Másters que los Cifus* nunca harán

La Universidad sale a la calle en defensa del trabajo en los másteres

Víctor Sampedro

Catedrático de Comunicación Política URJC —

Los y las cifus no se matriculan allí donde los certificados académicos siguen procesos reglados y transparentes; es decir, con exigencias y baremos idénticos para todo el alumnado. Alumnado que rinde cuenta de su trabajo, exponiéndolo en público. Porque públicos son los recursos, los funcionarios y las instalaciones que le han ayudado a realizarlo.

La inmensa mayoría de los posgrados de la universidad pública sigue este modelo. Y garantiza que funciona como escalera de ascensión social para las clases populares. Esta función resume la razón de ser de la universidad y de todo el sistema educativo público.

Puede que por la falta de recursos, en algunos casos, se prioricen la obtención de matrículas para que la titulación sobreviva. Y esto a veces conlleva la laxitud con los plazos, la asistencia presencial o las convalidaciones de asignaturas. La precariedad económica y la falta de becas son las razones últimas de estas excepcionalidades.

Nada de lo anterior se aplica al mastergate de Cristina Cifuentes. Desvela un negociado que expide titulaciones, sin otra exigencia que pagar la matrícula para aquellos que tienen dinero de sobras para hacerlo. Aquí los de arriba trepan y se instalan en la escalera universitaria que los de abajo sostienen con esfuerzo, tiempo y dinero.

Estas anomalías no pueden desacreditar toda la universidad pública. Ni los posgrados que mantienen la dignidad de la institución y el valor de sus titulaciones. Todo ello a pesar de los recortes presupuestarios y unas exigencias normativas que conllevan una gestión burocrática descomunal. Es motivo de satisfacción, poder reconocernos con humildad como servidores públicos, obligados a la transparencia y la rendición de cuentas con aquellos que nos sostienen. Es lo que aquí hacemos hoy, alumnos y profesores de la mano.

Les hablo pues de lo nuestro, que es lo suyo. No es auto-publicidad, sino reivindicación de la calidad que compartimos con tantas otras titulaciones. El Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales (CCCD) es un posgrado de la Universidad Rey Juan Carlos. Presumimos de ser el único Máster oficial abierto en el mundo. Eso quiere decir que cualquiera puede acudir a nuestras clases, hasta llenar el aforo. Somos públicos y renegamos de la mercantilización y la privatización de saberes.

En www.cccd.es nos tienen a su disposición, también pueden descargarse los Trabajos Finales de Máster (TFM). ¡Faltaría más! Y pueden acceder a los videos, audios, bibliografías y muchos otros materiales de nuestros seminarios. Socializamos habilidades y conocimientos.

Fundamos el CCCD hace seis años. Lo dirigí los cuatro primeros, gracias a la ayuda de Manuel Sánchez Duarte. Y estoy en deuda con las compañeras que ahora lo coordinan. Los desvelos, cuidados y noches en blanco que exige un programa de este tipo nunca han tenido el debido reconocimiento.

Tardamos dos años en tramitar la aprobación oficial de la titulación. No nos entendían: éramos un grupo interdisciplinar, sin caudillo ni mandarines académicos. Solo nuestros curricula vitae desatascaron la cerrazón y desconocimiento de quienes nos evaluaban. Finalmente, implantamos los estudios de Internet que desde hacía años se impartían en el extranjero. Y nos abrimos a la sociedad.

Cada curso hemos reunido alrededor de una veintena de docentes. Proceden de tres universidades públicas madrileñas (UCM, UNAM y URJC) y una privada (IE University). Abarcan una docena larga de especialidades que van de la ingeniería a la filosofía, de la ciencia política al periodismo, del derecho a la antropología, de la sociología a los estudios de género.

Nuestro alumnado, nacional e internacional, no entra pagando. Para matricularse debe presentar un proyecto que denominamos prototipo. Para eso estamos: para convertir en realidad los sueños intelectuales y los perfiles profesionales de quienes requieren nuestro servicio. Casi nunca hemos sobrepasado la decena de matriculas. Hubo un tiempo en que cobrábamos según su número, es decir, casi nada. Pero hacemos aquello en lo que creen nuestros alumnos. Creemos en ellas y ellos. Sus TFM nos motivan a seguir adelante con esta plataforma de docencia, investigación e intervención social.

Nuestro Máster, por todo lo dicho, es suyo. De los TFM salieron, entre otras muchas iniciativas, una asociación que vela por la calidad y la cultura democrática de las organizaciones, artículos indexados en revistas internacionales y que forman parte de tesis doctorales en curso…. y hasta un documental sobre punk y movilizaciones juveniles, que ha sido premiado y será emitido por Televisión Española. Desde el arranque incorporamos en debates o la docencia a periodistas muy reconocidos y reporteras aguerridas, trabajadores de algunos medios que luego destaparían el Cifu mastergate. El próximo curso tutorizarán más proyectos de innovación periodística y audiovisual.

No es vano ni banal que impartamos bastantes seminarios en el MediaLab Prado, un laboratorio de innovación y tecnología ciudadana, dependiente del Ayuntamiento de Madrid. La alianza (no siempre fácil) entre la universidad y un centro municipal ha reafirmado nuestra vocación pública.

Este es nuestro orgullo y razón de ser. Como el de muchísimos otros posgrados de la universidad española, que existen y sobreviven gracias a esfuerzos personales y colectivos, nunca recompensados en su justa medida y poco valorados por su mérito.

En la universidad pública somos multitud quienes mantenemos posgrados de calidad porque amamos y creemos en lo que hacemos. Hemos obviado la miseria con la que pagaban las tareas de implantación y coordinación de estas titulaciones. Siendo voluntarias, suponen un ejercicio de auto-explotación. Como a tantos otros compañeros no nos ha importado que nuestros artículos y proyectos de investigación fuesen aplazados o quedasen sepultados por la burocracia y las labores administrativas. Ni que nuestra actividad apenas computase en la carga docente o para la promoción académica.

Somos la pública y, aunque quienes nos desgobiernan nos piensan como empresas paralelas y academias privadas, nos tienen enfrente. No es autobombo. Ni una declaración de intenciones. Estamos del lado de la ciudadanía que sostiene el país. Para servirle sin distingos ni prebendas. Para rendir cuentas y exigírselas a quienes exhiben un título. No basta con haberlo pagado. Esta no es una universidad para Cifus.

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Publicado el
25 de abril de 2018 - 22:04 h

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