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Ramón Espinar Gallego, mi padre

5 de septiembre de 2026 21:46 h

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La vida de mi padre ha sido capicúa: empezó dura y terminó dura.

Nació en Úbeda en 1954, hijo de dos migrantes de Membrilla, Ciudad Real, que habían llegado a la ciudad tratando de abrirse paso en la vida. Pocos años y algún traspié después, tuvieron que trasladarse a Madrid, al barrio de Usera. Y, tiempo después, terminaron por comprar un piso en el barrio de Zarzaquemada, en Leganés. Allí creció con sus hermanas, Joaquina y Pepa. Mi abuelo trabajaba en la obra y mi abuela en casa. Se mataron a currar para sacar adelante su familia toda su vida.

Mi padre vivió un tiempo hermoso y turbulento y lo vivió a fondo. Se implicó políticamente desde muy joven. Tuvo que empezar a trabajar con 14 años y poco después se afilió a la UGT. En la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, entró en contacto con el PSOE a través de sus profesores. Siempre admiró a Gregorio Peces-Barba y lo consideró un referente.

En contra de lo que pueda pensar el tuitero promedio, fue en esos años cuando experimentó la única privación de libertad de su vida. Durante el servicio militar en Segovia fue descubierto con otros compañeros militantes de izquierda en actividades “subversivas” y pasó meses encarcelado hasta la primera amnistía del Rey Juan Carlos I en 1976. Poco después, se casó con mi madre, Mar.

En 1979 fue elegido alcalde de Leganés, revalidando mayoría en 1983. Poco después dimitió para asumir la presidencia de la primera Asamblea de Madrid.

Entre 1987 y 1995 fue miembro de los gobiernos de Joaquín Leguina, asumiendo las consejerías de Cultura primero y Hacienda después. En 1992 se divorció de mi madre y establecieron uno de los hitos de mi vida: mantener una relación de amistad tras separarse que ha durado hasta la muerte, en la que tanto mi madre como su pareja, Manolo, le han acompañado. Desconozco si es habitual decir algo así en un obituario, pero es algo que un hijo tiene que agradecerles toda la vida.

De sus compañeros y colaboradores de ese periodo de actividad política institucional estuvieron acompañados sus últimos días: Chema, Cati y Enrique, Juan y Olga. Amigos que lo han querido y acompañado siempre.

Tras las elecciones de 1995 y la pérdida del gobierno regional para la izquierda (nunca más hemos gobernado la Comunidad de Madrid), fue designado Vicepresidente de Caja Madrid y también inició una actividad profesional como abogado que mantuvo hasta jubilarse en 2020.

De ese periodo y su actividad se derivó la condena judicial por el uso de las conocidas como tarjetas black. Vivió con dolor y desgarro un episodio que sentía que manchaba su trayectoria y su vida de una forma que nunca entendió ni aceptó. Hubo ausencias, hubo amigos leales y hubo quien, sin aprobarlo ni reírle las gracias, le siguió acompañando. Personalmente, nunca quise hacerme responsable de actos y decisiones que no me correspondían, le trasladé mis desacuerdos y traté de acompañarlo cuando lo vi sufrir.

También en ese periodo conoció a Begoña, su pareja, que le ha cuidado y acompañado con cariño y entrega generosa hasta el último día. Seguro que ha muerto con gratitud por el arrope.

Por lo demás, mi padre era un hombre culto, ácido y brillante. Le gustaba la música clásica, los toros, no tanto el fútbol como Zidane y, sobre todas las cosas, escapaba a la montaña siempre que tenía ocasión. Leía y recomendaba lecturas. Casi siempre recomendaba bien.

El Valle de Benasque, la Pedriza y Gredos son los escenarios donde fue feliz, pleno. Rodeado de sus amigos de siempre: Susi, Roberto, Purita, José Antonio, Paco y Leles, Merche y José Manuel, sus hijos y toda la fabulosa reunión de gentes que amaban la montaña y el alpinismo, mordiendo un bocadillo (de lomo) en la piedra más plana de cualquier recodo del camino. Creo que lo que mejor se le dio en su vida a Ramón Espinar Gallego fue ser amigo de sus amigos queridos.

Mi padre perteneció a una generación de una izquierda llena de grandeza, que han narrado y vivido con suficiencia y autocomplacencia, y con miserias que la mía, con toda seguridad, ha tratado con crueldad. El ascenso social, el crecimiento económico, la dureza de la llegada a la vida en una familia obrera, el éxodo rural, las ciudades dormitorio y el derecho a la ciudad… Muchos de los grandes temas de la Transición y la consolidación democrática atravesaron a mi padre y los encarnó de forma particularmente intensa con sus grandezas y sus miserias.

Quisieron asombrarnos y admirarnos y recibieron una revisión histórica justa en sus planteamientos pero, seguramente, cruel en su forma de manifestarse. Faltó ternura. Mi padre hizo lo que pudo y supo con las herramientas de su época, se expuso al poder, que es el material más corrosivo para el espíritu, fue un buen tipo y se equivocó más de lo que hubiera querido.

Tuvo un final especialmente jodido, una enfermedad cruel que le hizo dependiente contra su naturaleza de hombre autónomo, hiperactivo y autosuficiente. Espero que hayamos garantizado su dignidad y no haya sentido humillación en los cuidados recibidos. Ha muerto en su casa, sentado en su sillón de orejas hasta casi el último día.

Ha vivido, ha viajado, ha creído y descreído, ha amado, ha sufrido y ha disfrutado. Deja huella, familia y recuerdos.

Su hijo fue un niño que admiró a su papá, un adolescente y joven muy enfadado con su viejo y un adulto que está en paz con el padre que ha perdido. Le lega la pasión política y un cierto sentido de la elegancia, del deber y la lealtad que espera haber aprendido.

Adiós, papá. Descansa.