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Combatiendo las pandemias desde hace tiempo

Nada nuevo bajo el sol. Aprendamos del pasado y no lo repitamos en el futuro

Control para detectar coronavirus en un aeropuerto.

EFE/EPA/Zsolt Czegledi HUNGARY OUT

El conocimiento del pasado nos permite entender el presente. La historia de la salud pública no es una excepción.  Analizar cómo se combatieron las grandes epidemias que ha sufrido la humanidad desde que ésta ha tenido conciencia colectiva nos puede ayudar a resolver el problema de la actual pandemia. 

Hasta el último tercio del siglo XIX no se produjo un consenso médico sobre que las epidemias eran fruto de la transmisión de un “ente” entre personas o animales, incluso a través de los objetos. La evidencia científica totalmente concluyente no se logró hasta que Louis Pasteur (1822-1895) y Robert Koch (1843-1910) publicaron sus postulados sobre los gérmenes. 

Aislamiento

Los historiadores de las pandemias coinciden en  que desde hace siglos, la práctica cotidiana y los profesionales de la salud defendían que para combatir las epidemias se debía proceder al aislamiento de los afectados:  solo huyendo de los focos de las enfermedades se salvaban las personas. Así en una obra literaria tan famosa como El Decamerón, escrita alrededor de 1350 por Giovanni Boccaccio (1313-1375), explica como unos jóvenes florentinos huyen de la epidemia de Peste de Florencia de 1849 para refugiarse en una villa campestre.

Confinamiento

Como término epidemiológico es moderno, pero no en terminología política. En este año que se está recordando especialmente a Miguel de Unamuno cabe destacar que él lo puso de moda al escribir sobre su confinamiento en Fuerteventura, el año 1924, por la dictadura de Miguel Primo de Rivera. 

Confinar  significa “recluir a unas personas en determinado lugar”. Así, el gobierno de la República Popular de China, ha recluido a más de 50 millones de personas de la región de Wuhan, prohibiéndoles salir de los límites del territorio de “confinamiento” y la entrada de personas en el mismo.

Hace 200 años en la epidemia de Peste bubónica de 1820 (producida por la Yersinia Pestis), en el Levante de Mallorca se confinó a las 4 poblaciones afectadas (Artà, Capdepera, Sant Llorenç y Son Servera). Veamos cómo se dispuso y sus consecuencias.  

Cordones sanitarios

A raíz de la referida peste de 1820 se acordonó, cada uno de los municipios afectados con ciudadanos armados y toda la zona, es decir los cuatro municipios, con otro cordón a cargo del ejército y reforzado con civiles. El personal armado estaba apostado cada 100 metros, vigilando durante las 24 horas que no se produjera ningún movimiento no autorizado. Al mismo tiempo recorría todo el perímetro un grupo, igualmente armado, de paisanos y militares a caballo. Se organizaron a lo largo del recorrido puestos de avituallamiento tanto para los hombres como para los caballos. Estas medidas se complementaron con el dictado de normas muy estrictas por parte de las autoridades, instando a la ciudadanía a no contravenir las disposiciones puestas en marcha so pena de recibir el castigo pertinente, que llegaba hasta la pena de muerte. 

No cabe duda, de que con el actual Decreto de Alarma se han recordado actuaciones que hasta ahora teníamos olvidadas en el pasado, pero que demostraron su valía cuando la medicina no ofrecía medidas terapéuticas, como es el caso del Covid-19. De esta forma se entiende la actuación de los distintos cuerpos de seguridad existentes en el Estado, que tienen la potestad de aplicar medidas punitivas a los ciudadanos que se salten la normativa establecida.

 Cuarentenas

Desde la antigüedad y especialmente desde el siglo XIII se usó el termino cuarentena para nombrar el periodo de tiempo que se tenía en observación, durante 40 días, a un grupo de personas que provenientes de un lugar que podía ser foco de infección o había sobrevivido, a un brote epidémico. Durante este tiempo se les mantenía aislados, ya que era el considerado necesario para asegurar que estaban libres de la enfermedad epidémica. 

Volviendo al caso de la peste de 1820 en Mallorca, dentro en cada municipio se hizo salir a todas las personas de sus domicilios y se les organizó en dos grupos de barracas: uno de infectados que se denominó Hospital y otro de no infectados, inicialmente, que se llamó Campamento. A los ciudadanos incluidos en este último se decía que estaban en Cuarentena. 

Si los médicos, que revisaban diariamente a los internados, detectaban síntomas de infección en algún ciudadano ubicado en un Campamento, lo trasladaban de forma inmediata al Hospital. 

Expurgos

Era lo que hoy en día denominamos “desinfección”, consistía en quemar o impregnar de vinagre todos los utensilios domésticos, aperos del campo, pajas de los establos y ropas de los habitantes de cada núcleo de población que había resultado infectado. En casos más drásticos, se procedía a derruir y quemar la casa donde había habitado algún enfermo. Los expurgos se llevaban a cabo cuando se daba por acabada la epidemia.

En Mallorca, en 1820 se procedió al expurgo cuando los médicos dictaminaron que los supervivientes alojados en los hospitales y los instalados en los campamentos no tenían ningún síntoma. En este momento, se procedió el expurgo, que, en el caso de Artà (1643 infectados y 1267 muertos) fue especialmente drástico. Una vez acabado, se permitió a los habitantes de los municipios volver a sus casas y se quemaron todas las barracas que se habían utilizado como campamentos y hospitales.

En la Mallorca de 1820, a pesar de la buena organización administrativa y sanitaria que se creó en torno a los cuatro municipios afectados, con una población de algo más de 7.600 habitantes, se infectaron alrededor de 3.200 personas y murieron 2.500.  Sin lugar a dudas puede decirse que gracias a las medidas de aislamiento y expurgos se salvó el resto de Mallorca, y se minimizó, en lo posible, la mortalidad en las zonas afectadas, especialmente en Capdepera y Sant Llorenç. 

Por supuesto el virus a que nos enfrentamos en el día de hoy no tiene la misma letalidad que la bacteria Yersina Pestis a principio del siglo XIX. Aun así, hagamos votos para que la pandemia que nos ocupa no llegue a cambiar nuestras vidas como lo hicieron las del pasado. 

Conclusión

Nada nuevo bajo el sol. Aprendamos del pasado y no lo repitamos en el futuro.

*Joan March es miembro del grupo de investigación de Historia de la Salud de la Universidad de las Islas Baleares

Antón Erkoreka es director del Museo Vasco de Historia de la Medicina (UPV/EHU)

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