Abrir el melón de la prostitución en sede parlamentaria

Prostitución

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Este martes en el Congreso se habló al fin sobre prostitución y hoy me despierto escuchando en los medios noticias que hablan de proxenetas y puteros. Para mí este es uno de los éxitos de una propuesta claramente insuficiente. Exitosa e insuficiente, vamos por partes.

Lo califico como éxito porque era necesario poner sobre la mesa una cuestión a la que ningún partido se ha atrevido a mirar de frente durante años. España es uno de los países donde más se consume prostitución, y que se ha convertido en destino de ese deshumanizante fenómeno que se llama “turismo sexual”. Aquí vienen turistas masculinos de otros países que, entre sus actividades de ocio, visitan la amplitud y diversidad de espacios de prostitución que se mueven entre la alegalidad jurídica y la permisividad social.

Desde el punto de vista simbólico, redefinir la prostitución poniendo el foco en los actores invisibles que se lucran con la prostitución ajena es necesario. El proxenetismo mueve ingentes cantidades de dinero porque el capitalismo depredador encuentra en los cuerpos de las mujeres un territorio a explotar siguiendo los principios feroces de la economía extractivista, lucrándose sin que esto revierta en la mejora de las condiciones de vida de las mujeres. La industria de la explotación sexual se nutre y exacerba las desigualdades sociales en términos de género, de clase, de origen y racialidad. Y de esto se aprovechan también los puteros, quienes a través de este viejo privilegio masculino perpetúan aquello que Adrienne Rich denominaba “la ley del derecho sexual masculino sobre las mujeres”. Estos hombres representan a las mujeres como cuerpo-objetos disponibles para ellos y, en el contexto contemporáneo, la prostitución se convierte en un auténtico refugio de una masculinidad claramente antagónica a los avances feministas y al trabajo hacia otras masculinidades más justas, más igualitarias. Pero en estas luchas simbólicas, hay agentes que recurren sistemáticamente al cliché que concentra el debate en la “libertad sexual” de las mujeres en contextos de prostitución, ¿por qué siempre se habla de la libertad o no de quienes están en la parte menos ventajosa de la ecuación? ¿por qué no se habla de la libertad sexual de los puteros que por una cantidad determinada de dinero eligen cómo, dónde, cuándo disponer de mujeres? ¿Por qué no se cuestiona esta masculinidad? ¿Por qué esto sigue pareciendo una pelea entre nosotras mientras los hombres, que siempre son los personajes principales de los debates, en este permanecen en silencio? Para transformar hay que dejar de hacer recaer todo el peso de la prostitución sobre los hombros de las mujeres, que siguen siendo señaladas y estigmatizadas, y poner el foco en esos actores, proxenetas y puteros que, a pesar de ser los auténticos protagonistas de esta institución, tienen el don de la invisibilidad.

Respecto al segundo adjetivo, califico esta propuesta de insuficiente porque para presentarla como una propuesta abolicionista, lo primero es activar medidas de protección social para las mujeres, o de lo de lo contrario la idea que se transmite es que es una ley meramente punitivista que al perseguir a la industria de la explotación sexual y a los puteros, va a generar mayor vulnerabilidad en las mujeres prostituidas. Es decir, que a las medidas planteadas les falta la pata fundamental de cualquier política que se denomine abolicionista: recursos para las mujeres que desean abandonar los contextos de prostitución. Aunque el texto incluye en una disposición el reconocimiento de “víctima del delito a las personas que estén en situación de prostitución” y los mecanismos de asistencia integral que reconoce la legislación sobre libertad sexual, para que eso sea efectivo hay que hablar de dotaciones presupuestarias y del reconocimiento de las características específicas de la prostitución (y las dificultades de salida) frente a otras violencias sexuales. 

Desde el punto de vista material, la prostitución está tan imbricada en las desigualdades sociales que cuando se abre este melón hay que dar cuenta de que la mayoría de las personas en prostitución son mujeres (incluidas trans) migradas, muchas de ellas en situación administrativa irregular. Mujeres expulsadas a los márgenes de una sociedad que les niega los derechos más básicos para que el mercado de la prostitución siga teniendo nichos de vulnerabilidad de los que nutrirse. Es evidente que cualquier legislación que desee dar pasos para abolir la prostitución tiene que ser ambiciosa con las medidas de protección social para las mujeres en contextos de prostitución y, por supuesto, tocar la ley de extranjería.

Llevo diez años estudiando la prostitución y nunca se me ocurriría hablar por las mujeres prostituidas, como creo que ningún representante político ha de hacerlo. Lo que sí defiendo es que escuchen también a aquellas que muchos y muchas parecen no desear ver, aquellas que no tienen altavoz y que no encajan en los marcos discursivos preconcebidos. Que escuchen a las migrantes irregulares que se esconden en los burdeles debajo de camas y armarios cuando hay redadas policiales; que escuchen a aquellas que habitan las periferias y a quienes “algún amigo” les propuso ir a aquel piso donde podría ganar algo de dinero; que sientan el asco del “no aguanto más” hablando de los puteros; que se rían y lloren con ellas y que aprendan de sus estrategias de resistencia y supervivencia; que entiendan que muchas son jefas de hogar de familias monomarentales transnacionales y que para las madres solas, más siendo migrante, todo son dificultades; que miren a los ojos a aquellas que dicen tener 18 años y están recién llegadas al burdel; que escuchen a las supervivientes… Que cese el ruido y que escuchen sin victimizar. Que bajen de sus cómodos sillones y que visiten polígonos, casas y puticlubs y sean capaces de sentir ese dolor que te atraviesa, que te parte en dos desde el privilegio de no tener que estar ahí.

La propuesta es claramente insuficiente, pero me gustaría pensar que el deber de los y las representantes políticas es ampliar la democracia y caminar hacia la justicia social, llenar los vacíos para que una propuesta como ésta sea lo más ambiciosa posible y demostrar, de una vez por todas, que están dispuestos a resquebrajar la cultura putera española. 

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