resume mi pareja ante un delicioso pulpo á feira y una tortilla con patatas de verdad camino de Arzúa, ya en la provincia de A Coruña. Una charca... en la que nos revolcamos.

En Santiago, la majestuosidad de la ciudad y la algarabía de los rincones que mantienen la esencia popular (el pasado fin de semana las fiestas del barrio de San Pedro daban un reivindicativo color a sus calles) contrastan con la pérdida de identidad provocada por la llegada continua de viajeros. Un reciente análisis de la Rede Galabra de Estudos na Cultura muestra que la mayor parte de los propios visitantes no considera la zona vieja como un barrio real, más bien la ven como un “espacio deshabitado”. Encontrar una tienda de souvenirs en cada esquina, recuerdos que por supuesto compramos, contribuyen a esa sensación.

Por todo esto, lo primero que pensé al elaborar una crónica sobre la coincidencia de mi peregrinación con la del Mundial 2026 fue que más bien me removían por dentro cosas parecidas a las que sentía durante el anterior torneo mundialista, el de Catar 2022. Vale que lo expuesto anteriormente no es comparable a blanquear un régimen no democrático donde no se respetan los derechos humanos y miles de personas murieron construyendo unos estadios ahora sin uso, pero también esta experiencia sirve para preguntarse cómo hemos llegado a esto y por qué contribuimos a que la rueda o el balón sigan girando. Por qué no apartamos la mirada del televisor ni nos salimos de la ruta trazada con flechas amarillas.

Milagros, fe y apuestas

Aunque no al nivel de Catar, la cita de Estados Unidos, México y Canadá no está exenta de controversias, como no podía ser de otra manera en un evento a mayor gloria de Donald Trump. Las reverencias de la FIFA al presidente estadounidense, el trato a la selección de Irán o la desvirtualización del fútbol con nuevos elementos como las citadas pausas publicitarias han puesto a prueba la paciencia y también la fe de muchos aficionados.

El deporte, lo que sucede en el césped, trata de mantener su poder de convocatoria comunitaria y su capacidad de obrar milagros. Por ejemplo, que los goles de Argentina se canten hasta en el municipio lucense de Palas de Rei, destino de la segunda etapa del camino francés si, como en el caso de quien esto escribe, el viaje arranca en Sarria. La exhibición de Leo Messi en el segundo encuentro de la fase de grupos ante Austria, con dos goles para compensar el penalti fallado antes (porque nada más divino que enmendar un error), resonó en las calles como solo lo había logrado un día antes el buen partido de España ante la pobre (futbolísticamente hablando) Arabia Saudí.

La goleada española nos pilló en Portomarín, final de una primera etapa en la que el calor exigió más de una pausa de hidratación. En la ruta (el estadio tenía aire acondicionado y el parón sirvió solo para que la FIFA siguiera haciendo caja) el partido comenzó mientas aguardábamos que la propietaria de la casa rural donde pasamos la noche nos trasladara en furgoneta al centro de la localidad. Sí, los niveles de acomodamiento que hemos alcanzado algunos peregrinos son dignos de la plantilla del Real Madrid.

La dueña tenía que atender primero unas cosas en el bar del hospedaje, aunque interrumpía sus labores para hablarnos de la relación del personal con el fútbol. Fina, la cocinera, es una gran aficionada. De hecho, se tomó un descanso para ver el arranque del partido. “No la vamos a llamar hasta que termine”, asegura. Pero solo dos minutos después dos peregrinos bajan a cenar a eso de las 18:10, así que a Fina le toca ponerse manos a la obra.

Fina, cocinera de la casa rural Santa Mariña (Portomarín) y futbolera de pro, se prepara para ver el España - Arabia Saudí.

Lamine Yamal marcó el primero mientras nos subíamos a la furgoneta. El alboroto de la celebración, agrandada por el alivio después del desastroso primer encuentro ante Cabo Verde, llegó hasta estas casetas apartadas del pueblo. Durante el breve traslado, la propietaria desgranó su sorprendente relación con el fútbol: “A mí solo me interesa por las apuestas de mi marido”. Otra vía más de ingresos para Infantino y las multinacionales del juego. Por lo visto, su pareja se llevó un buen pellizco gracias a ese empate de España con la sorprendente selección africana. “Es el único que le fue bien. Lo demás un desastre”, lamenta ella.

Ya en Portomarín, vimos el destrozo a los saudíes en bares tomados por los turistas que bancaban a la selección que marcase, que por suerte ese día solo fue España. El establecimiento de al lado nos hacía spoiler, porque al nuestro llegaba la señal llegaba con retardo. Daba la sensación de que aquello no acababa de importarle a nadie.

Gracias a Dios, no toda la pasión por el fútbol responde a intereses económicos, sean de la FIFA o de una señora de un pueblo de Lugo pendiente de las apuestas. Esa mañana en Sarria, con 114 kilómetros por delante para cubrir durante la semana y 22 ese mismo día, un estrafalario encuentro amenizó el inicio de la ruta. Entre un grupo de chavales había uno con una camiseta de Jeremie Frimpong, jugador de la selección holandesa. Unos jóvenes del pueblo, con pinta de estar alargando la noche más que de madrugar, se interesaron por la elección. “Ping pong”, vacilaba uno de ellos. “Solo conozco a Johan Cruyff”, comentaba otro. El chaval tiró para adelante y mantuvo su fe ciega en la selección orange, que venía de un mal primer partido con Japón y un papel muy cuestionado de Ronald Koeman. Poco después de aquello, golearían a Suecia por 5 goles a 1. A veces hay que creer.

Lesiones y bajas

Quienes pierden la confianza, las ganas y hasta parte de la piel de los pies con el paso de las etapas son algunos peregrinos. En Melide, mientras disfrutaba de un heladito que le compró a mi pareja su madre, los andares de los viandantes servían para identificar fácilmente a los peregrinos respecto de los paisanos (si es que no se detectan antes por sus rasgos). Las agujetas, las rozaduras y las ampollas dibujan la estampa de zombis vagando por las calles. Como esos futbolistas que después de disputar una temporada con 50 partidos llegan a una eliminatoria del Mundial y les toca afrontar una prórroga donde ninguno tiene piernas para correr. Jugadores que ven la tanda de penaltis como un peregrino la catedral de Santiago.

Peregrinos discurren por las calles de Santiago de Compostela. En primer plano, dos de ellos ataviados con la camiseta de la selección de Argentina.

A ella llegamos el día del partido ante Uruguay, después de pasar una noche inenarrable en una estrafalaria granja de O Pedrouzo, reconvertida en alojamiento (sin mucha reconversión). No fue el mejor lugar para descansar antes de la última etapa, además en una jornada que promete alargarse, ya que la selección juega a las 2:00 de la madrugada. “Habrá que estar ahí para verlo, que mañana no hay que madrugar. Y sobre todo no hay que andar”, comenta una peregrina que hablaba del Mundial con su familia, ya en las afueras de Santiago.

Este cronista también se lo propone. Un último servicio para elaborar la crónica más completa y afilada posible sobre vivir una semana del Mundial en pleno Camino de Santiago, siguiendo el encarnizado choque en algún bar de la ciudad a altas horas de la madrugada. Llego a pedirle al santo fuerzas para aguantar cuando paso por su lado, o por su figura, en la catedral. Pero no hay manera: el cansancio me vence y antes de que sea medianoche ya duermo plácidamente en el hotelito.

Si el apóstol no me lo ha concedido, no creo que sea porque los milagros no existen. Más bien es que sabe que he pecado y no he enmendado mis faltas: he hecho un Camino de sibaritas, he contribuido a la gentrificación de la ciudad que acoge sus restos y ni siquiera me ha salido una mísera ampolla. No han cambiado mis pies ni tampoco yo por dentro. Al día siguiente, cuando un camarero me ve con mi camiseta de Carles Puyol del Mundial 2006 y me pregunta qué tal ha ido el partido, le respondo raudo, como si lo hubiera analizado al dedillo: “Ganamos, pero no jugamos muy bien”. 114 kilómetros después, soy el mismo listillo.

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