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La culpa es de los ecologistas

Llamas y humo procedentes de un incendio forestal, a 29 de julio de 2026, en Fermoselle, Zamora, Castilla y León
29 de julio de 2026 21:52 h

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“No hay que empeñarse en discutir con las personas cabezotas: la contradicción les irrita en lugar de ilustrarles”, decía Voltaire. Intento recordarlo estos días cada vez que, en la aldea alpujarreña a la que he subido en busca de un poco de frescor, topo con gente que me cuenta que no hay modo de contratar a un albañil, un fontanero o un electricista -están todos ocupadísimos-, y, acto seguido, despotrica de que España se haya llenado de inmigrantes. O que proclama que aquí siempre ha hecho calor en verano, para añadir de inmediato que en estas laderas de Sierra Nevada nunca se habían alcanzado las altas temperaturas que nos han impedido dormir algunas noches del mes de julio.

Son buena gente, algunos viejos amigos míos, pero repiten tozudamente lo que oyen en las barras de los bares y las tertulias de la mayoría de las cadenas de televisión, y también lo que ven en los grupos de WhatsApp a los que están suscritos. Aunque tal rotunda afirmación y la siguiente sean evidentemente discordantes, como quejarse de la escasez de mano de obra y desear la expulsión de los inmigrantes. O como negar el cambio climático y reconocer que nunca había hecho tanto calor. Siguiendo el consejo de Voltaire, yo los escucho sin discutir, enviándoles como mucho una mirada irónica.

A veces, sin embargo, no puedo evitar contradecirles. Lo he hecho, por ejemplo, cuando un vecino me ha soltado que la culpa de los incendios forestales de este y los anteriores veranos la tienen los ecologistas que impiden que se limpien los bosques. Resulta que soy socio de un grupo verde de Salobreña, la Asociación Cal y Caña, y jamás he sido convocado para patrullar los montes con el objetivo de acosar a los van a recoger la leña menuda que haya caído al suelo. Si Cal y Caña me ha convocado algún fin de semana, ha sido para retirar latas, plásticos y demás basuras de la costa, le he informado a ese vecino.

Me he ahorrado recordarle al vecino la vigencia de la ley de Montes aprobada en 2003 por la mayoría absoluta del PP que obliga a propietarios privados y administraciones públicas a mantener limpias las zonas forestales. Para qué gastar demasiada saliva. Sé de sobras que una pertinaz campaña ideológica de las derechas ha convertido a los ecologistas en la suprema encarnación del diablo para muchos habitantes de la España rural. Los verdes son para ellos los culpables de todo: de que los jóvenes de los pueblos se vayan a buscar trabajo a las ciudades, de que el gasoil no sea gratis para los agricultores, de que no puedan usarse insecticidas tremebundos, de que no pueda disparársele a placer a cualquier lince, zorro, lobo o ciervo con que te topes. También de que los incendios forestales sean, verano tras verano, cada vez más apocalípticos porque persiguen con saña a los que recogen leña o pastorean cabras y ovejas.

Escucho este tipo de sandeces en el pueblo en que veraneo y me digo que, de todos los cargos de nuestro sistema político, el de presidente o presidenta de comunidad autónoma es el mayor chollazo. Son ovacionados cuando acuden a ferias, bodas, bautizos, comuniones, inauguraciones, romerías, festejos taurinos y demás saraos. Pero nunca son responsables del deterioro de la sanidad pública, de la ineficaz prevención de incendios forestales, de la respuesta pasota a una inundación o del tercermundismo de las aulas públicas. No, de todo esto la culpa la tiene siempre aquel que no tiene competencias directas en ello: el Gobierno central, de preferencia, claro, el socialcomunista de Pedro Sánchez.

Soy federalista y apoyé el paso en la vía de la descentralización que supusieron las comunidades autónomas, pero, para qué voy a negarlo, ahora contemplo el Estado de las autonomías con creciente escepticismo. Todo en él son ventajas para los barones autonómicos: pueden quedar de maravilla bajando impuestos, aunque sea a costa del deterioro de los servicios públicos que gestionan. Ni tan siquiera pagarán un precio electoral: mientras ofrecen imágenes del barón o la baronesa bailando en una fiesta patronal, las televisiones regionales y los diarios de provincias que ellos subvencionan insistirán en que el #Perro es el culpable de ese deterioro. Y, a fuer de repetirlo, mucha peña se lo creerá.

Impunes salieron Ayuso de la mortandad en las residencias de Madrid, Mazón de la larga sobremesa en El Ventorro mientras Valencia se ahogaba, Moreno Bonilla del espanto de los cribados de cáncer de mama. El artículo 171 de la Constitución solo es aplicable a los malvados independentistas catalanes, los demás dirigentes autonómicos tienen bula siempre y cuando se envuelven en la bandera rojigualda. Y así nos va. A este ritmo, tendrán que ser nuestros nietos o bisnietos los que establezcan en nuestra querida piel de toro el principio de que no hay autoridad, ni tan siquiera autonómica, sin su correspondiente responsabilidad.

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