La utopía del Derecho: imaginar una comunidad jurídica y política de todos los seres vivos
Descubrí el placer emancipador de la lectura en los vacíos sin ruido que, por higiene mental, uno debería concederse a diario. Lo experimenté con El vagabundo de las estrellas, de Jack London: la historia de un hombre que, encerrado en una celda, logra sustraerse al encierro mediante la imaginación. Aquel descubrimiento quedó unido para mí a la década en que Pepe Mujica permaneció recluido, solo con su pensamiento y sus lecturas previas como territorio de libertad. Comprendí entonces que imaginar no es huir de la realidad, sino ensancharla. Y que toda transformación comienza ahí: en la capacidad de concebir lo que todavía no existe.
De ese horizonte nace cada reflexión posterior. En la última década he conservado, con un entusiasmo difícil de ocultar, el recuerdo de cuatro encuentros con cuatro personas que, quizá sin proponérselo, me empujaron hacia la imaginación jurídica entendida como un ejercicio radical. No fueron lecciones formales ni sistemas doctrinales cerrados, sino frases pronunciadas en momentos precisos.
El primero fue en Madrid, en su despacho de la UAM, con Antonio Remiro Brotóns, a quien ya había leído antes. Un gran maestro —y, como alguna vez lo han llamado, un enfant terrible del Derecho internacional—, cuyos conocimientos están vinculados a una perspectiva crítica siempre estimulante. Sus escritos, en particular Civilizados, bárbaros y salvajes en el nuevo orden internacional (1996), siguen plenamente vigentes.
El segundo tuvo lugar junto al Manzanares. Yo comenzaba mi tesis doctoral sobre la reparación de las víctimas de crímenes internacionales y la Corte Penal Internacional cuando conversé con Benjamin Ferencz, antiguo fiscal de Núremberg. Recuerdo la serenidad de su voz al decirme: Never give up, mister Gil. Pero lo verdaderamente decisivo no fue la exhortación a perseverar, sino la invitación implícita a imaginar el Derecho como algo todavía inacabado, como una promesa abierta. Al fin y al cabo, la Corte Penal Internacional fue también una utopía jurídica: una idea que, entre otros, imaginó Moynier antes de convertirse en realidad.
El tercer encuentro ocurrió en Bilbao, conversando con Jesús Mosterín sobre tauromaquia y sufrimiento animal. Su idea era simple y devastadora: ellos sufren y no son cosas. En esa frase cabía una revolución silenciosa. Si no son cosas, el Derecho no puede seguir tratándolos como tales.
El cuarto fue con mi compañera de la Universidad de Murcia, Teresa Vicente, en torno a los derechos de la naturaleza. De aquellas conversaciones fue cristalizando una intuición: quizá el Derecho solo es plenamente justo cuando protege a los más vulnerables. Y la vulnerabilidad, entendida como condición compartida de los seres vivos, obliga a ampliar radicalmente el perímetro de lo jurídico.
El Derecho es, ante todo, una construcción humana destinada a ordenar la convivencia. Pero la cuestión decisiva es qué significa exactamente “nuestra” convivencia. Durante siglos hemos interpretado ese plural como exclusivamente humano. Sin embargo, todo apunta a que el Derecho deberá reconocer que la comunidad jurídica coincide, cada vez más, con la comunidad de la vida.
El siglo XX ofreció una primera utopía jurídica convertida en realidad. La Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de Derechos Humanos y los principios de Núremberg inauguraron un Derecho internacional humanizado, capaz de enfrentarse a la impunidad. Nació así un entramado normativo pro persona que transformó tanto el Derecho internacional como los ordenamientos internos. Ese movimiento demostró que el Derecho puede expandir su sujeto moral y los bienes jurídicos protegidos.
Sin embargo, ese avance se mantuvo dentro de un paradigma antropocéntrico. La historia de la filosofía muestra hasta qué punto la cuestión de lo animal y de lo vivo ha ocupado un lugar marginal. La tradición occidental, salvo excepciones, relegó la relación entre los seres humanos y los demás seres vivos a un plano moral secundario. Y, sin embargo, la evidencia científica contemporánea ha ido debilitando esa frontera al mostrar la complejidad cognitiva, emocional y social de numerosas especies. En paralelo, el debate jurídico comienza a desplazarse desde el mero bienestar hacia la discusión sobre su consideración como sujetos jurídicos en formación (Eika, por ejemplo, ha sido el primer perro de apoyo que ayuda a declarar a una víctima de violencia de género), reflejando una transformación cultural y normativa de mayor alcance.
Esta omisión histórica no es casual. Forma parte de una construcción cultural que separó radicalmente humanidad, medio ambiente y resto de seres vivos, convirtiendo estos últimos en objetos de uso. El resultado es visible hoy: la degradación ambiental avanza pese a décadas de legislación, lo que evidencia el agotamiento del modelo jurídico antropocéntrico.
El siglo XXI comienza a fracturar ese paradigma. El reconocimiento del medio ambiente y de los ecosistemas como posibles sujetos jurídicos constituye un paso histórico. La justicia ecológica introduce un nuevo marco: no somos propietarios de la naturaleza; somos parte de ella. La relación es de interdependencia, no de dominio. Como expresó la poeta cartagenera Carmen Conde al evocar el Mar Menor: “Yo vengo del mar, aún más, me gustaría morir en el mar”.
Esta transformación implica algo más profundo que una reforma normativa. Supone un cambio ontológico en el Derecho. Dejaría de ser exclusivamente un sistema de regulación humana para convertirse en un mecanismo de protección de las condiciones que hacen posible la vida.
El camino hacia una utopía jurídica no consiste en abolir el Derecho existente, sino en ampliar su imaginación. Del mismo modo que en el siglo XX el Derecho llegó a reconocer que ningún Estado puede destruir impunemente a sus ciudadanos, el siglo XXI podría reconocer que ninguna forma de vida puede destruir impunemente las condiciones que sostienen la vida común.
Pensar el Derecho desde la vulnerabilidad compartida implica asumir que todos los seres vivos habitan un mismo espacio de fragilidad. La biología ha mostrado el continuo entre especies; la ecología ha demostrado la interdependencia de los sistemas; la ética contemporánea ha subrayado la relevancia moral del sufrimiento. El Derecho, lentamente, comienza a integrar estas tres dimensiones.
Pero toda utopía jurídica necesita algo más que argumentos: necesita imaginación y un ejercicio constante de interpretación. La imaginación jurídica no puede quedarse en el plano de lo concebido; debe ser interpretada, elaborada y asumida colectivamente para traducirse en transformación. No basta con pensar otros mundos posibles: es necesario intervenir en el curso del que ya habitamos, para que continúe desarrollándose de un modo más justo y más habitable, y no siga cambiando al margen de nosotros, hasta convertirse, finalmente, en un mundo sin nosotros.
Y la imaginación jurídica nunca ha sido exclusivamente jurídica. Nace también de la literatura, del cine, de la música, del teatro y de la observación cotidiana del mundo. Ojalá esta mirada transversal —que ya empieza a asentarse— formara parte estructural de la enseñanza en las Facultades de Derecho en España; y que la academia salga de su zona de confort, para irradiar en cada punto de la sociedad.
La utopía del Derecho no será un código perfecto ni un sistema cerrado. Será un proceso permanente de ampliación del círculo jurídico y ético: un Derecho capaz de proteger no solo a quienes pueden reclamar derechos, sino también a quienes nunca podrán hacerlo.
Tal vez el futuro del Derecho no consista en multiplicar normas, sino en reformular la pregunta fundamental. Ya no (exclusivamente): ¿qué derechos tenemos los humanos?, sino: ¿qué necesita la vida para seguir existiendo?
Imaginar un Derecho para todos los seres vivos no es ingenuidad. Es, probablemente, la única forma realista de garantizar la continuidad de la civilización y de aprender a habitar la Tierra de un modo distinto. Un Derecho que protege solo a los humanos en un planeta invivible está, en el fondo, condenado a desaparecer con ellos.
La utopía del Derecho no es un sueño. Es una necesidad histórica. Y, como toda necesidad en cada momento, comienza siempre en el mismo lugar: en la imaginación de alguien que decide pensar más allá de lo que ya existe. Hagámoslo posible.