No vengas pa Alemania, Pepe
A nuevos tiempos, nuevos axiomas: el fútbol es un deporte que juegan once contra once y a Alemania ya le gana cualquiera. La potencia europea ha gripado también en el fútbol. Desde el inicio de la década en este y otros medios han podido informarse sobre cómo los datos económicos que habían sustentado la influencia estratégica del país en el continente han dejado de acompañar a la que se consideraba la locomotora de Europa. Fiabilidad, fortaleza... son conceptos que ya no nos llevan a pensar inequívocamente en Alemania. El país ya no tira de Europa y las economías del sur a las que durante años tuvieron acongojadas y tuteladas le pueden mirar hoy por encima del hombro. Igual que cualquier hincha paraguayo que desde este verano se cruce con un alemán.
La selección de Paraguay, un país de poco más de seis millones de habitantes, ha mandado para casa a Die Mannschaft (el equipo) de 83 millones de decepcionados alemanes que ven como por tercera vez consecutiva no se meten entre las dieciséis mejores selecciones del mundo. Disculpen ustedes que use tanto número; es una forma de sacarse la espina por aquellos años en que políticos, economistas y banqueros alemanes recurrían cansinamente a cifras e índices financieros para recordarnos con prepotencia que podían decirnos cómo gestionar las cuentas de nuestro país. Más allá de que se querían garantizar que les devolviésemos la pasta que nos llevaban prestando años, no me extrañaría que también quisieran cobrarnos la frustración de que un PIG, como llamaban a las economías del sur, les hubiera eliminado en las semifinales del Mundial de Sudáfrica en lo peor de la crisis financiera. Eran tiempos en los que no estaban acostumbrados a perder, mucho menos a manos de España y con un gol de cabeza. Recobraron su orgullo cuatro años más tarde ganando el Mundial de Brasil donde protagonizaron uno de los momentos más recordados de los mundiales: humillaron a los anfitriones en semifinales al ganarles por siete goles a uno. Desde entonces, la nada. Hoy les moja la oreja Paraguay y les saca de quicio un árbitro marroquí.
Antes de caer eliminados a penaltis este lunes, los alemanes fueron felices durante algo menos de cinco minutos. Aunque como alemanes que son, más que felices solo debieron sentirse aliviados al haber conseguido remontar el gol inicial de Paraguay. Tras celebrar con rabia su segundo tanto y recibir instrucciones para rearmar la estrategia, ya esperaban a que los desanimados y supuestamente vencidos sudamericanos sacasen de centro cuando el árbitro Jalal Yaled les recordó que sobre el césped de Massachusetts mandaban él y su troika de trencillas. Las caras de los teutones cambiaron de golpe y toda la presión que habían ejercido hasta ese momento sobre el área guaraní se dirigió al árbitro cuando éste anunció que por el pinganillo le avisaban de que igual no todo había sido legal en la jugada del gol.
Desde el sur de Europa: gracias, Paraguay
Sus colegas al mando de la sala del VAR no le pusieron más que dos perspectivas de la jugada en las que se intuía que un delantero alemán había obstaculizado al portero paraguayo en su propia área. Suficiente para el árbitro que tras ver las repeticiones en la pantalla dio media vuelta y dejó constancia a unos y a otros que para presión la que aguanta de las aficiones y jugadores de la liga de Marruecos; una amarilla por aquí, un par de gestos de 'hagan hueco' y anunció la decisión: nada que celebrar Alemania, gol anulado. ¿Qué quieren que les diga?, por muchas cosas sospechosas que se hayan visto en un terreno de juego, lo que se sucedió en ese momento me pareció historia. El fútbol, como la vida, se inclina habitualmente por no meterse en líos incomodando a los poderosos y, de repente, un equipo arbitral compuesto por dos chinos y tres marroquís decidió que ante la duda, oxígeno para el pequeño. Como dijo Axel Torres en ese momento de la retransmisión: “Se lo hacen a España y arden las calles”. Como diría Rajoy si estuviese en el VAR: “Aguanta, no somos Uganda”
Si hasta ese momento me costaba dar crédito a lo que estaba viendo, el minuto posterior ya me pareció pitorreo: un vez tomada la decisión de anular el gol, la FIFA ofreció a los espectadores dos repeticiones más desde ángulos que previamente se le escatimaron al árbitro en su revisión de la jugada, y en las que todavía parecía más dudosa la supuesta falta al portero paraguayo. En mi cabeza fue la confirmación de que Alemania ya no da miedo.
Un par de horas antes, Brasil había pasado por una situación parecida: una potencia futbolística que lleva años desubicada y a la que una selección claramente inferior como Japón había sorprendido con un gol que tardaron en igualar. Cuando todos pensaban que se llegaría a la prórroga, Brasil hizo valer lo que tantas veces diferencia a los grandes del resto: aprovechar un error ajeno para marcar gol cuando ya no queda tiempo para reaccionar. A los japoneses se les quedó esa cara que se les queda a tantos equipos que creen que tenía sometido a un conjunto superior y estos, en lo que parece un último suspiro, cogen aire para gritarte a la cara que mientras no estén muertos tu ilusión es su gasolina. Algo parecido le podía haber sucedido a Paraguay cuando Galarza, uno de sus jugadores más admirable si querías que perdiera Alemania, cometió un error de principiante al regalar una falta innecesaria al borde del área. Se confirmó que Alemania ya no es Alemania y no tiene lo que todavía conserva Brasil; la resolución de la última jugada antes de los penaltis no se pudo calificar ni como susto.
Durante décadas, la fortaleza del fútbol alemán reflejaba y simbolizaba la pujanza de la economía del país. Hoy el declive de ambas realidades va de la mano y tiene sumida a la nación en un pesimismo existencial. La derrota en el Mundial llegó tan solo tres días después de que Volkswagen, uno de sus pilares industriales del último siglo, comunicase que despedirá a cien mil trabajadores en todo el planeta antes de que se celebre el siguiente Mundial. El diario Süddeutsche Zeitung resumía la elminación en su portada con un lacónico “La siguiente vergüenza”.
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