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La Crida ha llegado para quedarse… aunque aún no sabemos cómo

La Crida plantea alcanzar la república con diálogo sin descartar la desobediencia

Gemma Ubasart i Gonzàlez

El pasado sábado se presentaba en Manresa la “Crida per la República”. De la mano de Carles Puigdemont, Quim Torra y Jordi Sánchez, nace una propuesta política que tomará la forma de partido pero que se plantea más como un movimiento sociopolítico, con voluntad de transversalidad y apelando a la unidad independentista.

Se trata de una apuesta que combina ingredientes del “momento populista”, a lo Chantal Mouffe, dicotomizando (nosotros/ellos) y movilizando pasiones alrededor de un único objetivo; con una cierta nostalgia del proyecto convergente de los ochenta y noventa (con un proyecto de nacionalización fuerte) que acabó identificando a Jordi Pujol con Catalunya y catalanismo. Hubo ya intentos previos: del proyecto de “Casa gran del catalanisme” post-tripartido hoy llega la “Crida per la República” post-procés.

Ahora bien, parece que las cosas no acaban de funcionar según los primeros planes de los protagonistas. La “Crida” se impulsa en un momento de máxima acumulación de fuerzas por parte Carles Puigdemont, justo después de que la justicia alemana cerrara la puerta a su extradición por el delito de rebelión. Pero hoy el escenario ha cambiado.

A pesar de la existencia de presos (y el hecho de que frenar la judicialización de la política no es cosa fácil), el clima en Catalunya y España se ha distensionado. En la calle y en las instituciones. En parte por el éxito de la moción de censura que consiguió sacar al PP de la Moncloa gracias a la suma de votos de las izquierdas y los partidos catalanes y vascos.

La negativa de ERC y de la CUP a participar de la “Crida”, ambos escudándose en que se trata de una nueva formación de derechas, dificulta esta idea de unidad y transversalidad que propugna el nuevo proyecto. Desde las elecciones del 21-D Oriol Junqueras y los suyos han decidido que su apuesta no es hacer seguidismo al legitimismo de Puigdemont. En el Parlament su presidente Roger Torrent se ha negado a traspasar ninguna línea roja que les transportara a dinámicas de la anterior legislatura.

Por eso una de las cuestiones a las que se dedicaron más esfuerzos en el acto del pasado sábado fue en visibilizar exmilitantes e intelectuales de izquierdas que les dan apoyo: Marina Geli (exPSC), Toni Morral (exICV), Ramon Cotarelo (de la órbita PSOE) y Ferran Mascarell (ex PSC pero que también pasa por el gobierno de Artur Mas).

También son importante las resistencias desde las propias filas del PDeCat. David Bonvehí, presidente del PDeCAT, no asistió al acto. A pesar de que Puigdemont en el último congreso de la formación antes de verano consiguió cortar la cabeza a Marta Pascal, una de las principales artífices de la moción de censura, y que en los debates durante el cónclave parecía que estos se diluirían en la Crida, unos meses más tarde las cosas parecen ser más difusas. El principal capital político de PDeCat son los 400 alcaldes que tienen por todo el territorio. La Catalunya no urbana se ha vuelto independentista pero las lógicas de competencia política no han mutado tanto: el centro-derecha existe sociológica y electoralmente. Una apuesta a-ideológica no parece la más adecuada para la contienda municipal.

Además, si bien los puestos más visibles surgidos del congreso del partido correspondían a personas próximas a Puigdemont (Míriam Nogueras, por ejemplo), parte de quienes realmente están en la sala de máquinas y trabajan en el día a día del partido (Ferran Bel, secretario de organización) son de otra cuerda. Un último elemento a tener en cuenta es que en el congreso del PDeCat se produce una alianza coyuntural entre los partidarios de la “Crida” y los que perdieron el congreso de 2016, alianza que podría estar agotándose.

Por el momento la “Crida” como fue pensada no parece que tenga mucho recorrido. Pero hay caldo de cultivo y el relato que puede seducir. La “Crida” como proyecto puede mutar y adaptarse al contexto. Hay diversas opciones: desde convertirse en una escisión de los partidos existentes, presentándose también en futuras elecciones (Solidaritat y Reagrupament a pesar de tener pocos diputados consiguieron marcar agenda); hasta transformarse en un grupo de presión con importantes puntos de contacto con la ANC o los CDR.

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