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Soy madre y viajo sola

Mujer en una estación.

Seis de la mañana, suena el despertador. El niño se ha metido en nuestra cama y me levanto con mucho cuidado para no despertarle. La niña se ha despertado varias veces esta noche, tenemos sueño todos. Me lavo la cara, me visto, me hago un café. Cojo mi maleta, solo la mía, y cierro la puerta de casa sin mirar atrás.

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No, no es un viaje de trabajo –ya ha habido algunos–. Tampoco es una escapada en pareja –menos, pero un par hemos tenido–. Es un viaje sola, en el que veré después de dos años a mi amiga del alma. Por delante, seis horas de tren en las que podré leer, dormir, ver series o mirar por la ventana. Por detrás, una casa con dos niños muy pequeños, una perra y una madre y un padre agotados. Por primera vez tras la pandemia, he viajado sola.

La víspera del día del viaje me asaltan todo tipo de dudas. Me da una pereza que me muero salir de mi casa. Pero esto me ha pasado siempre. Estamos en pandemia, con los casos disparados, y hasta el último momento no sé si me voy a librar de un positivo o de un confinamiento. En algunos momentos me sorprendo pensando que ojalá tener que cancelar. Que qué hago yo yéndome de viaje sola, dejando a los niños aquí, que me van a echar de menos. Tengo que pelear contra esos pensamientos y echar mano de todo lo que he leído cien mil veces y sé que es lo que me está pasando: la culpa, la eterna culpa de las madres. El peso de la responsabilidad y la maldita culpa. Necesito un empujón de mi pareja, que es quien se va a quedar solo al frente de la casa, para dar el paso.

No sé muy bien cómo pero lo hago. Peleo conmigo misma, consigo apartar todos esos pensamientos negativos y me veo sentada en un tren a punto de arrancar. Desde ese momento consigo desconectar de las cargas diarias, de los niños, del trabajo, de la casa. De la extenuante (y preciosa) vida de la crianza. En el tren no sé ni qué hacer con tantas horas ociosas. Leo un poco, me tomo un café. Me veo un documental interesante, sin interrupciones, y lo enlazo con una película que tenía pendiente desde hace meses (¿quizás años?). Veo a algunas mamás con niños y me dan ganas de ofrecerles ayuda. Yo también he viajado con ellos y he sentido las miradas reprobatorias de otros pasajeros a los que les molesta que los niños sean niños. Pero esta vez no, esta vez me toca a mí disfrutar del viaje.

Al final del trayecto me espera mi amiga del alma en un sitio al lado del mar. Por delante, dos días de descanso, desconexión, conversaciones adultas. Llevo sin verla más de dos años, así que tenemos demasiadas cosas que contarnos. Lo haremos con calma, paseando, bebiendo cervezas y comiendo pescado al lado del mar. Sin interrupciones, sin tener que pensar en otra cosa que no sea disfrutar y descansar. Nada más llegar me doy cuenta de que he hecho la maleta fatal. Parece que no sé pensar si no es en clave de pañales y bodies. Pero me da lo mismo, ya me apañaré con lo que traigo.

En estas 48 horas vuelvo a ser solo yo. Muy bien acompañada, pero a la vez sola. Sin tener que pensar en nadie más que en mí misma y mis propias cosas: mi hambre, mi cansancio, mi equipaje. Recupero el placer de dejarme llevar por mi amiga, que me guía por su ciudad mientras yo pongo el cerebro en blanco y me entrego a la conversación. No llevo carrito, no llevo mochila. Nada, cero. Tampoco tengo que estar cuadrando todas las actividades con las necesidades de nadie más: aquí no hay que pensar en comidas, en cenas, en horarios. ¿Os ha pasado alguna vez lo de salir de casa solas y alucinar de lo fácil que es pensar solo en llevar tu móvil, tu cartera, tus llaves? La ligereza de no tener que cargar con los juguetes de uno, el carrito de otra, las bolsas de la merienda, las mudas y los por si acaso.

Ahora, ya de vuelta, se me salen los tópicos uno a uno: vuelvo con las pilas cargadas, más ligera que nunca, qué gusto da perderse de vista unos días… Pero sobre todo me pregunto cómo he podido plantearme renunciar a este viaje. ¿Qué nos pasa a las madres con la culpa eterna? ¿Por qué tenemos que cargar siempre con esa mochila permanente llena de remordimientos? ¿Por qué no podemos permitirnos disfrutar de las cosas más sencillas? Y creo que la respuesta es simple: porque por mucho que nos empeñemos en pelear contra ella, la tenemos demasiado interiorizada.

Estos días reafirmo algo que ya sabía pero que tenemos que recordarnos una y otra vez: es absolutamente necesario priorizarnos de vez en cuando, cuidarnos para poder cuidar. Y eso no significa (o no solo) que nos regalen una tarde de spa. Eso significa hacer cosas para ti, solo para ti. Planes con tus amigas, planes sola, momentos en los que solo piensas en ti y en nadie más. Porque la crianza, con todas sus maravillas, también es agotadora. Y solo con estas pequeñas vías de escape se pueden luego afrontar los desafíos diarios. Antes de marcharme, mientras me estoy arreglando para coger el tren de vuelta mi amiga se mete en la cocina a prepararme una bolsa con comida y bebida para el tren. Y siento que en ese pequeño gesto hay mucho de cuidado, de cariño, de atención. Por primera vez en años no soy yo la que tengo que preparar esa bolsa. Alguien la ha preparado para mí.

Al llegar a casa, mis niños me reciben con muchísima alegría. Yo también estoy feliz de verles. Les veo mucho más majos, más guapos, más listos que antes de marcharme. Y soy plenamente consciente de la vida tan bonita que estoy construyendo en familia. Hasta que esta tarde vuelvan a pelearse, o acabe las cenas y duchas extenuada en el sofá. Entonces empezaré a soñar con la próxima escapada. Sola.

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