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La educación semipresencial y el sálvese quien pueda

Madres de alumnado en educación semipresencial
Alumnos atienden durante una clase semipresencial de Matemáticas impartida por la jefa de Estudios, Celeste Molinero a alumnos de 4º de la ESO en el Colegio Ábaco, en Madrid (España), a 17 de septiembre de 2020.

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La incidencia de la pandemia en el ámbito de la Educación se ha saldado con la implantación exprés de un sistema semipresencial para quienes, se supone, son personas totalmente autónomas (13 y 14 años en adelante). Esta propuesta venía acompañada, en teoría, de un aumento de los recursos humanos y materiales, así como de una reducción notable de las ratios en las aulas. Pero no ha sido así.

Desde el comienzo del curso escolar se han publicado algunos artículos muy interesantes y comprometidos, firmados por docentes, sobre los problemas de la educación semipresencial. Muestran su enorme preocupación desde distintos puntos de vista, que van desde cómo hacer bien su trabajo en un tercio del tiempo, hasta cómo gestionar su propio agotamiento y frustración en un sistema que ya venía herido de muerte por la falta de voluntad política a la hora de priorizar recursos en pro de la calidad del desarrollo de nuestros menores.  

Familias, estudiantes, docentes y equipos directivos entramos de golpe y porrazo en un frenético engranaje que recuerda más a aquella escena de Tiempos Modernos que a cualquier situación en la que poder detenernos a hacer una mínima reflexión sobre cómo estamos viviendo desde las familias y también nuestros hijos e hijas esta nueva situación, que, sin lugar a dudas, está resultando muy complicada. La deficiente gestión política, una vez más, vuelve a olvidar a las familias, a la comunidad educativa y a la Educación pública, incumpliendo los compromisos de dotar de recursos a la nueva normalidad. 

Ante la falta de criterio común, cada centro ha hecho lo que ha podido. En muchos centros de la Comunidad de Madrid, el alumnado semipresencial ha pasado de asistir 35 horas semanales a permanecer solo 12 horas en las aulas. El recorte de horas no se ha traducido, sin embargo, en una reducción de los contenidos curriculares, y es en los días de no presencialidad donde se materializa más crudamente el problema. Hay centros que han colocado cámaras en el aula para que el alumnado pueda seguir las clases desde casa, mientras que en otros casos la actividad se limita a mandar listados de tareas y deberes. En otros, los menos afortunados, simplemente no hay nada que hacer, es decir, días sin clase. 

Este sistema impacta de lleno en las familias, ya de por sí, en muchos casos, tocadas por los estragos de la pandemia. Para este sistema se requiere, como mínimo, un espacio propio, una wifi, un ordenador, una impresora con mucha tinta y un buen puñado de folios a la semana ( ya casi no se toman apuntes, ahora se imprime en casa al no permitirse el reparto de fotocopias en las aulas). No nos olvidemos que muchas familias en nuestro país no tienen estas "óptimas" condiciones en sus hogares.

Al mismo tiempo, es necesaria una muy buena autodisciplina y auto organización del alumnado, que, en gran parte de las situaciones, pasa a estar solo en casa, sin monitorización de ningún tipo. ¿Tenemos que dejar de trabajar para dar seguimiento a este sistema de auto-aprendizaje? ¿Dejamos la responsabilidad en manos de nuestros hijos e hijas, que en algunos casos tienen 13 años? ¿Dónde quedan las familias que no pueden seguir este sistema? ¿Dónde queda la educación como instrumento fundamental para reducir las desigualdades? La educación es un derecho y en ningún caso, la obligación del Estado y sus administraciones puede transferirse al ámbito privado. Esta responsabilidad no puede delegarse en las familias ni en el alumnado. Ni siquiera en los docentes ni en los centros educativos, a los que, en la mayoría de los casos, no se les puede pedir más.

Nuestros hijos e hijas en educación semipresencial tienen 13 o 14 años en adelante. Son adolescentes, esas esponjas en búsqueda de identidad y en plena ebullición que deben dejar la infancia atrás para enfrentarse a la vida adulta. Desde hace ocho meses viven una pandemia. Han visto morir seres queridos de quienes no se han despedido, tienen miedo a dañar a sus mayores y se saben señalados como culpables. Ven de cerca nuestra crisis, nuestro paro, el futuro que se nos viene. No les está permitido verse fuera de su grupo burbuja, no pueden hacer deporte sin mascarilla ni ir a lugares a juntarse, a conocerse, a probar, a probarse. Nada de esto se entiende como esencial porque nada de esto perjudica la economía.

Y están solos y solas en casa con cientos de folios encima, un calendario ingente de tareas, trabajos y exámenes, con la incertidumbre de no saber cuánto más va a haber que esperar y con la única compañía de un smartphone, el peso de la responsabilidad y el eco de expresiones como "arrima el hombro", "pon de tu parte". 

Toca decirles con la boca pequeña que esto es lo que hay. Pero también toca que como parte fundamental de la comunidad educativa volvamos a nuestros debates importantes, a nuestras legítimas reivindicaciones, que la pandemia hace hoy aún más necesarias: la dificultad para conciliar la vida familiar y la profesional; la cantidad de deberes para casa; el debate sobre si estamos educando seres humanos o aspirantes al exiguo mercado laboral; la vergüenza de la interinidad; las ratios; la necesidad de revisar el volumen de los contenidos o el cuestionado acceso a ellos a través de la repetición y la memorización. 

Y todo esto debemos volver a debatirlo sin olvidar que la educación es la llave que abre la puerta a otros derechos. Que tiene un importante efecto multiplicador para disminuir las brechas sociales, para permitir que el día de mañana todas y cada una de las personas que hoy son estudiantes puedan acceder en condiciones de igualdad a la posibilidad de una vida digna, al mercado de trabajo, a la participación activa y a la transformación de la sociedad. 

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Publicado el
13 de noviembre de 2020 - 06:01 h

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