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María Pombo y el 'revival' literario

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La última polémica en redes, que casi ya se nos desvanece entre los dedos, dejando paso a una nueva que hará olvidar la anterior y que será sustituida a su vez por otra, tiene que ver con la influencer española María Pombo. Por si algún lector o lectora no la conoce, tiene a su disposición el docu-reality Pombo, en Amazon Prime. Ahí puede encontrar algo parecido a un remake del documental franquista La gran familia de Fernando Palacios, pero a color y en el siglo XXI: el modelo de familia nacional-católica moderna, con la figura de madre-emprendedora en el centro de la escena y mucho pel de ric a su alrededor.

Dicha polémica tiene que ver en este caso con la lectura. Pombo compartió hace unos días en sus redes sociales, donde tiene millones de seguidores, una imagen de su casa en la que aparecía una estantería muy bonita, pero sin libros. Y hubo quien se lo afeó: cómo era eso de tener una estantería vacía. La influencer, atacada, se defendió: dijo que hay que asumir que hay gente a la que no le gusta leer, y que leer no te hace mejor. Que ella lee, sí, pero solo cosas específicas sobre algún tema que le interesa, no novelas en la cama.

Es difícil estar en desacuerdo con María Pombo en esto. Es obvio que leer no te convierte en mejor persona, todos conocemos gente muy culta y despreciable. O gente que tiene la estantería llena de libros y no se ha leído ninguno, utilizados de atrezzo, como en los bares, donde es cada vez más habitual; incluso he llegado a ver libros decorando tiendas de zapatos. Hasta ha surgido un término, 'hombre performativo', para designar a varones que utilizan una estética asociada a una nueva masculinidad feminista, y que se dejan ver en público leyendo libros, sobre todo de autoras.

No obstante, creo que el punto más interesante del caso María Pombo no está en debatir las virtudes éticas de la literatura ni en valorar cuál es la cantidad recomendable de libros que hay que tener en casa, sino, más bien, reflexionar acerca de qué nos dice la queja de la influencer sobre la presencia cada vez más importante de la literatura en redes sociales y en el espacio público.

En 2017, la filósofa catalana Marina Garcés publicó en Anagrama el ensayo breve Nueva ilustración radical. Garcés plantea que el mundo contemporáneo es radicalmente antiilustrado: en lo político crece cada vez más el deseo de autoritarismo, en lo cultural, el repliegue identitario y el regreso de valores tradicionales, y, en el plano de las ideas, un mayor cuestionamiento de los consensos científicos. Según Garcés, “la educación, el saber y la ciencia se hunden también hoy en un desprestigio del que solo puede salvarse si se muestran capaces de ofrecer soluciones”. Si nos fijamos en el peso que tienen en las principales cadenas de librerías las estanterías de crecimiento personal, autoayuda y espiritualidad, economía y finanzas, entre otras, nos damos cuenta de que efectivamente, como en muchos otros ámbitos de la vida, la literatura se ha visto atravesada en las últimas décadas por una visión utilitarista: leemos porque ese libro nos aporta/ayuda/aconseja algo, y no tanto por el simple hecho de leer, porque leer nos entretiene, o nos incomoda, o nos interroga, o nos obsesiona, como cuenta la escritora Luna Miguel en Leer mata (La Caja Books, 2022).

La relación María Pombo con la lectura, como ella dice, es pragmática, utilitaria. También la de mucha otra gente, como bien identificó Marina Garcés en su ensayo de 2017. Sin embargo, considero que este diagnóstico, que explica bien cómo la lectura ha dejado de ser un valor en sí mismo para convertirse en una actividad que nos provee de “valor añadido”, puede aceptar algunos matices, especialmente si observamos lo que está pasando con la literatura y la lectura en nuestros días.

Como escribe Irene Cuevas en El Mundo, vivimos una fiebre lectora. Un día aparece Dua Lipa recomendando La mala costumbre de Alana S. Portero, otro día Rosalía comparte Agua y jabón, de Marta D. Riezu, Héctor Bellerín, el futbolista, sube un post con sus últimas lecturas, y hasta Zara saca una camiseta con el eslogan “reading es sexy”. Leer está de moda y lo podemos comprobar en las redes sociales, donde cada vez encontramos más contenido de literatura, cuentas de recomendaciones de libros, librerías con miles de seguidores… Pero también fuera de las redes. En Murcia las presentaciones de libros, como las que organiza la librería de segunda mano Libros Traperos, suelen estar llenas, con una programación semanal de gran calidad. El festival de literatura feminista Demoleer, acogió en su segunda edición el pasado mayo en la biblioteca regional a más de 400 personas, con la participación de autoras de primer nivel. Incluso, hace unos días, la apertura de una nueva librería en el centro de la ciudad, El faro de Lola, provocó unas colas en la calle bastante llamativas.

La literatura hoy, además de ser un acto individual se ha convertido en un acto social, y en esa transformación tiene mucho que ver el feminismo. La mayor parte de la gente que crea y consume contenido literario son mujeres, y buena parte de ese contenido (no todo, naturalmente) recupera y reivindica literatura escrita por mujeres. Es verdad que por lo general siempre han sido mujeres las que han visitado clubes de lectura, pero la novedad de los últimos años es la significativa cantidad de chicas jóvenes que acuden a este tipo de espacios. Espacios que te permiten compartir y multiplicar la experiencia como lectora, como lector, en un ambiente de mayor seguridad en términos de género y clase social, a diferencia de los espacios académicos y otros más formales.

Por eso, el comentario de María Pombo, diciendo que “leer no os hace mejores”, además de ser una queja ante críticas realmente simplonas, tiene también que ver, creo, con que la literatura se ha puesto de moda y se ha convertido en algo deseable, modificando el tipo de contenido que se crea y consume en redes. Como dice Irene Cuevas en su columna, quizá alguien que lleva toda la vida intentando estar a la moda y vive de eso, como María Pombo, puede que no lo esté encajando del todo bien. Y deberíamos alegrarnos de que el lifestyle pijo deje de ser el único horizonte estético y moral dentro y fuera de las redes.

(P.S. sobre libros y zapatos: sería interesante que, en lugar de libros decorando zapaterías, existiese una verdadera zapatería-librería donde los zapatos se organizaran según escritores: zapatos básicos negros de empleado de seguros, estilo Kafka, esa estantería; zapatos bajos de color burdeos con un poco de tacón, tipo Isabel Allende, por allí; unas Dr. Martens negras, de cuero, a lo Gabriela Wiener, en ese pasillo. Yo buscaría unas zapatillas clásicas Adidas, negras y con la suela marrón, estilo Joseda Espejo).