Hay futuro
En una semana, el marco político del país ha cambiado sustancialmente. El desahucio de Maricarmen fue la chispa que prendió el gas acumulado. Un estallido de movilización como hacía tiempo que no veíamos ha girado el sentido común de la política española. Pero ya era tarde: el Congreso tumbó los apresurados decretos y “la legislatura de la vivienda” ha estallado por la vivienda. Elecciones en noviembre.
Mientras, el espacio a la izquierda del PSOE sigue en crisis. No es novedad, pero es especialmente problemática en un contexto de auge reaccionario, porque está comprometiendo seriamente la capacidad de dar una respuesta a la sociedad en un momento tan delicado.
La coyuntura lo ha dejado al descubierto. En mayo, cuando se hablaba de adelanto electoral, cerró filas contra él y exigió al PSOE “arremangarse” para salvar la legislatura. Cinco meses después, la legislatura ha terminado y desde ese espacio se defiende el adelanto “para que la indignación de las calles se note en las urnas”. Lo que en mayo era irresponsable en octubre es oportunidad. Es lo que ocurre cuando la táctica es devorada por la coyuntura: se actúa de manera arbitraria, y así una organización deja de dirigir los acontecimientos para ser dirigida por ellos.
El espacio sufre una acusada volatilidad resultado de una política de alianzas errática durante la última década. No es una crisis coyuntural, sino un patrón: cada ciclo electoral, este espacio se reconfigura alrededor de un liderazgo mediático nuevo, y se fragmenta en cuanto ese liderazgo se desgasta. Se construyen plataformas alrededor de una persona y se disuelven con ella, porque un proyecto político no puede sostenerse sobre individualidades ni sobre el tacticismo de cada cita electoral, como si la política funcionase por olimpiadas.
Ése es el problema de fondo. Se construyen plataformas alrededor de una persona y se disuelven con ella, porque nunca fueron organizaciones con vida propia, sino artefactos diseñados para ganar una cita concreta. Una alianza no puede sostenerse solo en la necesidad electoral del momento: necesita principios estables.
El debate no puede reducirse a un baile de nombres. La izquierda necesita un proyecto, no un famoso. Sin embargo, eso es prácticamente lo único que vemos. La falta de estabilidad lleva incluso a que las mismas fuerzas que convergen para las generales compiten entre sí en autonómicas y municipales, y la militancia ya no sabe ni cómo se presenta.
Ahí fuera, los salarios son devorados por el coste de la vida, especialmente la vivienda, y la clase trabajadora que lo sufre se siente abandonada. Esa misma erosión material explica por qué la democracia ya no es por sí misma un dispositivo movilizador (para muestra, el último barómetro del CIS). No se genera adhesión a un sistema que no garantiza unas mínimas condiciones de vida. La ultraderecha conecta emocionalmente con esa clase trabajadora huérfana, no por su solvencia, sino como espejo de esas carencias y promesas incumplidas.
Cuando la derecha más se afila, lo que menos necesitamos es una izquierda de punta roma. El fascismo no crece en el vacío, siempre viene de la mano del colapso de la socialdemocracia. Una parte de esa clase trabajadora busca alternativas aparentemente rupturistas con el statu quo, al que asocia a la izquierda que lo gestiona. Mucha gente nos ve como cómplices del desahucio de Mari Carmen porque ni los ‘datos matan relato’, ni, aunque lo hiciesen, los tenemos de nuestro lado.
Lo que Nancy Fraser llamó “neoliberalismo progresista” repite hoy el mismo esquema que con Zapatero: algunos derechos sociales combinados con una política económica que mantiene intactas las dinámicas de explotación y acumulación. La diferencia es que “la izquierda a la izquierda del PSOE” reaccionó entonces con grandes movilizaciones y una huelga general, pero hoy, cautiva y desarmada, no ve más horizonte que el gobierno de Pedro Sánchez, mientras cada día más gente se pregunta para qué ha servido este gobierno y, sobre todo, qué hacemos en él. Porque el problema con el PSOE no es de valentía, sino de intereses de clase.
Pero sí hay otro camino. El PTB emprendió en 2004 un proceso de reconstrucción denominado “Vuelta a las raíces”; en 2024 era la cuarta fuerza del país, con un lema nítido: Le choix de la rupture (“la opción de la ruptura”). En Austria, el Partido Comunista ha vuelto a ganar en Graz, la segunda ciudad del país, con una política centrada en el derecho a la vivienda. Ninguno de los dos se sostiene sobre un líder ni sobre una marca de usar y tirar, sino sobre organización, arraigo y trabajo material sostenido. Ahí hay futuro, porque hay partido.
Y aquí es donde el Congreso del PCE deja de ser un asunto interno para convertirse en un hito político. Tras un siglo de trayectoria y aportaciones fundamentales a otros proyectos de la izquierda, el reto ahora es reconstruirlo como partido con identidad, organización y capacidad de intervención propias. No para competir electoralmente de forma inmediata, sino para ser la columna vertebral de un bloque contrahegemónico basado en nuestra fuerza social y organizativa, tejiendo alianzas desde una posición de lealtad, tanto hacia los socios como hacia nuestro propio proyecto político.
Esta reconstrucción implica recuperar un papel político propio y reforzar el arraigo entre la clase trabajadora, frente a un modelo centrado exclusivamente en la representación institucional. La estrategia gobernista como único horizonte ha hecho aguas.
El PCE reivindica su proyecto comunista y rupturista y defiende que su función no es sostener gobiernos de manera acrítica, sino organizar y defender los intereses de los trabajadores. Este Congreso se presenta, por tanto, como una oportunidad para superar la lógica del mero mercado electoral y recuperar al PCE como actor político y organizativo central de un bloque liderado por la clase trabajadora.
Ahora toca girar hacia el conflicto: todo el poder a la huelga general. Si una acampada y la movilización social han cambiado el centro del debate y el sentido común, ¿qué no podrá una huelga general de masas?
0