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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Un western marítimo

Costa da Morte

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Todo inglés es una isla.

Novalis

 

-Aquí murió mucha gente.

Xusto López Carril, el director del programa de la RTVG, “Mar de Ardora”, pronuncia estas palabras frente al coído del cabo Veo, al lado de la bahía de Trece, en Camariñas.

-El mar es mi libro preferido –añade, distendido y con expresión extasiada-. En Fisterra vive Pepe de Olegario, un antiguo patrón que sabe escuchar el mar y predecir el tiempo y las mareas. ¿Y tú, cuál es tu libro?

-El libro de la selva, tal vez –respondo con sorna.

Por el camino veníamos saludando poblaciones de euforbias, capuchinas, caramiñas, silenes blancas y rosas, helicrisium (también llamados “cojones de gato”), cistus salvifolius (un tipo de jara que recuerda un huevo frito) y vulnerarias o patas de cabra. Al llegar al acantilado, en la zona de la cornisa, nos recibe una roca con forma de gancho de perchero, que Xusto bautiza con el nombre de Estacha: la Estacha del Imposible Amarre (excepto para una nave espacial).

-Aquí lo tienes: uno de los enclaves más fascinantes de la costa –comenta mi guía en lo alto del promontorio, frente a una roca de unos once metros de altura que parece un rostro enmascarado: el mascarón de proa de la duna de Santa Marina.

El sol alumbrando alternativamente los cabos Tosto y Veo es un espectáculo digno de ver. Incluso en un día desapacible como éste.

-Entre el Tosto y la punta de la Cagada –apunta mi informante mientras bajamos por la abrupta pendiente- se han registrado ocho naufragios y más de 200 víctimas, 172 sólo del Serpent, el buque inglés que encalló el 10 de noviembre de 1890, el más conocido de todos: sólo sobrevivieron tres de los 175 pasajeros, enterrados allí mismo. Anteriormente, el Irish Hull en 1883 se fue a pique en la Punta do Boi, con 37 muertos; y el Trinacria en 1893 se topó con los bajos de Lucín, dejando un saldo de 31 fallecidos...

Xusto me explica con detalle las circunstancias de cada tragedia, señalando los lugares donde tuvieron lugar.

-El Iris Hull era un vapor inglés que había salido de Cardiff con destino a la India, llevaba 38 tripulantes. Les tocó un fuerte temporal de noroeste. Chocaron con los bajos de Antón, en la Punta do Boi. De los 38, sólo uno se salvó. El Serpent encalló en el mismo lugar.

Lo escucho estremecida y fastidiada por el viento que nos empuja como si quisiera sacarnos la ropa. Xusto, en cambio, parece en su elemento. Consultando su móvil, que sirve de cuaderno de notas y bitácora de esta expedición, continúa así:

-El Trinacria embarrancó el 7 de febrero de 1893. Había zarpado de Glasgow con dirección a Livorno cargado de hierro, ladrillos, carbón y cera. Viajaban 33 tripulantes y 4 pasajeros, entre ellos una joven de 15 años. Su capitán, Mr. Muny, un hombre afable y cultivado, tampoco sobrevivió. Es el tercero hoy aquí.

-¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

-Eliot escribió que siempre hay otro que camina contigo. El tercero que nos acompaña aquí es Mr. Muny –repite con gravedad, en el fondo del ojo una mecha de ironía.

-Entonces seríamos cuatro, no tres.

-Venga, pues entonces contamos también con Antanas, el voluntario lituano de Muxía… El Trinacria chocó contra esos bajos –continúa Xusto señalando para el Petón do Boi-, el mar devolvió milagrosamente a siete de ellos a las playas de Trece. Semanas después descubren en una furna un ovillo enorme de maderas, cuerdas, ropa y cadáveres imposibles de identificar. ¿Qué hicieron? Rociaron todo con petróleo y le metieron fuego. Desde entonces a ese lugar le llaman la Furna de los Difuntos Quemados.

Un escalofrío me recorre la espalda.

-Aquí, en la Punta Cagada, hay documentados cuatro naufragios –prosigue mientras avanzamos con precaución sobre las piedras del coído, entre madera de resaca, huesos, botas de marineros, botellas de plástico y restos de chapapote. ¡La hecatombe humana!

Con todo, La Cagada me parece un nombre degradante para este cúmulo fantástico de pedruscos y perejil de mar, pienso yo, que soy una devota de Santa Mariña. Acudo aquí como los fieles a la misa de los domingos. Vengo para quitarme el aliacán. Le explico a Xusto que este vocablo lo empleamos en Murcia para la tristeza y las ganas de llorar, que se curan mirando el río. Pienso en esos versos de la Oda a Walt Whitman de Lorca:

 

“Mañana los amores serán rocas y el Tiempo,

Una brisa que viene dormida por las ramas...“

Aunque, por otra parte, mandarse una misma a la mierda viniendo hasta La Cagada, me parece todo un ejercicio de catarsis y purgación.

Nos sentamos al abrigo de una pared de granito. Mientras Xusto fuma un omé mirando el horizonte, tal vez pensando en su infancia junto al mar, yo observo estas deposiciones magmáticas de más de 300 millones de años. Recuerdo las primeras veces que vi la gran duna blanca y el Cabo Veo desde el camino del cementerio inglés. Era el invierno de 2005, acababa de instalarme en la costa: ya sentía una gran atracción por la zona. Desde la distancia imaginaba todo tipo de formas en este conjunto: fortalezas, dinosaurios, baterías militares, observatorios, submarinos, naumaquias, animales petrificados... Ruinas de alguna misteriosa y remota civilización, refugio de extraterrestres, escenario secreto de westerns marítimos, el género de este lugar.

-Te voy a enseñar una roca que quizá aún no conoces –le digo levantándome y guiándolo hasta una piedra alargada, medio sumergida, que parece el cuello y cabeza de una gaviota, con un agujero en el lugar del ojo.

Xusto celebra el hallazgo con una foto.

-El Trevidere –continúa mi informante, regresando a sus notas- iba a Palermo cargado de carbón. Era un barco inglés de apenas 8 años. Naufragó en abril de 1911 por culpa de la niebla. ¡Siempre la borraxeira! 27 tripulantes llegaron en botes a Camelle. En el verano de 1935 y también a causa de la niebla, el Alekos, un carbonero griego, chocó contra el bajo de los Vendidos, allá en el extremo de la Cagada, en la Punta de los Vendidos, a saber por qué la llaman así… Sin víctimas por suerte, sólo tres tripulantes heridos graves. Los supervivientes llegaron en bote a Camariñas.

-Cuando la niebla recorre el monte es mejor sentarse y esperar que pase porque tiene un poder especial para descarriar a cualquiera. Eso fue lo que le escuché decir en el Monte Seixo a Calros Solla.

-Ya, pero eso es imposible en el mar... De los 32 vientos que recoge la rosa de los vientos, todos circulan por aquí. La Costa da Morte y Malta son los dos lugares donde llamamos a todos los vientos por sus nombres. En ambas, la dirección y el nombre de los vientos coinciden.

-¿Por qué Malta?

-Porque es una isla mediterránea y ahí es donde se nombran por vez primera los vientos. Entre Malta y Creta, donde el meridiano 20 y el paralelo 36 se cortan, allí se encuentra la cuna de los vientos –responde este marinero de las ondas hertzianas.

¡Treinta y dos vientos en la big band de la sinfónica del mar! Hoy no se sabe dónde empieza el horizonte y dónde acaba el mar. A nuestra espalda, los peñascos cóncavos del monte Veo ofrecen cobijo, en caso de lluvia, y un dique seco contra el azote del viento.

-El Modesto Fuentes, un carbonero español, fue el tercero en hundirse –continúa mi guía- en 1935. Embarrancó en el carreiro de la Cagada, entre la niebla densa. Los tripulantes se salvaron en los botes salvavidas arribando a Santa Marina. El cuarto fue el balandro San Fernando. Ocurrió sobre a las tres de la tarde del 28 de agosto de 1925. Se hundió en los bajos del Pájaro, otro extremo de La Cagada –dice apuntando unas rocas blanqueadas de excrementos de aves-. Tenían que extraer la chatarra del Trevidere, hundido en 1911, cuando el barco volcó por el peso de una enorme placa que estaban izando con el cabestrante. El patrón, dos marineros y un buzo, atrapados entre los cabos, fueron para el fondo. Una historia espantosa...

Xusto se detiene encima de una roca salpicada de liquen y se vuelve hacia mí. Tiene la piel del cuello quemada por el salitre.

-Aquí, de los difuntos, decimos: fue para el fondo –explica, imperturbable-. Aunque mueran en tierra. Tenemos muchos términos especiales: gangrina, para el hambre; ismundo, para el pescado podrido... En Camelle quedaron cuatro viudas y 16 huérfanos. Sin seguridad social, sin seguros... El ayuntamiento organizó una colecta para ayudar a esas familias. Entre las víctimas, el abuelo del Rubio de Camelle, buceador, regueifeiro y amigo mío.

Estos granitos con las superficies pulidas son como muebles que invitan a acostarse, a convertirse en mineral. Las rocas marcan un recorrido para saltar de un islote al siguiente e internarse más y más en el mar... ¡Maravilla y terror!

-Voy a terminar con una nota cómica: un buque yugoslavo embarrancó en la playa de Trece el 28 de Diciembre de 1972 –Xusto es amante de los datos precisos-. ¡40 metros de eslora y 30 de manga! Como era el Día de los Inocentes, ¡el vecindario dudaba de la veracidad de la noticia! El buque fue desguazado en Camariñas y valorado en 50 millones de pesetas.

En su compañía, con los fantasmas de Antanas y de Mr. Muny a la zaga, este espacio se ha llenado de toponimia y de memoria humana, por trágica, efímera o inadecuada que sea.

-¿Sabes cómo se saluda la gente de la costa en Irlanda? ¡Nada de good morning! Dicen “¡Ventoso!” y responden con otro “¡Ventoso!”.

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