¿Es la tauromaquia de derechas?
Es bien conocido que el encasillamiento de las personas en dos banderías, de derechas o de izquierdas, fue achacado por Ortega y Gasset a nuestra hemiplejía moral. Lejos de enmendarnos, ese vicio lo hemos extendido a ciertas aficiones, como las controvertidas tauromaquia y caza, gracias a los efectos catalizadores de las peroratas de parte de la derecha española. Los nuevos valedores han conseguido captar prosélitos incapaces de admitir las crueles inherencias de esas actividades, y lo han hecho tan desaforadamente que incluso han llegado a pervertir la enseña nacional al sustituir, durante sus exaltaciones chovinistas, el escudo real que tanto lustran por un toro zaíno.
La apropiación de estas actividades crueles por algunos partidos, además de ominosa, carece de fundamento porque el maltrato, sea de animales o de personas, no es exclusivo de una tendencia política concreta. De hecho, las principales limitaciones a la crueldad de la tauromaquia han provenido de la derecha más extrema, y las escasas contiendas con la izquierda se han limitado a espurios desafíos para ser el mayor defensor del maltrato animal por tradición. Por ejemplo, los mayores embistes a la ortodoxia de las corridas y su profusión se deben al dictador Primo de Rivera. En 1928, con uno de sus derrotes habituales, impuso el uso del peto en los caballos, eliminando así el dantesco espectáculo de equinos reventados, tripajes sueltos por la arena y boñigas revueltas con sangre, que tan acertadamente describía Blasco Ibáñez. Los monosabios se alegraron por la minoración en las faenas escatológicas, los picadores rodaron menos por el albero, y los empresarios ahorraron en emaciados jamelgos de desvieje. Sin embargo, el “respetable” protestó violentamente con barahúndas y algazaras que llegaron a amedrentar las fuerzas del orden, provocando varios fallecidos, como también ha relatado Manuel Vicent.
Las medidas antitaurinas del dictador filo-fascista no terminaron ahí, porque ese mismo año prohibió las crueles capeas de aficionados, y al año siguiente incluso la entrada de menores de catorce años a las corridas de toros. Para ello, Alfonso XIII sancionó un Real Decreto que se mantuvo en vigor durante toda la II República y la dictadura franquista, hasta que el gobierno socialista de González y Guerra anunció el regreso de los menores con el nuevo Reglamento Taurino de 1992 porque, según el vicepresidente, nadie le iba a impedir asistir a los toros con su hijo. Y en esas seguimos hasta ahora, a pesar de la recomendación del Comité de los Derechos del Niño de la ONU para la prohibición de la entrada a menores de 18 años a las corridas de toros.
El apoyo del PSOE a la tauromaquia no ha cesado desde entonces en la Corte y provincias. Por su carácter cruel y sangriento, la tauromaquia siempre había estado incardinada en el Ministerio del Interior (o el equivalente de la Gobernación), pero el gobierno de Zapatero tuvo una revelación en 2011, y consideró que la matanza ritual de un cornúpeta con toda suerte de armas blancas punzantes, cortantes y contundentes era una manifestación cultural que debía ser protegida, enjaretando así la tauromaquia al Ministerio de Cultura. Eso no fue suficiente, y el mismo año instauró el Premio Nacional de Tauromaquia para reconocer a los que promocionaban nuestra mayor vergüenza nacional como Bien de Interés Cultural (el premio fue finalmente suprimido en 2024 por el actual gobierno de coalición). El gobierno de Rajoy no podía ser menos, y solo tardó dos años en distinguir la tauromaquia como patrimonio cultural. En 2025, una decidida iniciativa legislativa popular aportó 715.000 firmas al congreso de los diputados para que la distinción del gobierno de Rajoy fuera debatida en parlamento, pero la trinca PP, VOX y PSOE, más algunos adminículos, osaron negar el debate democrático.
En las distintas comunidades autónomas la historia se repite. Aragón es un ejemplo de provincianismo sustentado por políticos pusilánimes que también cierran filas ante la promoción del maltrato animal. Por no cansar al lector, me limitaré a comentar la escandalosa modificación en 2023 del reglamento de festejos taurinos populares por el abigarrado gobierno de Lambán. De manera muy sutil y felona retiraron del reglamento de 2001 un párrafo que incluía un requisito clave para la celebración de los espectáculos más crueles, denominados “especiales”, como el toro de fuego, ensogado, etc. Ese requisito consistía en la necesidad de arraigo y celebración ininterrumpida como canon al vertido de crueldad hacia los animales; ahora, barra libre. Por supuesto, el actual gobierno PP-VOX aragonés no podía ser menos en la defensa de la matanza pública de rumiantes, así que, recientemente han manifestado la intención de clasificar a los festejos taurinos como BICs, y han seguido incrementando las ayudas a las escuelas taurinas, etc.
Por último, conviene recordar que el regidor de Pamplona, que tanto ha disfrutado con los espectáculos taurinos de sus sanfermines y la muerte de los toros entre meriendas y charangas, no es precisamente de extrema derecha, sino de EH-Bildu. ¿Quién podría imaginar que VOX y Bildu pudieran ser tan afines en cuanto al maltrato a los animales?
Con este resumen quiero concluir que la tauromaquia no pertenece a la derecha ni a la izquierda, sino a los insensibles al sufrimiento más atroz de los animales como consecuencia de un antropocentrismo desmedido. La hemiplejía moral no es más que un síntoma. Mucho más grave es la profusión de disfuncionales de la conmoción y empatía con los animales que, entre habanos y caldos reserva, o tagarninas y calimochos, dicen ver un arte justificador de la sangre vertida, heridas, degüellos y muerte de animales. Así hemos convertido el ruedo nacional en una pecina hedionda por la descomposición de la sensibilidad y la cultura española proba.
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