La abstención, el gran desafío para la izquierda

14 de mayo de 2026 22:01 h

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Si todas las personas que han votado a partidos de izquierda, incluido el PSOE, volvieran a hacerlo en 2017, la derecha sería derrotada de nuevo. En teoría eso es verdad. Lo malo es que no va a ocurrir. Porque la defección de las filas de la izquierda tiene raíces profundas, porque no pocos de los que en el pasado se inclinaron hacia esas opciones no lo hicieron por motivos sólidos sino circunstanciales que dejaron de existir pasado un tiempo, y porque buena parte de las decepciones por la actuación de la izquierda en estos últimos años son profundas. Sin embargo, mucha gente también tiene motivaciones para seguir votando a la izquierda: su posicionamiento ideológico, el rechazo a la derecha y el reconocimiento de que los ocho años de gobierno de coalición han dado frutos positivos al país que conviene conservar, entre otros.

Los sondeos indican cómo se coloca la gente entre esas dos posiciones opuestas en cada momento. En el actual, el resultado de la mayoría de las encuestas oscila hacia la derecha -siempre con la excepción del barómetro del CIS, que a pesar de sus sesgos debería seguir siendo una referencia-, aunque no de forma abrumadora. La impresión de los expertos más reconocidos es que aún hay partido, que la suerte de las elecciones se va a jugar en el tiempo que queda - ¿un año y medio? - hasta que se celebren las elecciones generales.

Los estudios concluyen también que los votantes de derechas están mayoritariamente movilizados, que la única incógnita en ese ámbito es cual será la relación final de peso electoral entre el PP y Vox. La posibilidad de dar la vuelta a los sondeos actuales -no con un vuelco de dimensiones extraordinarias, bastaría una oscilación de 750.000-1 millón de votos- depende, por tanto, de que el PSOE y los partidos situados a su izquierda recuperen esas cantidades de la bolsa del abstencionismo.

Los resultados de las elecciones regionales de Extremadura, Aragón y Castilla-León y la prevista victoria de la derecha en Andalucía no permiten ser muy optimista con respecto a que eso vaya a ocurrir. Sin embargo, esos muy malos resultados no tienen por qué repetirse en unas generales. En Andalucía, en concreto -región cuyo escenario político es la más clara confirmación del deterioro de la propuesta socialista- casi 700.000 personas que no votaron al partido de Pedro Sánchez en las últimas autonómicas sí lo hicieron en las generales de hace dos años. Es posible que el fenómeno se repita a partir de este domingo: la gente se toma mucho más en serio su voto para elegir el congreso de los diputados, seguramente porque sabe que la suerte política del país, y la de sus intereses, depende mucho más de esta elección que la de las regionales.

Por tanto, siendo el resultado de las autonómicas un indicador del estado de la opinión pública en esas regiones -que podría ser distinto en las otras muchas comunidades que hay en España-, no es, ni mucho menos, un anticipo de lo que ocurrirá en las generales.

¿Qué tendría que hacer la izquierda o qué tendría que ocurrir para dar la vuelta a los sondeos? Para empezar, que se diera algún paso significativo para vislumbrar que los partidos situados a la izquierda del PSOE, o buena parte de ellos, podrían armar una candidatura unitaria para las generales de 2017.

Hoy por hoy parece una tarea la imposible: el interés en preservar la comodidad de estar en un grupúsculo, de ser alguien en su seno, de no perder un perfil propio sumidos en una entidad más grande, son sentimientos poderosos en la mayoría de esos partidos, lo han ido siempre, en España y en el resto del mundo. Y esas actitudes han impedido la unidad cuando no han conducido a la marginalidad política. Pero es tan obvio que la fragmentación es tan negativa para la izquierda, que no se puede excluir una reacción de última hora para acabar con ella. Hay ejemplos dramáticos de suicidios por no hacerlo: la derrota de Manuela Carmena en las municipales madrileñas es el más sangrante. Solo cabe esperar que no se vaya a repetir.

Otro requisito para animar a los abstencionistas a abandonar su postura -al menos a aquellos que no se hay perdido definitivamente para causa- es que, con el gobierno a la cabeza, se emprenda una línea de confrontación directa con el PP, dejando atrás cualquier tentación de prudencia como la que ha caracterizado, más allá de reacciones de indignación, las respuestas de los líderes del PSOE ante la brutal campaña de descalificaciones, mentiras y bulos que el PP sigue des hace ya años. Una campaña que además de frenar a Vox y de consolidar el voto del PP -que de un tiempo a esta parte se ha escorado claramente a la derecha, anulando prácticamente el espacio de centro en ese partido- tiene por objeto desmovilizar al votante potencial de la izquierda, transmitiendo la sensación de que la agresividad sin escrúpulos de Feijóo y los suyos nace del convencimiento de que van a ganar, de que la cosa está hecha. Lo cual seguramente ha hecho mella en más de un votante de izquierdas.

Hay que abandonar el temor a perder votos moderados si se empieza a combatir al PP no con sus mismas armas, pero sí con la fuerza que el momento requiere. Y reconocer los errores cometidos, como el no haber promovido en los ocho años pasados, hasta que puede que haya sido demasiado tarde, una política de vivienda pensada para los más necesitados, sobre todo para esos cientos de miles, o millones, de jóvenes a los cuales hoy sería muy difícil arrancarles el voto. Todavía no es tarde para intentarlo.