Iratxe López, psicóloga: “Hablar con un adolescente implica escuchar más y corregir menos”

Los años de la adolescencia traen consigo cambios significativos que afectan a nuestra forma de pensar, de sentir y de interactuar con el mundo. También con los padres. Cada adolescente es único y, por tanto, es fundamental ver esta etapa como un periodo de transformación que puede beneficiarse enormemente de la orientación, la paciencia y el apoyo positivo. 

El paso de niño a adulto implica, a nivel psicológico, “la necesidad de separarse progresivamente de los padres para construir una identidad propia”, afirma Iratxe López, psicóloga y directora del Centro de Psicología Iratxe López. Durante esta fase, el adolescente está atravesando una de las etapas más transformadoras de su vida. Son años marcados por importantes cambios físicos, emocionales y psicológicos que pueden resultar confusos o incluso abrumadores, tanto para los adolescentes como para sus padres. 

Qué le pasa a nuestro hijo adolescente

“Empiezan a cuestionar, a discrepar y a explorar quién es más allá de la familia. Aparecen opiniones propias, gustos distintos, una mayor importancia del grupo de iguales y una necesidad clara de autonomía”, explica López. Todo esto, aunque cueste de llevar, es normal y necesario para que haya un desarrollo sano, forma parte de una fase evolutiva en la que es fácil tener que hacer frente al “conflicto, la distancia emocional o el choque con la autoridad, que indican que el adolescente está intentando diferenciarse”, reconoce López. 

En esta etapa, la especialista habla más de una transformación que no de una rotura. Y “acompañar este cambio sin invadir y sin desentenderse es clave para que el adolescente pueda desarrollarse con seguridad emocional y para mantener, en un futuro, una relación sana con sus figuras de referencia”, afirma López.

Un trabajo que empieza en la infancia

Si somos un poco observadores, habremos visto que, cuanto más presionamos a un adolescente, más se ponen a la defensiva y se obstinan. Se vuelven reactivos, con ataques explosivos o cerrándose e ignorándonos. ¿Qué podemos hacer ante esta actitud? Gran parte del trabajo lo tendremos que haber hecho mucho tiempo atrás, cuando todavía eran niños. “Desde nuestra experiencia trabajando con familias, uno de los aspectos más importantes es revisar cómo se ha hablado con ese hijo antes de la adolescencia”, reconoce López. 

Una buena comunicación presente en todo el proceso de crecimiento de un niño permite que este “haya crecido sintiendo que lo que piensa, siente y le interesa tiene valor. Si no ha sido así, es difícil que en la adolescencia aparezca de forma espontánea una comunicación fluida”, admite López. 

Con esto por delante, la experta da algunos consejos más para tener una relación más amable con nuestro hijo adolescente:

  • Evitar la invalidación emocional: ¿qué significa esto? No hacer comentarios del tipo “no es para tanto”, “estás exagerando” o “yo estoy peor que tú”. Estas frases suelen ser muy comunes y, a pesar de que no se dicen con mala intención, sí hacen que “el niño aprenda que expresar lo que siente no sirve o no es bien recibido”, reconoce López. En muchos casos, cuando un adolescente no habla es porque “ha aprendido que hacerlo no es seguro”.
  • Escuchar más y corregir menos: “muchas veces basta con estar disponibles, mostrar interés real por su mundo y sostener conversaciones sin interrogatorios ni juicios”, admite López, y aceptar que “habrá momentos de silencio y distancia”. 
  • No forzar la comunicación: si la forzamos, podemos conseguir justo todo lo contrario, es decir, que aún se distancie más. “La confianza se construye con paciencia, coherencia y respeto, no con presión”, advierte López. Y, si el adolescente se siente respetado, la comunicación aparecerá de forma natural.
  • Mantener una jerarquía clara para que el sistema familiar funcione: la relación entre padres e hijos “no es equilibrada en términos de poder o responsabilidad”, aclara López, ya que “los adultos tienen la responsabilidad, la autoridad y la función de sostener el marco, mientras que los hijos ocupan otro lugar. Por tanto, en una familia sana debe existir una jerarquía clara”. Cuando esto no es así, y esta jerarquía queda borrosa y se intercambian los papeles, “esto genera mucha inseguridad en los adolescentes”, explica López.
  • Priorizar la idea de la coherencia por la de ser estrictos: en cuanto a si es necesario ser más o menos estrictos, López habla más bien de coherencia porque “un límite solo es útil si se mantiene en el tiempo”. De nada sirve poner normas que después se van a retirar, por cansancio o por no querer entrar en conflicto. Según López, “esta incoherencia debilita la autoridad y confunde al adolescente”.
  • Adoptar límites que se adapten al momento y evitar la rigidez: para la especialista, “no tiene sentido mantener las mismas normas a los 12 años que a los 16 si el adolescente está mostrando responsabilidad. Si hay conductas de riesgo o dificultades claras, es lógico ajustar los límites de otra manera”. 

Una de las principales preocupaciones, y también errores, que muestran las familias desde la experiencia de López, es que “su hijo adolescente ‘no habla’ y se muestra distante”. Un problema que, en la mayoría de los casos, no empieza en esta etapa, sino que lo que hace es “amplificar dinámicas que ya estaban presentes mucho antes”, reconoce la psicóloga. 

Como decíamos antes, si durante la infancia no ha habido esta comunicación emocional ni interés por lo que le interesa al niño, es difícil que durante la adolescencia esto se solucione. “La comunicación con un adolescente no se construye de la noche a la mañana”, reconoce López.

No servirá de nada acercarnos a él si lo hacemos desde “el control o la exigencia”, uno de los errores que más se cometen. Si solo nos interesamos para controlar, corregir o supervisar, esto genera más rechazo. “El adolescente percibe rápidamente cuándo una pregunta nace del interés genuino y cuándo tiene como objetivo fiscalizar su comportamiento”, reconoce López.