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Criollo

Si en unas vacaciones uno aprende un idioma, están bien aprovechadas. Pero, con el grupo adecuado, puede aspirarse a más: a inventar otro de paso.

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Maluni estudiando al fusha aplicadamente con un técnico de aire acondicionado.

Maluni estudiando al fusha aplicadamente con un técnico de aire acondicionado.

Me habían asignado vacaciones en septiembre, un mes en que todos mis amigos trabajaban. ¿Qué podría hacer con ellas yo solo? Por primera vez pensé en recurrir a una empresa de viajes organizados, y se me ocurrió buscar un curso de aprendizaje de idiomas. Unas pocas averiguaciones y hecho: contraté un curso de ruso en Moscú. Cogí un tren, después un avión, luego otro avión no previsto y a las 36 horas de empezar las vacaciones estaba durmiendo en Asuán. Una ciudad famosa por una presa de construcción soviética, pero esa era toda la relación que tenía con el ruso. Porque Asuán está en Egipto. Y yo, cosas del overbooking y la resignación, iba camino de El Cairo a aprender árabe.

Éramos veintitantos en el mismo hotel, con la misma intención. Había algún filólogo, una periodista de TV3, un notario de Madrid que sonaba para ministro de Justicia, un constructor amigo suyo… Nos dividieron en dos grupos porque algunos sabían más, pero todos teníamos los mismos profesores: un grupo de técnicos en aire acondicionado. No es que en El Cairo los mejores profesores de árabe sean los técnicos de aire acondicionado, es que sabían inglés, y así podían emplearlo como metalenguaje. Escribían algo en la pizarra y lo traducían:

—This means «I did will go».

Y luego nosotros pedíamos aclaraciones para saber si el hombre iba o venía…

Lo que estudiamos es al fusha, el árabe clásico universal. Luego están los dialectos locales, que es lo que la gente habla y lo que más oíamos, así que aprendimos una mezcla de al fusha y dialecto egipcio. No se parecen, al menos en vocabulario: por ejemplo la afirmación es naam en al fusha y aiwa en dialecto. Cuando hablábamos con los locales a veces teníamos que adivinar en qué idioma se estaban dirigiendo a nosotros. Funciona más o menos así: un día me interpela la muchacha que limpia nuestra habitación:

—Bilís, bilís, ¿aina maluni?

Los árabes tienen dificultades con la p, que se convierte en b, y no digamos con pl. Así que muy probablemente bilís quiera decir please. Pero aina no se parece a ninguna palabra inglesa que recuerde, así que debe ser al fusha: en este caso significa dónde. Maluni podría ser un nombre, y lo más probable es que esta chica pregunte por mi compañero de habitación, un murciano simpatiquísimo con el que ha hecho buenas migas. No emplean los verbos ser o estar, que se dan por supuesto. Entonces la frase querría decir «Por favor, por favor, ¿dónde está Manolo?». Tras este proceso, llego a este punto a tiempo para contestar:

—Maluni fi Al Kahera —que en impecable al fusha quiere decir exactamente «Manolo está en El Cairo» (nosotros propiamente hablando estamos en Mokatam, que es a El Cairo lo que Maliaño a Santander). La chica sonríe y agradece: la había entendido bien.

Maluni está en el grupo avanzado, conoce bastante el idioma. Aprovecha el mes que estamos allí para explicar uno por uno a varios millones de cairotas que él es de una ciudad que antiguamente se llamaba Al Mursía, porque fue fundada por los árabes en España. Da gusto ir con él a cualquier sitio: no solo es un hablante eficaz, además su simpatía nos abre puertas que no podrían franquearse de otro modo. En una ocasión queríamos coger un tren; vamos a la estación e intentamos comprar billetes. Pero nos dicen que ahora mismo no hay. ¿Cuándo habrá? Bueno, en algún momento. Es una afirmación bastante precisa, para los usos del país. Así que esperamos.

Y esperamos más. Pasamos varias horas repitiendo el intento de conseguir billetes y viendo pasar trenes en ambos sentidos, todos repletos, en ninguno de ellos había sitio para nosotros. Hasta que Maluni mete medio cuerpo por la ventanilla por donde se despachan los billetes y acerca la cabeza a pocos centímetros de la del ferroviario, escena que admiro desde arriba, por encima de la mampara de madera. Con su mano izquierda atrapa por debajo la derecha del pasmado egipcio, y con su derecha le acaricia repetidamente el dorso, de la muñeca a los dedos, mientras le mira a los ojos explicándole:

—Nagnu isbaniuna.

Es decir, nosotros somos españoles. Todos los árabes saben que España es parte de su imperio, aunque los españoles nos hemos aliado con los occidentales por conveniencia y fingimos ignorarlo. Pero en cuanto mostramos nuestra verdadera naturaleza, nos tratan como a primos a los que hace mucho que no ven (así era entonces, al menos). Maluni tenía brillantes ojos azules, pero no importaba: en el siguiente tren que pasó había sitio para nosotros. No nos habían dado pasaje hasta entonces porque esperaban uno de los pocos trenes exclusivamente dedicados a los turistas, en los que caben, pongamos, ochocientos viajeros. Pero nosotros habíamos mostrado que no éramos guiris vulgares: éramos españoles, hablábamos al fusha, podíamos acercar la cara a nuestros congéneres, acariciarles para pedir un favor. Y por tanto éramos dignos de subir a un tren dentro del cual viajaban unos cinco mil nativos. Y otros tantos encima: los ferrocarriles egipcios no estaban electrificados, lo que era una gran idea porque permitía aprovechar a fondo los recursos y transportar a la ciudadanía encima del techo de los vagones sin riesgo de electrocución.

Nuestros compañeros de vagón están divertidísimos de tenernos allí; les decimos a todos «nagnu isbaniuna» y Maluni además les explica que él es de Al Mursía, etc., encantado de contárselo a un grupo nutrido de golpe. Nos preguntan si es cierto que el azafrán se paga en España al precio que se paga; al confirmárselo alimentamos el sueño que tienen muchos de ellos de venir con dos o tres kilos, venderlos y volver millonarios. No acertamos a explicarles que nuestro carísimo azafrán se parece al que venden en sus mercados como una nécora a una mulata: aquí no daríamos nada por el suyo. No acertamos a explicárselo porque ni siquiera Maluni sabe decir mulata en al fusha, y nécora para qué te voy a contar, y además, ¿quiénes somos nosotros para romperle un sueño a nadie?

Entre las clases, las charlas con los nativos que buscamos a todas horas, y las lecciones que nos damos unos a otros, los estudiantes españoles acabamos desarrollando un lenguaje propio, un criollo. Los lingüistas llaman criollo a una lengua mestiza, de aluvión, basada principalmente en una y que incorpora elementos de las demás. Quienes estudiamos al fusha en Mokatam hablábamos entre nosotros un criollo gramaticalmente basado en el castellano batúa (que así le llamábamos y, árabe aparte, era la única lengua que conocíamos todos), con léxico aportado sobre todo por al fusha, dialecto e inglés (pero inglés tal como lo hablaban los cairotas), y con préstamos de catalán, francés y murciano. ¿Hace falta decirlo?: nos divertíamos como locos.

Tanto, que pocos meses después del regreso celebramos el primer simposio de nuestro idioma particular en Zaragoza, porque es una ciudad más o menos equidistante de Madrid, Barcelona y Al Mursía, además de que allí vivían dos notables académicos del nuevo idioma, Elena y Felipe, que lo organizaron todo.

Elena y Felipe acudieron con sus parejas respectivas, que no habían venido a Egipto y por tanto no entendieron ni palabra de toda la conversación, pero que se sumaron con entusiasmo al disfrute porque cada frase en nuestro criollo era una fiesta. Y era una fiesta tras otra, un despliegue de agilidad mental deslumbrante, sin más estímulo exterior que el vino propio de los simposios. Nunca habíamos tenido la cabeza tan bien entrenada para cazarlas al vuelo y, seguramente, nunca hemos vuelto a tenerla.

Todo viajero sabe que para entenderse la voluntad bilateral de hacerlo es mucho más importante que la competencia en idiomas. Pero eso no le quita importancia al conocimiento de la lengua y, cuando este es escaso, la capacidad de encajar indicios débiles hasta formar significados coherentes es valiosísima. 

Casi al final de lo que había empezado como un viaje a Moscú a aprender ruso tengo que encontrarme con un amigo en un hotel de El Cairo. Pregunto al conserje en qué habitación se hospeda; él consulta sus libros y me dice, muy ufano:

—Chiquitín, chiquitín.

Hombre, mi amigo no es muy alto, pero tampoco destaca por lo menudo; es un poco abusivo llamarlo chiquitín y además lo que estoy pidiendo es el número de su habitación, no una valoración física. Le explico al conserje lo más suavemente que puedo que no me ha entendido bien, y la sonriente curva de sus labios se transforma en un rictus de desprecio que obviamente quiere decir «¿Dónde habrá aprendido inglés este imbécil?». Repite con indignación:

—¡Chiquitín, chiquitín!

Rápidamente aplico el método que tan bien ha funcionado hasta ahora de recorrer mentalmente todo mi vocabulario en tres o cuatro idiomas a ver si hay algo remotamente parecido a los sonidos que oigo, y comprendo que tiene razón. Le doy las gracias y voy a la habitación 1.616 donde, al jamdu lilá, está mi amigo.

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