FUERA DE JUEGO
La tecnología más sorprendente del Mundial es una bolsa de basura
Mientras los más futboleros se quejan del bajo nivel de los primeros partidos, quienes nos asomamos a este Mundial con la misma fascinación antropológica que un alienígena aterrizado en Cerdanyola del Vallès tenemos que reconocer que el torneo nos está dejando buen material.
Sucede que la actualidad ha rebajado tanto nuestras expectativas que presenciar un acto civilizado parece un milagro. Y ahí es donde entran los aficionados japoneses y sus bolsas azules de basura. Gracias a ellos, cada cuatro años los occidentales descubrimos con cierto asombro que en los grandes eventos existen personas con educación.
Los espectadores nipones limpiando las gradas al terminar el partido de su selección son noticia. Los admiramos como si desactivaran minas antipersona en lugar de retirar vasos de cerveza. Por lo que sea, nos resulta sorprendente que alguien recoja su mierda.
Cuando festejan, su locura es también ordenada. En el famoso cruce de Shibuya, en Tokio, celebran el resultado tomando el asfalto, pero cuando el semáforo se pone en verde para los coches, se dispersan como limaduras de hierro atraídas por un imán invisible.
En lugar de enviar antidisturbios, allí cuentan con los llamados DJ Police. Son agentes con megáfonos que, amablemente e incluso con humor, piden a los seguidores que regresen a la acera a ritmo de silbato cuando toca.
En países como el nuestro, esto nos deja picuetos. Puede ser porque aquí se aprovecha cualquier éxito deportivo para comportarse como si fuera el día de La Purga. Ver a una multitud respetando un semáforo es tan básico que nos fascina.
Mientras tanto, la FIFA insiste en impresionarnos con una colección de ingenios digna de ciencia ficción.
Se juega con un balón inteligente que hay que poner a cargar antes de los partidos. En sus entrañas, lleva un sensor de movimiento (IMU) suspendido en el centro geométrico de la esfera que envía datos de aceleración, rotación, velocidad e impacto a la sala de control a una frecuencia de 500 Hz.
A esto se suma que los estadios cuentan con un enjambre de cámaras capaces de reconstruir en 3D el esqueleto de los futbolistas y detectar un fuera de juego por cuestión de centímetros.
Para lograrlo, el sistema rastrea 29 puntos del cuerpo de cada jugador 50 veces por segundo, combina esos datos con avatares digitales generados a partir de escaneos corporales y los cruza con la información que emite el balón para determinar el instante exacto en que alguien toca la pelota.
No somos capaces de hacer que funcione bien la web de Renfe, pero sí de amargarle la vida a un delantero porque el algoritmo ha detectado que su flequillo se pasó de la raya.
A diferencia de lo que ocurre con los japoneses limpiando la grada —que son noticia desde el Mundial de Francia 98—, nada de esto nos impresiona demasiado.
Tal vez el problema es que hemos invertido décadas en fabricar estadios inteligentes cuando lo que necesitamos son hinchas con más sentido común que el balón Trionda. En la era de las maravillas digitales, la innovación más radical de este Mundial nos la ofrece una afición capaz de hacer algo revolucionario: actuar como una comunidad y no como una multitud.