De la sistematicidad de la picaresca

Matías Valiente Egea

Me llamo Matías Valiente Egea y tengo 30 años. La última vez que me publicaron algo personal fue en un medio local digital de Lorca tras fallecer un amigo en circunstancias trágicas. No tenía pensado escribir este artículo hasta que, un sábado por la noche, en mi cocina minúscula de Foggia (Apulia), durante un descanso en el proceso de candidatura de un doctorado, mi amigo Carlos me lo sugirió. Como siempre en mi caso, el decidir ponerme manos a la obra con el fin de redactar un artículo responde a un estímulo materializado aquí por un tema de la actualidad española que nos asquea a ambos: la aparente responsabilidad del actual rector de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, el Sr. Fernando Suárez, en numerosos plagios académicos y la impunidad profesional e indiferencia de gran parte de la sociedad española al respecto.

Carlos Martínez Hernández, laureado de la VII promoción de la Licenciatura en Geografía de la Universidad de Murcia, premio nacional de fin de carrera, y a punto de finalizar un doctorado en la misma institución con beca-contrato del Ministerio de Educación, es la base del estímulo. Carlos, exdelegado de la Facultad de Letras de la UMU durante dos mandatos, encarna la excelencia académica, fruto de un trabajo individual constante y de la eficiencia que solo algunos logran alcanzar y mantener, pero siempre por mérito propio. Dentro de poco será doctor aunque esto no le haya impedido posicionarse a mi lado ante el asqueo infinito que sentimos nosotros, y probablemente cientos de miles de españoles universitarios y no universitarios, en lo que atañe al mayor escándalo de hurto de propiedad intelectual y científica desvelado de la historia reciente de la Universidad española.

Por otro lado, yo no me acerco a la excelencia de Carlos, pero he estudiado, siguiendo los sabios consejos de mi madre, emigrante lorquina que reside en Francia desde los años 1960, y que me daba en francés: “tú, estudia, que la vida es dura, y con 15 años yo ya estaba el campo recogiendo uva en las afueras de Nimes”. Así que, siguiendo las sugerencias y máximas de Pepita, estudié.

Me gradué en Estudios hispánicos e Historia en la Universidad de Nimes. Culminando mi proceso de re-emigración a la madre patria, me licencié en Traducción e Interpretación en la Universidad de Murcia, donde sucedí a Carlos en el cargo de Delegado de la Facultad de Letras. Posteriormente, trabajando como mercenario al servicio de numerosas academias de Barcelona me gradúe, a distancia, en Literatura francesa y francés como lengua extranjera en la Universidad de París 3 - Sorbonne nouvelle.

Como los mayores me decían que aprendiendo lenguas iba a tener más oportunidades en la vida y, entre nosotros, era prácticamente lo único que se me daba bien, estudié por mi cuenta italiano e inglés hasta lograr sacarme una certificación oficial nivel C2 en ambos y aprendí gallego y sueco. Los años pasaban, yo seguía trabajando, y precario, como buen hijo de vecino, y estudiando a distancia convencido de que, como decía Pepita, llegaría a ser alguien si me esforzaba. Cursé y finalicé el Máster en Ciencias del Lenguaje y Lingüística Hispánica de la UNED que, debido a una política educativa francamente orientada hacia la democratización del estudio gracias al Sr. Wert, exministro de Educación, no me costó unos 250 euros, como suele costar un máster presencial en Francia, ni 0 euros como cuesta en Suecia, sino que la matrícula, como suele ser el caso para los másteres de Humanidades en la UNED, se elevaba a 1800 euros que, por una suerte inaudita, tuve la suerte de ahorrarme por ser becado.

Partiéndome la crisma me saqué dicho máster mientras impartía clases de francés en una universidad del Estado de Nueva York becado por la Comisión Fulbright. Mientras tanto, y a la espera de defender mi TFM, empecé a postular para un doctorado en Lingüística en una universidad europea y con financiación. Como no soy excelente, las candidaturas fueron y han sido numerosas. Cada una de ellas supone su lote de requisitos, cartas, currículos, referencias, formularios que rellenar en Internet, correos para solicitar información. Cada una de esas candidaturas ha podido suponer un tiempo que oscila entre cinco y diez horas, si no más. En total, han sido cientos de horas que le he dedicado a candidaturas para un bendito doctorado en las universidades de Oslo, Uppsala, Lund, París 7, del País Vasco, Complutense de Madrid, Nottingham, Newcastle, Verona, Gante, Amberes, y las que no recuerdo ahora mismo.

Cientos de horas que no han sido empleadas en visitar el país en el que me encontraba o me encuentro actualmente, en leer más libros, en tocar la guitarra, o en salir con mi cámara a hacer fotos. Es más, en este momento en el que redacto este artículo, vengo de finalizar una candidatura para la Universidad de Westminster, estoy terminando la de Gotemburgo, y me esperan Ulster y Lancaster. Se entenderá que, harto de años de precariedad y sacrificios que me están empezando a parecer insensatos, haya decidido declarar un toque de queda de las candidaturas a finales de este curso si no he recibido una respuesta afirmativa. De ser así, iniciaré el máster que siempre he mirado con recelo, el de Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, para desempeñar una profesión que, al fin, con 30 años, me sacará de un pozo que me sigue llevando a pedir dinero de vez en cuando a amigos para alcanzar mis retos académicos.

Recuerdo que estuve entre quienes nos sentamos y dormimos durante varias semanas en las plazas de las mayores ciudades de España en mayo del 2011, pidiendo ingenuamente el fin de una visión de España en la que priman la oligarquía, el bipartidismo, el amiguismo y la corrupción anquilosados en los cimientos y principales estamentos de la sociedad. Sistematicidad, ¿acaso fui ingenuo?

Expuesta la situación que es la mía, he de preguntarme si mi madre es imbécil y me ha mentido todo este tiempo o si el hurto, el desfalco, la mentira y la corrupción se reúnen en España anquilosando tanto el dinero, la política y el mundo de la Universidad en torno a un concepto contenido en un vocablo: sistematicidad.

Hace unos pocos meses, empecé a llevar la cuenta de las pruebas de “copia y pega” del Tartufo que rige la URJC cuyas patrañas salían desveladas diariamente en la prensa digital nacional hasta que la perdí. Perdí la cuenta y aluciné a la par cuando el excelentísimo había colocado su cuño sobre un artículo donde parecía haber plagiado al mismo presidente del tribunal que le había concedido su cátedra. Por último, vomito al ver que meses después de la publicación de las primeras evidencias, el susodicho sigue ostentando su cargo de máximo representante y es la cara de una universidad de la que me daría vergüenza formar parte como alumnado. Dicho sea de paso, ¿qué están haciendo ese alumnado y las delegaciones de alumnos?

Confieso que estuve a punto de apostrofar, como antiguo alumno de la Universidad de Murcia y delegado de una de sus facultades, al Excelentísimo Rector de esa institución, Don José Orihuela, con el fin de preguntarle si el rectorado tenía pensado pronunciarse para condenar al Gúzman de Alfarache académico que está manchando la Universidad española impunemente. No lo hice al bajarme de la nube recordando que no soy nadie.

Mi apellido es Valiente. Posiblemente este proceda de algún hito de algún antepasado llevado a cabo en un campo de batalla septentrional durante la Reconquista. No tengo conexiones, no tengo enchufes y recuerdo ver en mis tiempos algunos apellidos repetidos o triplicados en los listados de los miembros de ciertos departamentos de la Facultad de Letras. Nepotismo y clientelismo para la intelligentia, enchufe y favoritismos para el vulgo. La picaresca de Lazarillo. La sistematicidad del choriceo a la española que contemplamos callados y abarca desde la Gürtel hasta las sillas giratorias, de las cuales se benefician personas como el señor Felipe González, y los plagios compulsivos del rector de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Son tantos actos indignos de la mención de excelencia y honestidad que aceptamos y toleramos todos los españoles que contribuyen a la farsa y el hazmerreír que somos en la escena internacional.

Dicho lo anterior, es de precavidos no pecar por inocentes y pensar que la picaresca es exclusivamente española. Hace poco, una compañera auxiliar de lengua francesa en el sudeste de Italia, al intercambiar sospechas más que fundadas sobre acciones ilícitas que involucran movimientos de dinero un tanto apestosos en nuestros institutos, me dijo que, en realidad, la mafia verdadera la constituyen los mismos italianos por tolerar todo tipo de comportamientos fraudulentos e ilegales.

En Francia, el expresidente de la República, Nicolas Sarkozy, acaba de ser imputado por supuesta financiación ilegal de campaña con fondos procedentes, entre otros, de la Libia de Gadafi. Así pues, por no hacerle sombra a Salvatore Riina y Bernardo Provenzano, diré que, en lugar de mafia, tal vez seamos nosotros, los españoles, los pícaros por tolerar que un indeseable, hurtador de propiedad intelectual, siga al mando de una universidad pública madrileña.

Aún recuerdo ver, durante mi erasmus en la Universidad de Birmingham, pósteres en los pasillos avisando sobre el riesgo de expulsión y juicio en caso de plagio y/o fraude aseverado durante un examen. Qué lástima que en el caso que nos interesa aquí, mientras simples estudiantes sigan intentando hacer funcionar al ascensor social valiéndose de una tesis de máster auténtica en su integralidad, un rufián bellaco Ginés de Pasamonte, por utilizar referencias y calificativos quijotescos, ostente un cargo público de alta relevancia y prestigio en la URJC con el beneplácito de las autoridades y la sociedad. Parece ser que Fernando Suárez haya decidido reírse hasta el final e, independientemente del cese de su colaboración en algunas publicaciones científicas, cumplirá su mandato al frente de la URJC, mandato al que no se volverá a postular, tal vez, por vergüenza. A estas alturas del cuento —o de la novela picaresca— solo nos queda mirar con esperanza la candidatura de Rosa Berganza, catedrática de Comunicación Política, surgida recientemente de la nada, y que no parece gozar del aval del hurtador público. Hagamos algo para que esto no se repita, pues. Yo escribo este artículo. ¿Qué harás tú?