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¿Llevan todos los caminos a Compostela?

La tragedia de Santiago de Compostela ha llevado a todos los líderes de derechas a ensalzar el valor de la solidaridad. Nuñéz Feijóo dijo que “Galicia ayudó a Galicia”, que la gente salía a socorrer a las personas accidentadas con lo que tenía a mano, rompiendo cristales y ventanas a pedradas para poder sacar a los heridos que precisaban ayuda, que los médicos y bomberos de vacaciones volvieron voluntariamente a sus puestos de trabajo, que la gente llevaba mantas, que los hospitales se colapsaron con donantes. ¿Qué menos se esperaban en momentos críticos? Pero estos mismos líderes se encuentran entre los que están desmontando las redes institucionales de la solidaridad que se han tejido durante décadas para que unos ayudasen a otros a través de servicios y transferencias económicas y sociales a través del Estado de Bienestar en épocas ordinarias, no catárticas. La  tragedia compostelana reavivó la solidaridad comunitaria que siempre está latente, pero solo es ésta la que les gusta promover a los Rajoy del mundo. Ahí está la propuesta de la 'Big Society'  de Cameron, que viene a decir “ayudaros amigos, que no os queda otro remedio, porque nosotros vamos a cortar amarras, nos vamos, os abandonamos, y nos quedamos con toda la banca”.

Pero ¿qué pasa con la izquierda y con el progresismo en general, tiene o no soluciones alternativas? Desde luego, las puertas giratorias que hay entre los partidos gobernantes de izquierda y el mundo de la gran empresa ofrecen pocas esperanzas. Es un panorama desolador.

Pero yendo de las organizaciones a la base, recientemente asistí a una boda y muchas de las conversaciones versaron alrededor de la pregunta, ¿y por qué no nos movilizamos? Desde luego, alguna dificultad objetiva imposibilita esta voluntad de participación, porque también es receta neoliberal y en parte moderna y sobretodo posmoderna transformar los problemas sistémicos en problemas personales o biográficos. Por eso soy partidario de quemar todo los libros de autoayuda: independientemente de cómo empiecen siempre terminan culpando a la víctima. Ya dijo Thatcher que sólo existían personas y familias, que la sociedad era objetivamente una quimera. Por otros motivos, la izquierda y el progresismo no andan muy lejos de estos preceptos.

La izquierda tiene un problema con el moderno proceso de individualización, que no de egoísmo. Si este proceso ha sido uno de los grandes logros de la modernidad, haciendo de la persona una entidad autodeterminada, y si la izquierda como no podía ser de otra forma lo ha hecho suyo porque gracias a este proceso ha abierto muchos más ámbitos de politización de la vida social y personal, también esconde un regalo envenenado: es muy difícil supeditarse a morales colectivas con base en puntos de partida individuados. Esto no es una contradicción, es un dilema.

Nuñéz Feijóo dijo que “Galicia ayudó a Galicia”, que la gente salía a socorrer a las personas accidentadas con lo que tenía a mano (…) ¿Qué menos se esperaban en momentos críticos? Pero estos mismos líderes se encuentran entre los que están desmontando las redes institucionales de la solidaridad.


Según Ferrajoli ('Poderes Salvajes', Trotta, 2011) la democracia tiene una crisis de representación "por arriba", pero me preocupa más algún aspecto de "la crisis por debajo" que está muy relacionado por un lado con el indiferentismo y por otro con las certezas ideológicas de las izquierdas. Ferrajoli arremete contra el indiferentismo porque se basaría en la “particular primacía del interés y la vanidad personal que se manifiesta en el rechazo a votar por partidos que no reflejen plenamente las propias ideas. El abstencionismo, en homenaje a una propia decantada pureza e indisponibilidad al compromiso, es la forma que asume este indiferentismo narcisista, que, aunque sea por razones opues­tas a las del indiferentismo y el abstencionismo de derechas, se manifiesta en la idea de que todos los partidos, a derecha e izquierda, son equivalentes, y en la sustancial indiferencia por el interés general, incluso al precio de favorecer derivas antidemocráticas, autoritarias y racistas. Es un indiferentismo en cierto aspecto más deplorable que el de derechas, porque no está determinado por la ignorancia y la desinformación, sino por la irresponsabilidad moral y política”.

Por otro lado, un cierto talante de certeza ideológica caracteriza a otros sectores de izquierdas, que dicen saber qué debe hacerse cuando desgraciadamente todo está por ser repensando. El problema no es la desmovilización por dejadez, o por comodidad, sino la desmovilización por desorientación. La izquierda no posee ni brújula ni hoja de ruta en el momento presente, toda ella sigue desorientada porque muy probablemente piensa que la solución está en la economía, y en un segundo lugar en la política. No cabe duda que tendrá que arbitrarse algún tipo de economía para el futuro, que habrá que refundar algún modo renovado de vínculo de representación política. Pero el problema es definitivamente moral, consiste en cómo casar las dinámicas de la individuación, necesariamente expansivas, con morales colectivas, necesariamente auto-contenidas. Este es un fenómeno históricamente nuevo. En el campo ecológico ya se están cociendo algunas propuestas, ahora hay que trasladarlas básicamente al plano social, y al político. Un problema añadido y de no menor importancia es cómo llegar a esta autocontención, si por convencimiento o por coacción comunitaria, porque si la conciencia ecológica no lleva necesariamente al comportamiento ecológico, la conciencia política tampoco desemboca en movilización, y al límite ecológico le corresponde inexcusablemente un límite moral: ¡hay modos de vida inuniversalizables! Éste es el nuevo contexto.

Mientras tanto, en situación de crisis la gente se ayuda y saca lo mejor de sí mismo porque es lo intrínsecamente humano al tiempo que, por un lado, quienes alaban de 'boquilla' este comportamiento retiran la escalera institucional de la solidaridad y, por otro, la izquierda permanece desorientada aunque segura.

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