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Diez razones por las que los empresarios tienen mala fama

Así como partidos políticos, sindicatos o instituciones públicas están abiertos a la autocrítica y a intentar comprender las razones de su desprestigio social, los empresarios –y las asociaciones que los representan– no han abordado todavía esa reflexión

Se quejan de su mala fama pero no se preguntan por qué tienen esa mala fama

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Eduardo Anitua, entrevistado por la revista XL Semanal

Eduardo Anitua, entrevistado por la revista XL Semanal

Los impuestos a los más ricos y a las empresas podrían incrementarse. Aunque todavía es pronto para conocer cuáles son exactamente las medidas que se adoptarán, el Gobierno de Pedro Sánchez ha lanzado algunos mensajes sobre el aumento de los impuestos a las rentas más altas, una nueva tasa para los bancos y la necesidad de garantizar un tipo mínimo efectivo más alto que el actual en el impuesto de sociedades.

Los empresarios y sus portavoces en los medios se han revuelto contra estas intenciones y llevamos tiempo asistiendo al debate sobre la efectividad de estas medidas. Pero más allá de ese debate, subyace otro que ha resurgido con fuerza: los empresarios se siente castigados por la sociedad, consideran injusto que no se valore adecuadamente su papel de generadores de riqueza y empleo, se quejan del escaso prestigio que tienen en España y de lo sencillo que resulta convertirlos en el saco de todos los golpes.

Por lo tanto, cabe preguntarse por qué los empresarios tienen tan mala fama en España. Estas podrían ser algunas de las razones:

1. La mitad de las horas extra en España no se pagan. Si tomamos los datos de la EPA de principios de año, en España se hacen más de 6 millones de horas extra a la semana, de ellas el 44,6% no son recompensadas, ni con dinero ni con un descanso adicional. Es una práctica ilegal. La Audiencia Nacional ha dictaminado que los trabajadores no tienen medios para probar que han realizado horas extra. El control está en manos de los empresarios. El asunto ha llegado a Europa.

2. La juventud, entre la temporalidad y la precariedad. Un dato: este pasado mes de agosto, solo un 10% de las nuevas contrataciones fueron indefinidas. Otro dato: los contratos temporales de menos de 7 días se han duplicado respecto al inicio de la Gran Recesión. Evidentemente los peor parados de esta precariedad laboral son los jóvenes que acceden por primera vez al mercado de trabajo. Un estudio sobre los jóvenes entre 16 y 24 años elaborado por el Gobierno vasco señala que estos  cobran un 21% menos que antes de la crisis y alerta de las consecuencias de la incertidumbre a la que están abocados: aumentan los casos de depresión y ansiedad.

3. Fraude laboral en las empresas: En España el número de falsos autónomos podría rondar los 100.000. Una trampa muy común por la que las empresas se ahorran costes laborales a costa de los derechos de los trabajadores. Otra ilegalidad bastante común es la de recurrir a contratos temporales que deberían ser fijos. Una campaña de la Inspección de Trabajo  ha obligado a los empresarios a hacer fijos a más de 46.000 temporales en agosto.

4. La crisis no fue igual para todos. La brecha salarial entre directivos y empleados se multiplicó durante la crisis, según un informe elaborado por el grupo ICSA y la escuela de negocios EADA. Por otro lado, los directivos del IBEX 35 cobran 207 veces más que su empleado con el salario más bajo. Ana Botín gana 661 veces más. España ha sumado 100.000 millonarios desde el estallido de la crisis. " Cada calamidad económica deja una imagen impactante: en 1929 sí saltaron al vacío los ejecutivos desde sus despachos; en esta crisis, en cambio, los banqueros de las entidades quebradas se han llevado suculentas indemnizaciones y el suicidio más sonoro fue muy diferente: el de un pensionista griego abocado a la miseria", escribía hace unos días Claudi Pérez

5. A los empresarios no les gusta que sus trabajadores disfruten de los puentes. La supresión de los puentes festivos anunciada por Mariano Rajoy en 2011 fue una de las medidas más aplaudidas por los empresarios. "Nuestras empresas ya no pueden permitirse la inactividad durante los acueductos. La pérdida de actividad laboral debe ser la mínima posible",  declaraba un alto cargo de la CEOE. La propuesta pasaba por trasladar los festivos a los lunes. Ante la polémica surgida y las consecuencias electorales que podía tener, la medida fue abandonada en un cajón.

6. Los empresarios y el sector público. A las patronales empresariales, y a la vasca en particular, les disgusta el impulso que las instituciones están dando a las Ofertas Públicas de Empleo. Miles de personas sin empleo o con empleos mal pagados en el sector privado están aprovechando las OPEs para acceder a puestos de trabajo con unas condiciones dignas mínimas. Los empresarios se quejan de que los ciudadanos prefieran ser funcionarios a otra cosa: ¿pero quién no querría tener un sueldo con el que poder salir adelante? Incluso han llegado a criticar que el Gobierno vasco recupere las 35 horas semanales para sus trabajadores. Las reticencias a lo público –a lo común– son constantes, incluso a veces hasta extremos surrealistas: "Si la salud dental fuera gratis, la gente iría a la sanidad pública a que le lavaran los dientes", declaró recientemente el ‘prestigioso’ empresario vitoriano Eduardo Anitua.

7. La brecha salarial de género. Una mujer cobra en España un 13% menos que un hombre por cada hora de trabajo. El salario medio anual de un hombre en España son 25.727 euros. El de las mujeres, 19.745 euros. Esa brecha salarial crece al tener hijos.

8. Los empresarios y la revolución digital. Banca digital, industria 4.0, etc. El discurso empresarial de los últimos años está dirigido especialmente a las tecnologías digitales e internet. Tecnologías que suponen avances importantes en el conocimiento pero que tienen un precio pernicioso que pagan los trabajadores expulsados del mercado laboral o los que están sometidos a las nuevas formas de precarización de la llamada economía colaborativa: la uberización del mercado laboral. La irrupción digital ha permitido a los empresarios aumentar el control sobre sus empleados fuera de las horas de trabajo: llamadas telefónicas, whatsapps, correos electrónicos… En Francia han regulado el derecho a la desconexión después del trabajo. En España, Fundéu BBVA recomienda usar la palabra "trabacaciones" para referirse a este nuevos sistema de explotación laboral.

9. Soluciones individuales para problemas colectivos. A los empresarios les molestan los sindicatos, y eso que los sindicatos mayoritarios en España no son demasiado beligerantes. En Euskadi, donde la lucha sindical es más intensa, los empresarios han planteado un sistema de relaciones laborales para debilitar el papel de los sindicatos en las empresas e individualizar las relaciones empresario-trabajador. En definitiva, los sindicatos o cualquier otro tipo de organización solidaria entre trabajadores (asambleas, coordinadoras para huelgas, etc) molestan. Y no es casualidad que en este contexto el mundo empresarial esté promoviendo técnicas individuales para sobrellevar problemas derivados de la explotación laboral. Como ya escribí en su día, "las empresas, aliadas con coachers y gurús de distinto pelaje, están manipulando el mindfulness para convencer a sus empleados de que los problemas laborales se solucionan con terapia personal".

10.  La incapacidad para comprender las razones de su mala fama. Así como otro tipo de organismos como los partidos políticos, los sindicatos o las instituciones públicas están abiertos a la autocrítica y a intentar comprender las razones de su desprestigio social, los empresarios –y las asociaciones que los representan– no han abordado todavía esa reflexión. Se quejan de su mala fama pero no se preguntan por qué tienen esa mala fama. Y este no es precisamente un asunto del que los ciudadanos hablen de oídas o animados por consignas políticas. En una sociedad como la nuestra organizada en torno al trabajo, casi todo el mundo ha tenido un empleo, es decir, casi todo el mundo ha trabajado para un empresario. Si la reputación de los empresarios está bajo mínimos no es fruto de una confabulación judeomasónica, es fruto del trato que dan a sus trabajadores.  

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