'Passport, please'
He viajado infinidad de veces a Italia al compás de las traducciones de mis libros. Recuerdo incluso haber cruzado el mapa en plena pandemia, con la prueba negativa de COVID como único salvoconducto en el bolsillo. Jamás me detuvo nadie: era la Europa de los ciudadanos libres. Sin embargo, hace dos días, en el aeropuerto Marco Polo de Venecia, un agente me plantó la mano en el pecho y me exigió la documentación por primera vez en años. Me quedé de piedra. Me pedían el pasaporte por el origen de mi vuelo: Madrid. En ese instante comprendí que nosotros, los ciudadanos —la viga maestra sobre la que se asienta Europa—, ya no importamos. Se supone que la cultura y las personas circulamos libremente por un territorio común. Europa no necesita enemigos externos para desmoronarse: se autodestruye sola. Los ciudadanos deberíamos estar blindados frente a las veleidades coyunturales de nuestros gobiernos, ya sean las de Sánchez o las de Meloni. Somos sagrados; sin nosotros no existe la Unión Europea, y por tanto los miles de funcionarios que la adornan y que pagamos todos. E Iberia, como si se tratase de algo normal, sin contenido político a los ojos de los directivos de dicha compañía, me escribe este correo con extraordinario contenido político: “Del 1 de agosto al 1 de septiembre de 2026, Italia establecerá controles fronterizos temporales para los pasajeros procedentes de España. Te recomendamos comprobar la documentación necesaria para tu viaje, llevar tu DNI o pasaporte físico en vigor y prever posibles demoras a tu llegada”. Caminar por una terminal y verse obligado a desempolvar el pasaporte no representa un mero contratiempo logístico, sino la prueba palmaria de una regresión.
La decisión de la primera ministra italiana de suspender temporalmente el acuerdo Schengen e imponer controles a los vuelos procedentes de España evidencia hasta qué punto el cálculo político y la desconfianza dinamitan el proyecto común. Se trata de una arbitrariedad inaceptable: Meloni sabe de sobra que ningún migrante del asalto a Ceuta va a volar a Italia. Y nadie le ha dicho a Meloni que esa actuación es ilegal, absolutamente ilegal y demagógica. Meloni sabe que la crisis de Ceuta está superada, aún así rompe el espacio Schengen: inaceptable. El Gobierno de Sánchez se ha quedado solo en Europa. La debilidad es manifiesta cuando a Meloni en vez de censurarla conforme a la ley comunitaria la han apoyado muchos países. Puede que Sánchez sea un presidente con enorme sensibilidad humanitaria, pero no ha sabido comunicarla a sus socios. Ha sido un incompetente a la hora de trasladar su punto de vista. No goza de ninguna fuerza en Europa, es evidente. Por eso, por esa debilidad, me están pidiendo a mí el pasaporte. Pero yo no soy el culpable de esa debilidad. Y si hay un culpable en todo esto es el reino de Marruecos que utiliza a sus propios ciudadanos como arma de guerra. ¿Quién ha matado a esos cien seres humanos que encontraron la muerte por ahogamiento, una de las muertes más terribles que existen, una muerte de suplicio inenarrable, en donde los dos últimos minutos antes de perder la conciencia son de un sufrimiento atroz y descomunal? ¿El mar? De verdad creemos que ha sido el mar. No, ha sido Marruecos, el reino de Marruecos. Cien muertos, cien vidas destrozadas, eso es lo más importante de todo esto. Si no sabemos verlo, estamos acabados como seres humanos. ¿Lo estamos? A Marruecos la muerte de esos cien súbditos le da igual. Si hubieran sido cien ciudadanos de cualquier país del primer mundo estaríamos ante una catástrofe con dimensiones penales y políticas huracanadas. Son cien muertos sin nombre.
Comprendo que Sánchez y Meloni mantengan una contienda ideológica —eso entra dentro del juego democrático—, pero no acepto que en esa batalla valga todo, y mucho menos maltratar al ciudadano. Un español o española no tiene la culpa del gobierno de Sánchez, ni un italiano o italiana del gobierno de Meloni. En la Unión Europea los ciudadanos somos el bien supremo, porque lo verdaderamente alarmante no son las esperas ni las inspecciones, sino la sutil percepción de que Europa ya no existe. Cuando la respuesta a las tensiones del sur consiste en blindar los límites internos, la idea misma de fortaleza europea salta en mil pedazos. Europa es otra vez regresión a sus identidades nacionales, es decir, volvemos al siglo XIX. Al final, cuando los propios gobiernos reinstauran barreras y degradan la libre circulación a un privilegio revocable, solo nos queda una certeza amarga: presenciar cómo un ideal de convivencia claudica, mientras volvemos a sentirnos trágicamente extranjeros en nuestra propia casa. En lo personal, me sentí inmensamente triste en el aeropuerto Marco Polo de Venecia. Y sé que millones de italianos sienten lo mismo. Porque conozco Italia y sé que los italianos aman España, como nosotros amamos Italia.
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