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La debilidad

Los gorriones parecen tener aprendido que, si esperan, alguien les dará una, dos, tres, cuatro patatas. Esto es lo que ocurre con la debilidad, uno tiende a perder autonomía.

Gorrión común.

La debilidad despierta compasión, oportunidad o recelo. Basta con observar nuestro entorno. Pasadas las fechas navideñas, he venido a escribir a una cafetería situada frente a la Segunda playa de El Sardinero. En realidad, no he venido yo por mi propio pie, me han traído, porque mi rodilla no anda bien. He tenido un pequeño accidente que me ha dejado algo lisiada, un poco coja, vamos, con la rodilla bloqueada y progresivamente hinchada.

Me he sentado junto a la cristalera desde donde puedo ver el exterior. El camarero, que levanta una ceja al verme pasar con mi balanceo, ha esperado a que me aposentara para tomarme nota. Después me ha traído el mediano que le he pedido y una palmerita de hojaldre para amenizarlo. Tras el ventanal puedo ver un grupo de gorriones que se mueven ágiles por la terraza. Los envidio. No solo vuelan, también saltan de una silla vacía a otra, dan pequeños pasos por las mesas solitarias y se meten en las macetas de barro colocadas sobre las baldas de una estantería de metal alineada a un lado de la terraza. Son siete gorriones. Me fijo en que los pájaros desfilan de un tiesto a otro y pican las hojas de las plantas. Algunos se acurrucan esponjados y adheridos a la tierra del interior de las vasijas, resguardándose del nordeste que hoy pega fuerte y dibuja pequeñas crestas de espuma que corren veloces sobre el mar hacia la playa.

Me miro la rodilla y sigo envidiando a los gorriones. Quién pudiera volar, ¿no? Ha salido una chica a la terraza con una copa de vino tinto y unas patatas fritas en un pequeño cuenco negro. Está hablando por el móvil y los gorriones la observan desde la estantería metálica llena de macetas. Cuando termina, su mirada se aleja hacia el horizonte sobre el nivel del mar durante algún tiempo que, a mí y a los gorriones, se nos ha hecho eterno mientras la vigilamos. Yo quiero ver más acción, que cambie de movimiento, que haga algo un poco diferente, algo de lo que poder escribir. Ellos, todavía no estoy segura de lo que quieren, pero clavan sus pequeñísimas pupilas en las manos de ella, en sus brazos, en todo su cuerpo.

En el mismo momento y en el interior, uno de mis vecinos es el único que habla en una mesa de tres, no está contento en su trabajo, parece que lo va a dejar, que si el jefe, que si el sindicato de los cojones, que si pensé, cállate la boca, gilipollas, que si cada mes me va renovando, que si hostias, pero qué hay de lo mío… Todo esto amenizado por dos verdejos, un vermú y unas rabas, y tres generaciones presentes: la abuela, la madre y el hijo.

Afuera, cuatro gorriones se han subido a la mesa ocupada por la mujer de la copa de vino, y los tres restantes se apoyan sobre el respaldo de una de las sillas sin dueño. Cada vez se acercan más a la chica. Ella, al salir de su ensimismamiento, se da cuenta y les ofrece una patata. Después les hace una foto, probablemente para sus redes sociales. Les da otra patata, y un gorrión la apresa al vuelo alejándose hacia una de las repisas de la férrea estantería con ella en el pico. La chica les hace una foto más con su móvil, esta vez buscando un ángulo de encuadre en el que aparezcan los gorriones que aguardan en lo alto de la silla con las macetas de fondo. Esta escena se repite una y otra vez durante varios minutos.

Los gorriones parecen tener aprendido que, si esperan, alguien les dará una, dos, tres, cuatro patatas. Esto es lo que ocurre con la debilidad, uno tiende a perder autonomía. Cualquier tipo de dependencia puede convertirse en una prisión tanto para la persona dependiente como para el cuidador. El que cuida en ocasiones es un tirano cuando se ve con demasiada autoridad y poder en sus manos, aunque también puede aferrarse a la idea de que cuidar del otro es su única misión en la vida. El que es cuidado puede llegar a ser un déspota, si se victimiza a sí mismo y toma demasiado en serio su debilidad o, por el contrario, si reniega de ella y son los demás los únicos culpables de lo que le pasa. Hay un cuento de Pilar Adón que me viene ahora mismo a la mente, 'En materia de jardines', en el que se recogen muy bien algunos de estos pensamientos. El relato trata de dos mujeres que se ven obligadas a convivir en una casa con la idea de que una cuide de la otra, pero a medida que se desarrolla la historia ya no se sabe bien quién cuida a quién, quién ejerce poder sobre quién, quién es la persona sana y quién la enferma.

A mi lado la madre, compasiva, asiente resignada con la cabeza a todo lo que dice su hijo, que sigue quejándose y echando culpas a unos y a otros. La mujer responde de vez en cuando con un tímido sí, hijo, sí y un tranquilo, que no te va a faltar de nada si te tienes que marchar. La abuela, en cambio, permanece muy quieta en un sofá alto, tiene la mirada fija en la mesa y los pies no le llegan al suelo. Mientras observo esta escena, el camarero me ha traído la cuenta (dos euros y medio por mi café con leche) invitándome a irme. Están preparando las mesas para las comidas. Lo que él no sabe es que yo no decido cuándo me voy, sino que tengo que esperar a que mi persona cuidadora pueda venir a buscarme. La abuela, que ha estado callada toda la velada (¡ay si la abuela hablara!), se mueve rápida ahora sacando su pequeño monedero para pagar.

La chica de fuera no está interesada en hacerles más fotos a los gorriones, ha terminado su copa de vino y anda perdida en lo que quiera que vea o lea en la pantalla de su móvil. Los gorriones la esperan, dos sobre la mesa, los otros cinco dentro de las macetas protegiéndose del frío. No hay más patatas en el cuenco.

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