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La película que inquieta a los alemanes

La idílica vida de los Höss al lado de Auschwitz, en 'La zona de interés'.

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Hay algo inquietante en estar sentado en un teatro alemán riéndose de los nazis. Cuan inquietante sea depende del tipo de humor que provoca la risa. ¿Se pretende separar al público de la acción escénica, o la risa surge de la incomodidad de la proximidad? Cuando vi la sátira 'Nachtland'representada recientemente en el prestigioso Schaubühne de Berlín, percibí las oleadas de risas que llenaban la sala como una especie de autoconciencia avergonzada. Como el momento tenso en que se es atrapado, un sentimiento que, en última instancia, todo narrador anhela evocar.

En la obra, ambientada en la actualidad, dos hermanos encuentran un cuadro firmado por 'A. Hitler' en la casa de su difunto padre. Una vez que se dan cuenta de que la obra de arte kitsch vale más de 100.000 euros si pueden autentificar de manera creíble que el artista es Hitler, los hermanos comienzan a reformular toda su historia familiar bajo una luz diferente. Si bien la narrativa anterior había insistido en que “nuestra familia no tenía nada que ver con los nazis” (el relato dominante en la mayoría de los hogares alemanes), ahora, de repente, se descubre que la difunta abuela no sólo era una seguidora comprometida de la ideología nazi, sino que también había tenido una historia de amor con el secretario de Hitler. A medida que la nueva historia familiar se va desarrollando de manera pragmática, y lucrativa, se vuelve mucho más realista, irónicamente, que la versión hasta ahora oficial.

Las encuestas han encontrado que la mayoría de los alemanes afirman que sus familiares no apoyaron activamente a los nazis. El 10% dice que no lo sabe con certeza, lo que podría significar simplemente que nunca preguntó. Casi el 30% incluso cree que sus antepasados formaron parte de la resistencia y ayudaron a sobrevivir a posibles víctimas de los crímenes nazis o las escondieron en sus propias casas. Matemáticamente, las cifras no cuadran: si fueran exactas, se podrían haber salvado millones de vidas. Pero psicológicamente, esta autopercepción da una idea profunda de cómo funciona el recuerdo colectivo del Holocausto para muchos alemanes: hay culpa, pero está externalizada. Los nazis siempre fueron los otros, los monstruos malvados del History Channel; ciertamente no el abuelo Hans, quien dejó una extraordinaria fortuna que adquirió a principios de los años cuarenta. “No lo sabíamos” es una frase común que se escuchaba de testigos contemporáneos preguntados sobre la aniquilación sistemática de judíos, antes de que esta generación comenzara a morir.

Este es el contexto para entender por qué la película de Jonathan Glazer 'La zona de interés' ha recibido opiniones mixtas de los críticos alemanes. La película ha obtenido elogios internacionales, ha sido honrada con dos premios Oscar, uno de ellos al mejor largometraje internacional, así como con el Gran Premio de Cannes. Pero en Alemania la película no ha obtenido la aprobación universal. El enfoque de Glazer en la idílica vida familiar del comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, y su esposa, Hedwig, en su casa junto al campo de concentración y exterminio ha sido elogiado por algunos como el primer largometraje que habla apropiadamente del horror indescriptible de Auschwitz. Otros, sin embargo, han dicho que representa una “banalización del mal”. La ausencia visual de los prisioneros del campo es especialmente controvertida (sólo los oímos en la película y vemos a la familia Höss ignorando los horribles sonidos que vienen del otro lado delmuro). Es elogiado como un examen estricto de la represión alemana o catalogado como una “aniquilación de la violencia antisemita”.

Dejando de lado esas palabras provocadoras, es cierto que la película de Glazer muestra la violencia antisemita en apenas unas pocas escenas, pero eso no la minimiza, sino que la subraya aun más eficazmente. La familia nazi sabe lo que pasa en la casa de al lado; lo aprueba; ni siquiera está en conflicto por eso. Por supuesto, esta es una historia sobre un comandante nazi privilegiado que supervisó los asesinatos en masa, y no sobre una familia alemana promedio que vive la Segunda Guerra Mundial. Pero en la forma natural en que los personajes hablan de banalidades cotidianas o del cuidado de sus hijos, su jardín, sus mascotas y su hermosa casa –la forma en que no tienen que preocuparse por nada del exterior– podría considerarse que también representan la familia idealizada de hoy, burguesa e incluso aspiracional, que vela por su propio interés. Es interesante que la película no se moleste en hacer que el espectador se identifique con la familia nazi; la cámara siempre la observa desde una distancia segura. Los personajes parecen esquemáticos, pero no de la misma manera que los perpetradores de otras películas del Holocausto. Se parecen más bien a una familia alemana normal, blanca y heteronormativa.

¿Podría ser estimulante para el público alemán ver una domesticidad tan de familiar entrelazada de manera tan estrecha con los crímenes inimaginables de al lado? ¿O que no hay nada de qué reír o llorar en 'La zona de interés': ni catarsis, ni alivio, sólo la inquietud constante del horror difuso de fondo? Los ruidos del campo y las conversaciones técnicas sobre la eficiencia de los hornos evocan inmediatamente imágenes de Auschwitz. La película presupone que el público conoce Auschwitz. Al menos en Alemania, precisamente, esto es una suposición que se puede hacer debido a la “cultura del recuerdo” del país.

Esta erinnerungskultur, o compromiso de hacer frente a los crímenes de la nación bajo el nazismo, se caracteriza, según el científico social Samuel Salzborn, principalmente por la conmemoración oficial y la negación privada, una profunda brecha entre la esfera doméstica y la pública. El escritor judío-alemán Max Czollek describe la cultura de la memoria alemana como un esfuerzo “por reconciliar a los alemanes consigo mismos”.

Pero no hay lugar para la reconciliación en 'La zona de interés'. Mientras que las producciones cinematográficas alemanas sobre el Tercer Reich realizadas en las últimas décadas tienden a enfatizar el potencial de actos de resistencia incluso entre los círculos de alto rango de la Wehrmacht, la película de Glazer sólo permite la resistencia en la forma de una chica polaca solitaria que esconde manzanas entre los arbustos para los prisioneros de Auschwitz. Se concentra en mirar al perpetrador. No con asco, no con compasión: sólo mira. Esta película es una representación de la culpa. Y tal vez por eso, sobre todo, no sienta bien al público alemán. La culpa que vemos no puede ser externalizada o historizada: es ubicua y no tiene edad. Su célula germinal reside en las aspiraciones y riqueza de la familia nuclear; en el pragmatismo y la superioridad moral que dan lugar a su complicidad en el genocidio. El hecho de que la película haya dividido a la opinión pública en Alemania sólo demuestra lo poderoso de este enfoque.

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