La estrategia de la tensión de Díaz Ayuso

31 de enero de 2026 22:20 h

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No creo que Isabel Díaz Ayuso haya leído al jurista nazi Carl Schmitt, pero su estrategia parece inspirada por la dialéctica amigo-enemigo, según la cual la esencia de la política consiste en concebir al adversario como una amenaza existencial. El liberalismo, la ideología que se atribuye Díaz Ayuso, reconoce el derecho a la discrepancia y dirime los conflictos en el plano del debate, lo cual —según Carl Schmitt— deja al Estado en una situación de vulnerabilidad. El genio político nace de la capacidad de proteger la propia identidad neutralizando la intromisión de cualquier forma de alteridad. Es el famoso o “ellos” o “nosotros”. En ese conflicto, casi siempre creado artificialmente, la tregua y la negociación se interpretan como gestos de debilidad. Por eso hay que deshumanizar al otro, no reconocerle un ápice de dignidad y subrayar que constituye un peligro para la comunidad. Esa falsa sensación de inseguridad es lo que se ha llamado “estrategia de la tensión” y es uno de los recursos clásicos de las fuerzas políticas autoritarias para lograr el apoyo de la sociedad. 

Al llamar “plataforma de frustrados” a los familiares de las víctimas del COVID-19 o al acusar de antisemitas y totalitarios a los que han alzado la voz contra el genocidio de Gaza, Díaz Ayuso ha demostrado que su concepción de la política no se inscribe en la tradición de Adam Smith, Jeremy Bentham o John Stuart Mill, sino en los dos pilares del autoritarismo antidemocrático: la dialéctica amigo-enemigo de Carl Schmitt y la estrategia de la tensión aplicada en Italia durante los años de plomo para frustrar el acuerdo histórico entre el eurocomunismo de Enrico Berlinguer y el democristiano Aldo Moro. Esta semana hemos sabido por un correo interno de Carlos Mur, ex consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, que el gobierno de Ayuso había sido informado de que las residencias no se medicalizaron durante la pandemia. Según el Informe de la Comisión Ciudadana por la Verdad (una comisión independiente formada por juristas, médicos y académicos), se podrían haber evitado al menos 4.000 de las 7.291 muertes registradas. Y los fallecidos podrían haberse ahorrado una horrible agonía. Dado que sí se trasladó a hospitales a los pacientes con seguros médicos privados, se trata de un caso inequívoco de “denegación de auxilio”. Ya sabemos que los jueces, mayoritariamente alineados con la derecha, han archivado sistemáticamente las demandas de las familias de las víctimas, pero aún hay causas abiertas en distintos juzgados y altos cargos imputados, lo cual permite conservar la esperanza de que la justicia aún mantenga esa independencia y compromiso con la verdad sin la cual solo sería una pantomima.  

Negar asistencia médica a un enfermo es un acto de extrema crueldad, sobre todo si al mismo tiempo tu hermano y tu novio se están enriqueciendo con comisiones millonarias a costa de la compraventa de material sanitario. Díaz Ayuso sigue la misma estela de Donald Trump, que ha convertido el insulto, el nepotismo y la brutalidad en una táctica política. Hace poco, la congresista de origen somalí Ilhan Omar sufrió el ataque de un fanático en el ayuntamiento de Minneapolis tras solicitar la disolución del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE) por los recientes asesinatos cometidos contra dos manifestantes pacíficos. Omar, que llegó a Estados Unidos con doce años tras pasar cuatro en un campo de refugiados en Kenia, es uno de los blancos preferidos de Trump. No solo la ha llamado “basura”. Con su falta de escrúpulos habitual, ha mentido, acusándola de apoyar a Al Qaeda y de casarse con su propio hermano para arreglar sus papeles. Cuando un presidente llama “basura” a un congresista, crea la atmósfera necesaria para que se produzcan actos de violencia. Isabel Díaz Ayuso llamó “hijo de puta” a Pedro Sánchez en el Congreso y se burló de los que criticaron su exabrupto, asegurando que solo había dicho que le gustaba la fruta. Enseguida aparecieron camisetas con ese lema, regocijándose con la obscena ocurrencia. No me sorprende que hace unos días, Falange Española de las JONS haya distribuido por las redes un montaje fotográfico de Pedro Sánchez en un féretro, asegurando que esa es la imagen que desean contemplar los españoles de bien. Quizás no hay una responsabilidad penal directa entre las ofensas de Ayuso contra el presidente y la macabra broma de la Falange, pero sí una inequívoca conexión moral. 

La deshumanización del adversario mediante el improperio soez, el desprecio por las familias de las víctimas de la pandemia o el respaldo al genocidio perpetrado por Netanyahu alimentan esa espiral de intolerancia que ya ha cristalizado en la proliferación de movimientos de ultraderecha, cuyos métodos evocan el matonismo de otros tiempos. ¿Cuál es el objetivo final de esta forma de actuar? Demoler el Estado del bienestar. De momento, las universidades públicas de Madrid y sus hospitales bordean el colapso, mientras el sector privado no deja de crecer. El ultraliberalismo de Ayuso ha convivido mucho tiempo con el españolismo neofranquista de Abascal y sus satélites, pero sin suscribir el discurso antiinmigración. No creo que Ayuso haya leído a Ramiro de Maeztu, pero reivindica la Hispanidad, tal vez influida por su entorno ideológico. Sabe que necesita a esos miles de venezolanos antichavistas que han convertido el Barrio de Salamanca en una Little Caracas y a los inmigrantes que trabajan en la construcción, el servicio doméstico y la hostelería. Abascal también exalta el ideario de la Hispanidad, pero últimamente ha descubierto que el discurso contra la inmigración no admite matices y ha comenzado a sumarse a la teoría del Gran Reemplazo. Abascal quiere “salvar a España” mediante la “remigración”, un eufemismo del concepto de “limpieza étnica”. Ayuso, más pragmática, prefiere aprovechar su fuerza de trabajo o su riqueza.  

A pesar de sus discrepancias, Ayuso y Abascal comparten la misma estrategia de la tensión. Según ellos, España está a punto de desintegrarse por culpa del comunismo, el independentismo, la inmigración incontrolada, el animalismo, la teoría queer y el feminismo. Ese discurso falaz, oportunista y vacío ha logrado seducir a muchos de esos ciudadanos que, a pesar de las buenas cifras de la economía, malviven con sueldos raquíticos y sufren graves problemas para acceder a la vivienda. Todas las encuestas le dan la victoria a la derecha en las próximas elecciones, pero ¿qué sucederá después, cuando los ciudadanos que presumiblemente apoyarán en las urnas al PP y Vox descubran que su situación económica no mejora? No está de más recordar que ambos partidos han votado contra la subida de los salarios, las pensiones, las ayudas sociales y las medidas para proteger a los inquilinos. 

No soy el primer analista que plantea esta pregunta. Algunos creen que renacerá la indignación del 15-M, cuando muchos ciudadanos comprendieron que vivimos en democracias secuestradas por el poder económico. La izquierda alternativa sería la gran beneficiaria de esta reacción. Otros aventuran que la ultraderecha crecerá aún más y desplazará definitivamente a la derecha tradicional, impulsada por la idea de que urgen soluciones radicales y no simples reformas. Según Ayuso, “los tibios no entrarán en reino de los cielos”, una sentencia quizás inspirada por la frase atribuida a Jesucristo en el Apocalipsis: “como eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”. Redundo en mi escepticismo sobre el bagaje intelectual de Ayuso, a la que no imagino navegando por los versículos bíblicos, pero es probable que Miguel Ángel Rodríguez, el “genio maligno” a su servicio, le haya soplado la frase para confundir y engañar a los incautos. 

¿Qué nos espera? No lo sé, pero me parece importante comenzar a restablecer un concepto de la política alejado de la dialéctica amigo-enemigo de Carl Schmitt y de la estrategia de la tensión, dos caminos que solo garantizan la destrucción de la convivencia pacífica y democrática.