Jean Marie Pfaff y los “boludos del barrio”
Con las miles de anécdotas que Maradona contó sobre su vida se podría escribir un libro que protagonizado por cualquier otra persona solo se aceptaría como novela. Si les sumamos las anécdotas que tantos dicen haber vivido con Maradona, lo que tendríamos sería una serie de ciencia ficción. Al Diego le gustaba contar aquellas en las que compartía cartel con gente poderosa: se regodeaba en que no quiso conocer a Carlos de Inglaterra porque “tenía las manos manchadas de sangre” y compartía, cada que vez que se lo pedían, el día en que llamó boludo a Juan Pablo II. Esta última nunca llegué a escucharla de su boca a pesar de ser una de las más recurridas por sus compatriotas cuando surge el tema del personaje Maradona fuera de las canchas - tanto defensores como detractores dicen que es de las que mejor lo definen-.
En 1987, Juan Pablo II invitó al Diez y a su familia a una audiencia privada en el Vaticano. El encuentro no funcionó desde el principio. A Maradona no le gustó ver tanta ostentación en los techos y paredes de la Santa Sede y cuando el Pontífice quiso limar asperezas recordando sus tiempos de jugador de fútbol, Wojtyla se encontró con un desprecio en el que Maradona, indirectamente, insultó al fútbol. El Papa le contó al argentino que de joven había sido portero y la respuesta dejó claro lo que el mejor futbolista del mundo pesaba en ese momento de muchos de los que tenía como compañeros: “en mi barrio, de arquero solo jugaban los boludos”. Mientras Maradona dejaba esta frase para la historia, la España futbolística seguía recordando con horror al mejor portero del planeta en aquel momento: el belga Jean Marie Pfaff.
La famosa maldición de los cuartos de final que aterró a la selección española hasta la Eurocopa de 2008 comenzó en un partido mundialista contra Bélgica. Pocos contaban aquel día de 1986 con irse a la cama con la pesadilla ya puesta. Nos habíamos prometido vivir un sueño guiado por Butragueño, nuestro héroe rubio de pelo ondulado y gesto angelical, y acabamos desesperados por un villano de rizos dorados y sonrisa malévola vestido de portero. Deberíamos haberlo intuido solo con (intentar) pronunciar su nombre. Jean Marie Pfaff. Esa mezcla perfecta de glamour y violencia resumía a la perfección las casi tres horas de sufrimiento a las que Bélgica sometió a España hace cuarenta años. Era inevitable que aquel partido acabase mal para La Roja y que Pfaff se llevase el protagonismo en la escena final de la tanda de penaltis. Le paró uno a Eloy Olalla y ahí se acabó todo.
Los grandes momentos de la historia de España hasta aquel día también tuvieron a porteros como protagonistas. La eliminatoria de cuartos de 1986 ante Bélgica fue lo más cerca que estuvo la Selección de llegar al último partido de un Mundial, sin embargo, en los torneos continentales ya había saboreado dos finales. Una la ganó a pesar del portero rival y la otra se perdió por un error del nuestro, Arconada, de lo mejor que tenía aquel equipo. Cuando padres y abuelos nos contaban a los de mi generación la historia de la selección, destacaban que el legendario gol de Marcelino que dio a España la Copa de Europa de Naciones de 1964 se lo había marcado ni más ni menos que a Yashin “la araña negra”, portero soviético que infundía más terror que Nikita Jrushchov. Las sensaciones que transmitía mi padre contando lo que supuso ese gol para España siempre me hicieron pensar que desde aquel día el miedo a la URSS y al comunismo que pregonaba la dictadura perdió mucha efectividad.
La gestión de la derrota ante Bélgica en 1986 alcanzó la categoría de trauma y Pfaff se convirtió en uno de nuestros villanos por lo mismo que Yashin dejó de ser un mito aterrador: no respondieron a las expectativas con las que como país llegamos a su encuentro. Esos errores de cálculo emocional son parte de nuestra cultura; lo que nos entretiene mientras esperamos a que llegue un acontecimiento importante es exagerar lo que por legitimidad de la experiencia creemos que nos puede deparar ese momento. En 1986, había que ser muy cenizo para no confiar en pasar a semifinales después de aniquilar a la admirada y temida Dinamarca. Pasó lo que pasó y en el análisis posterior también somos de volvernos tremendistas. Es fútbol y se digiere mejor así.
Igual que los belgas siguen apelando siglos después al duque de Alba y a su supuesto sadismo para convencer a los niños de que se vayan a dormir, nosotros contamos hoy con Jean Marie Pfaff para recordarnos que es mejor no soñar despiertos. Que por mucho que Rodri, Olmo y Merino nos hayan dado argumentos en el partido de octavos o que Unai Simón haya alcanzado el Olimpo de los porteros de los mundiales, siempre puede aparecer un tipo con talento y motivado que consigue hacer emerger miedos y dudas que se consideran bajo control. Si esto sucede en el partido de hoy, lo que no tendremos es excusa: a Thibaut Courtois ya lo conocemos; grande como Yashin, ágil como Pfaff y con una hoja de servicios que se puede hacer losa si hace dos o tres paradas de las suyas antes de que los jugadores paren para hidratarse mientras nos ponen anuncios.
Puede que en los tiempos en que Maradona jugaba en las calles de Villa Fiorito, los porteros fueran los boludos del barrio. Al fin y al cabo es el único al que se le permite jugar con la mano y su principal función es abortar el mayor éxtasis que este deporte ofrece a los aficionados: cantar un gol. El niño Diego Armando y sus vecinos no vieron muchos partidos de fútbol, la mayoría de sus recuerdos de jugadores que idolatraban tienen su origen alrededor de una radio -en caso de que alguien tuviese una en aquel lugar adonde apenas llegaba comida-. Lo mismo les pasaba a los niños españoles de los años 60 con la figura de Yashin. Cuando se les nombraba era para acompañar al error de un delantero y a ese papel se resumía su existencia. Con Pfaff fue distinto; nosotros lo pudimos ver y nos dolieron sus aciertos.
Años después también vimos al portero de España levantar la Copa del Mundo porque, entre otros momentos decisivos de aquella final, desvió con la punta del pie un balón que en los Países Bajos ya habían visto dentro de la portería. Los arqueros han sido tan influyentes como cualquier delantero a la hora de que los mejores equipos hayan ganado títulos, pero la frase de Maradona tendrá algo de argumento defendible mientras en la lista de ganadores del Balón de Oro siga sin aparecer alguien que de niño fue el boludo del barrio.
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