Mi visita a Israel

Llevo días recibiendo ataques en las redes sociales relacionados con un viaje parlamentario de dos días y medio de duración a Israel llevado a cabo hace tres semanas.

Trabajando en el espacio público estoy acostumbrado a la crítica y es mi obligación asumirlas y hacer frente a las discrepancias con profundo respeto por todas las opiniones y por los opinantes. No así a los insultos, las injurias y las calumnias, en mensajes notoriamente cargados de incitación al odio, que en nada contribuyen a la comprensión del conflicto israelo-palestino, ni atienden tampoco a la verdad.

Es completamente falso que me haya fotografiado ante el "muro" que delinea la frontera entre Cisjordania (los territorios ocupados) y el Estado de Israel. Ni menos que lo haya hecho con "soldados genocidas", "culpables de delitos contra la humanidad" o "con las manos manchadas de sangre". La foto se hizo en carretera, sobre la marcha, transitando en territorio israelí, no sujeto a ninguna disputa. No en territorio ocupado. El muro que aparece en la foto no tiene nada que ver con la demarcación con los territorios ocupado en el West Bank (Cisjordania). Ni los soldados que en ella figuran acompañaban o escoltaban a la delegación: se sumaron a la instantánea de manera casual.

En lo demás, asumir que todos los soldados israelíes son, sin más, "criminales de guerra", supone ignorar que el servicio militar israelí obliga por ley a todos los hombres y mujeres, entre sus 18 y sus 21 años, como una contribución a la defensa nacional en un país cuya identidad se ha forjado en un sentimiento de amenaza permanente. Y pretender que la sola interlocución con autoridades israelíes convierte a todo el mundo en "complaciente" o "cómplice", ante un "genocidio" es simplemente inaceptable. Máxime cuando se añade, en el espacio de un tuit, la descalificación como "basura" o como "sinvergüenza" de todo el que estreche una mano en el Estado de Israel. 

En mi trayectoria política he mantenido siempre un compromiso con los derechos fundamentales y la lucha contra toda forma de discriminación. He presidido durante 5 años la Comisión de Libertades, Justicia e Interior del Parlamento Europeo. Participo activamente en todos los intergrupos (agrupaciones de distintas formaciones políticas) que combaten la discriminación contra los colectivos LGBT, la población roma (etnia gitana), la islamofobia (discriminación contra los musulmanes) y presido, por elección de mis colegas, el grupo contra el antisemitismo.

En esta ocasión el viaje se ceñía al territorio de Israel, incluyendo conversaciones con miembros del gobierno, líderes parlamentarios y magistrados del Tribunal Supremo. En todas las conversaciones me ocupo de subrayar la línea que diferencia la legítima crítica al gobierno israelí y a sus actuaciones concretas respecto de la incitación directa del odio o desprecio a los judíos y la negación del derecho a la existencia de su Estado. Nadie puede ignorar la altísima conciencia defensiva del Estado de Israel contra las amenazas terroristas y la presión proveniente de su entorno de inestabilidad y conflicto.

En anteriores ocasiones he visitado los territorios palestinos y sostenido interlocución con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y con numerosos ministros de la Autoridad Palestina, he defendido siempre y continuo haciéndolo, su derecho a un Estado palestino, capaz de convivir pacíficamente con Israel y sus vecinos en Oriente Medio, dentro de fronteras seguras y reconocidas. En toda mi interlocución con autoridades israelíes sostengo la prioridad que para el Parlamento Europeo, y la UE en su conjunto, supone la defensa de los derechos humanos de la población palestina y el apoyo a la solución de dos Estados (Two States Solution). Esta posición europea, que es la mía, se contrapone abierta y frontalmente a la política ejercitada por el actual gobierno conservador en el Estado de Israel (cuyo carácter democrático, de acuerdo con sus elecciones y su mayoría en la Knesset, no está sujeto a discusión). En un conflicto que dura 70 años ningún horizonte podrá abrirse sin diálogo y, a través de este, negociación conducente a un Estado palestino en fronteras seguras y reconocidas internacionalmente.

El crecimiento del antisemitismo en toda la UE es un problema real: entre sus concausas, la pujanza de la extrema derecha, con sus viejos demonios y estigmatizaciones que apuntan de nuevo a los judíos como culpables, extraños a la cultura europea; la yihadización de segmentos de las comunidades islámicas (incrementando el riesgo de violencia terrorista, no sólo contra los judíos, pero desde luego contra estos); y el discurso del odio, la incitación al odio, cuando no a la violencia en las redes sociales bajo la cobertura del anonimato. De este último factor hay innumerables evidencias en el contenido de muchos de los mensajes injuriosos e infamantes que, con desprecio a la verdad y sin ánimo de contribuir a ningún debate racional, se han vertido estos días a propósito de esa foto.

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Publicado el
3 de junio de 2016 - 20:08 h

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