La revolución del sueño
Hace unos años, en su libro sobre la pandemia, Judith Butler formuló una pregunta clave para la escena política: ¿cuáles son las condiciones para querer vivir en este mundo? La pregunta es decisiva porque de sus respuestas se deduce la diferencia entre la mera supervivencia y una vida digna de ser vivida. Y no digna por sus relatos, sus nostalgias o la altisonancia de sus valores. Antes bien, digna por gustosa y placentera, por materialmente digna. ¿Cómo afirmamos la vida, en colectivo y cotidianamente? ¿De dónde nos vienen las ganas de otra mañana, de imaginar escenas y planes y noviazgos, de quedarnos un rato más aquí juntas? ¿Y cuáles son las infraestructuras materiales, el espacio y los tiempos, para que tales relaciones y momentos puedan darse? De nada sirve la política si no atiende a estas preguntas, si no vela porque nuestras vidas, cualquier vida, valga la pena de ser vivida y tenga pleno acceso a sus garantías sociales. De nada sirve la política si no observa esta suerte de principio democrático fundamental: todas las vidas valen lo mismo; cualquier vida, con independencia de su obra, su herencia o su mérito, vale igual que las demás, y por ello ha de contar con lo requerido para ser vivida, para querer ser vivida.
La pregunta de Butler obliga a interrogarnos por lo que me gustaría llamar, con Kristin Ross, una belleza banal. La belleza aquí no es una categoría estética, ni refiere a la armonía matemática de las formas, sino que se trata de una categoría política: alude antes bien al regocijo y al bienestar de los cuerpos, a la dimensión pública del cuidado. La banalidad de esta belleza politizada —que esté al alcance de cualquiera y se presente de ordinario— reclama una redistribución equitativa de los bienes, los placeres y las atenciones. Algunos la llaman “lujo público”; otras, “socialización del trabajo reproductivo”. Podemos llamarla también lucha de clases, una lucha por recuperar los frutos, todos los frutos, de nuestro trabajo, de modo que no vivamos para trabajar, sino que haya vida, mucha y deliciosa, al otro lado del tiempo productivo. El derecho a la belleza, del que hablaba Emma Goldman en su autobiografía, y que hace poco defendían Zadie Smith y Edouard Louis, clama por el acceso a la riqueza social, por su disfrute y su celebración, para todos y todas, sin más propósito o proyecto que habitar este mundo, que repararlo aquí y ahora, que acolchar el presente para que sea respirable y vivible para todas, para que no nos asfixie. En el corazón de la belleza banal y de las respuestas a la pregunta de Butler se encuentra el buen descanso y todas las infraestructuras del reposo.
Llevamos mucho tiempo soñando con una revolución, y estos días ha acontecido en la Puerta del Sol una revolución del sueño. Los cuerpos insomnes y exhaustos de la ciudad, privados de las condiciones mínimas para el descanso y la intimidad, hemos abarrotado la plaza porque no aguantamos más. No soportamos vivir en una ciudad que convierte nuestras casas en objetos de especulación y nos expulsa cada día a convivir y yacer a otra parte. No soportamos una ciudad que pide mano de obra y buena cartera, pero no cuerpos ni personas; que nos exige lo máximo y lo extraordinario, pero nos priva de lo mínimo y lo más básico. Por ello, hemos armado una protesta horizontal, donde la frustración y el cansancio, la rabia y la impotencia, pero también el amor por nuestros barrios y nuestra gente, se han convertido en la prodigiosa fuerza popular para decir basta, para negarnos a reducir nuestra vida al trabajo y al consumo, sin un espacio, un techo y una casa para todo lo demás.
Desde hace demasiados años, las ciudades se han convertido en lugares inhóspitos y ajenos a la vida. A ellas acudimos para trabajar, a ellas nos atraen para gastar, pero no las podemos habitar. Y no las podemos habitar porque en ellas no podemos dormir, porque nuestro techo y nuestras calles se han vuelto inaccesibles e inutilizables. Si solo vivimos para trabajar, si solo a través del consumo disponemos de lo necesario, si no contamos con tiempo holgado para perdernos, para mirar al cielo o fumar un cigarro, pasear o leer, cantar o follar y charlar tranquilas, nuestra vida no nos pertenece; la noche no nos pertenece; el tiempo que dicen que es nuestro no nos pertenece. El régimen neoliberal nos ha arrebatado hasta el techo, y ha trocado nuestro descanso y nuestra holgura en letargia digital, estrés y ansiolíticos. Convertida en centro comercial de la existencia, la ciudad nunca duerme, y no sueña más que con el espectáculo de su propia aniquilación. Una vida que no duerme ni descansa se parece demasiado a la servidumbre y la supervivencia. Y por eso, en nombre de la vida que nos falta, nos tumbamos y decimos basta, con todo el agotamiento de nuestros cuerpos.
Hemos tenido que salir de casa para reclamar el derecho a tener una; hemos tenido que dormir en la calle para defender el derecho a la ciudad y la vivienda. En un mundo en que el descanso se privatiza y se torna un privilegio para unos pocos, allí donde la desigualdad social se realiza como plan urbanístico y se traduce en el cruel reparto entre desahucios y áticos, allí donde solo nos enseñan a soñar con el dinero y el éxito mientras no podemos dormir, la única respuesta posible es sacar las camas a la calle. Evocar la fecunda memoria de la revolución que subyace en cada plaza y hacer de ella un inmenso dormitorio urbano, donde quepamos todas, donde queramos vivir todas.
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