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La memoria de las palabras

¿Se entendería que alguien se partiese de risa porque un terremoto arrasara el Monasterio de Santo Toribio? ¿O que le pareciera muy molón que se extinguieran los osos pardos en Picos? ¿O que se hiciera una camiseta con el lema “Altamira demolición”?

Fernández destaca el carácter divulgativo del Día Infantil de Cantabria

Imagen de archivo del Día Infantil de Cantabria.

George Steiner nos dijo que “lo que no se nombra no existe”. Pero quiero sumar hoy otra reflexión suya que no viene sino a reforzar la idea que quiero transmitir: “Babel es tal vez una bendición misteriosa e inmensa. Las ventanas que abre una lengua dan a un paisaje único. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros tantos mundos nuevos”. Sirva esto de entrada, de aperitivo o de “hamaiketako” como dicen en mi tierra.

Vaya por delante que soy vasca, porque no quiero dar lugar a equívocos y malas interpretaciones, que aun así se harán precisamente por ello. Mi familia paterna proviene de las tierras campurrianas; ni abuelo nació en Arroyo y mi abuela en Malataja (en Los Riconchos) y la casa familiar se asienta a los pies del Pantano del Ebro, en Las Rozas de Valdearroyo. Mi familia materna es medio vasca por parte de abuelo (Derio) y andaluza por parte de abuela (Carmona). Y yo me crié en Getxo (Vizcaya). Despliego mi genealogía, que probablemente le importe un chiflo a cualquiera que no sea yo misma, para ilustrar por qué defiendo el cántabru como una seña de identidad propia que es imprescindible conservar.

Es desde el lenguaje desde donde se le da forma a la sociedad; es lo que construye cultura. A través de él transmitimos conocimientos, valores, creencias, mitos y costumbres. De la mano de la palabra somos capaces de generar códigos sociales que nos diferencian de otros mundos, que elaboran contextos propios, que nos hacen “ser”. Si comprendemos de dónde venimos, porqué nuestros lenguajes olvidan o nombran en función de nuestras construcciones sociales o religiosas, o de nuestras necesidades de supervivencia, probablemente no solo nos entenderemos mejor como grupo humano o como seres individuales dentro de ese grupo; también nos puede ayudar a avanzar hacia lugares mejores.

¿Y dónde queda el cántabru en todo eso? Podría hacer la misma pregunta con el bable, el euskera, el gallego o el catalán. O incluso con el andalûh. Lo que no deja de asombrarme es que a estas alturas aun haya gente que no comprenda el enorme valor patrimonial y cultural de una lengua. Y no pienso entrar en disquisiciones sobre si son lenguas, dialectos o como a algunos les gustaría, castellano malhablaó. Quizás crecer en un trocito de tierra del norte en el cual el sostenimiento de la lengua ha supuesto represión, cárcel o torturas, me haga comprender la importancia de conservarla. Mi madre nos contaba como el aitite (abuelo) le prohibía hablar euskera en casa, no fuera que se le escapara alguna palabra en la calle y eso supusiera de nuevo su entrada en la prisión. Solo pido que se haga esta reflexión: ¿Por qué ese empecinamiento por igualarnos mediante el lenguaje, por eliminar cualquier vestigio diferenciador entre nosotras? ¿Rompe España que en Cantabria se conserve el cántabru o la hace más diversa, más plural, más rica?

La enésima polémica sobre esto ha venido de la mano del secretario de comunicación del PSOE de Santander a través de varios mensajes en la red social del pajarito. Sus mensajes denigrando el habla de las cántabras han incendiado, y con razón, a quienes llevan años trabajando contra viento y marea para que no se muera una lengua que ya en 2009 la UNESCO catalogó como en peligro de desaparición. Algo con lo que perderíamos una parte de nuestra memoria colectiva de difícil reparación. ¿Se entendería que alguien se partiese de risa porque un terremoto arrasara el Monasterio de Santo Toribio? ¿O que le pareciera muy molón que se extinguieran los osos pardos en Picos? ¿O que se hiciera una camiseta con el lema “Altamira demolición”?

Y, por lo menos para mí, no es una cuestión de nacionalismos. De la lucha del nacionalismo periférico contra la colonización del nacionalismo centralista, algo obvio por otra parte. Es una cuestión de memoria. De la memoria de las palabras. Y de la ignorancia que denota querer exterminar algo que nos hace más ricas a todas. Los mensajes que han provocado este artículo no son ciertamente la causa, son el síntoma. Y solo dando la importancia que merece a esa lengua ancestral, dignificándola, podremos construir espacios de entendimiento y no de confrontación.

Me gustaría terminar con una especie de testamento en vida para los míos. El día que falte, querría morir con los pies dentro del Pantano del Ebro, que llenó mi infancia de recuerdos imborrables. Que se esparzan mis cenizas al viento, sobre las campas que se anegan en invierno cuando sube de nivel. Al son de la txalaparta y repartiendo gazpacho a las asistentes. Con la bandera de los afectos ondeando, que es la única que me representa. Os pediría también, ya metida en faena, unas palabras de despedida en todos los idiomas que corren por mis venas. Y quizás por las vuestras.

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