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El divorcio del alcohol y el tabaco

El pasado mes tocaba yo en esta columna un tema escabroso: el del consumo de alcohol en nuestra sociedad (“Alcoholismo”, 16 de noviembre). Me planteaba cuestiones como dónde y cómo ponerle límites, y la necesidad de mirar de frente el problema de adicción que genera. Pues bien, ha sucedido. El Consejo de Gobierno vasco ha dado luz verde a un nuevo proyecto de la Ley de Adicciones que pone límite al consumo en la calle, incluso al de una copa fuera de un bar (entre otras). La propuesta está por aprobar en el Parlamento, eso sí. Pero vamos, que a este cerdo le ha llegado su San Martín.

Yo he entendido que la reforma tiene por objetivo eliminar el hábito que existe del consumo abierto de alcohol, excesivo, y sin responsabilidad, entre otras regulaciones. Como bien decía el propio Darpón, con estas medidas no se pretende eliminar las botas de vino los domingos de monte, “aparte de la Ley, el sentido común suele ser una buena norma”. Hay situaciones excepcionales dentro de la propuesta, y también patatas calientes que vuelven a recaer en los ayuntamientos. En general, la normativa acerca el alcohol más a la categoría de droga y estipula un mayor control, sobre todo en menores y espacios públicos.

Yo que no soy fumadora, me pregunto, ¿cómo se arreglan los que lo son en casa? ¿Fuman delante de sus hijos? ¿De los abuelos? ¿De los enfermos? ¿Fuman en la sobremesa? ¿En las celebraciones familiares? ¿A solas? ¿Asomados a la ventana? ¿A la terraza? ¿O los mandan a la calle?

Bien. Si el alcohol es una de las patas de la propuesta de Ley, la otra es el tabaco, y ha puesto en pié de guerra a todo el gallinero. La susodicha prohíbe fumar en espacios de uso colectivo independientemente de su titularidad incluyendo las sociedades gastronómicas (alarma, alarma, alarma). A algunos aún les arde la conversación en la boca. El tema es peliagudo, no sólo por tratar el ámbito de la jurisdicción privada, sino porque además, las sociedades gastronómicas son como satélites, estrellas de la tradición, símbolos de lo que fue, es, y será. La reforma impediría uno de los hábitos más típicos que en ellas se llevan a cabo ¿están sus usuarios dispuestos a este cambio?

Yo que no soy fumadora, me pregunto, ¿cómo se arreglan los que lo son en casa? ¿Fuman delante de sus hijos? ¿De los abuelos? ¿De los enfermos? ¿Fuman en la sobremesa? ¿En las celebraciones familiares? ¿A solas? ¿Asomados a la ventana? ¿A la terraza? ¿O los mandan a la calle? Supongo que habrá tantos tipos de respuestas como de personas fumadoras, y más en los tiempos que corren, en los que todos queremos hacer lo que nos da la real gana.

Pues como el texto se apruebe en el Parlamento, aquí las cosas van a cambiar de manera drástica. En las sociedades ya pueden ir pensando cómo afrontar el tema, que dar con una solución y quedar todos contentos no va a ser tontería. En los bares, a ver cómo se convence a la gente de que no se puede salir con el cubata a la calle... Ay, Señor. Ya estoy viendo las marquesinas con campañas de sensibilización con imágenes de hígados y pulmones podridos. Espero que llegado el momento, su mensaje sea calmante y, al menos, mitigue la adaptación y el cambio social hacia esta nueva situación, que arduo va a ser. Del alcohol y el tabaco, tenemos difícil divorcio.

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