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Euskadi: nada será ya lo mismo, aunque todo seguirá igual

El presidente del PNV, Andoni Ortuzar (i) y el candidato del PNV a lehendakari, Imanol Pradales (d), tras finalizar la jornada electoral del domingo.

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El 13 de julio de 2020 escribí aquí mi columna el día anterior las elecciones autonómicas vascas. El título fue muy parecido a este. Y es que, desde mi punto de vista, así siguen siendo las cosas: el panorama político es, una vez más, radicalmente distinto del que era, pero nada cambiará en la realidad. Y es que resulta difícil apreciar un cambio real si no hay cambio de Gobierno ni expectativas de nuevas políticas. 

Cierto es que puede parecer incoherente considerar que, en dos sucesivas elecciones, con una legislatura de por medio, las cosas han cambiado de manera sustancial, cuando no hay más variación real que algunas caras, aunque muy relevantes, desde luego.

La campaña electoral comenzó de manera extraña. Tan extraña que ya se hablaba de la tranquilidad en Euskadi, del oasis vasco en medio del barrizal político en el resto del Estado –particularmente en las Cortes Generales–, del fair play en los diálogos cruzados entre las cabezas de las distintas candidaturas y, sobre todo, en el primer debate electoral celebrado el 10 de abril en TVE. Una campaña tan extraña que, además, coincidió con el fallecimiento del lehendakari Ardanza y un acontecimiento deportivo y su correspondiente celebración de primera magnitud, lo que, en opinión extendida, habría generado una especie de sopor o apatía electoral ciudadana. 

Pero ninguno de estos dos hechos fueron, en mi opinión, los que realmente interfirieron en la campaña. La campaña ya había empezado de ese modo porque así lo quisieron los candidatos de los dos partidos mayoritarios –el PNV y EH Bildu–, esto es, Pradales y Otxandiano, que apostaron por hablar poco o casi nada para no errar mucho y no provocar sentimientos contrarios en la ciudadanía. Con la pretensión de mantener los apoyos tradicionales y sumar otros nuevos por la inercia de las cosas, sin mayor esfuerzo propositivo, pese a mencionar ambos candidatos aspectos tan relevantes como la sanidad pública o la vivienda. 

Y menciono estas dos cuestiones porque ha sido también extraordinariamente llamativa la actitud de los candidatos de los partidos que forman la actual coalición de gobierno. Así, Pradales ha planteado una especie de autoenmienda a la acción del Gobierno de Urkullu poniendo de relieve la grave situación de Osakidetza –el servicio público de salud– y propuestas nada rompedoras ni novedosas en lo cualitativo para su superación, lo que es de suponer no habrá sido del agrado de los gestores actuales. Eso sí, manteniendo siempre, faltaba más, el ya insostenible argumento de ser el PNV el partido de la buena gestión.

Por su parte, Andueza, del PSE-EE, ha hecho la misma campaña que habría hecho cualquier partido de la oposición, intentando –con no mal resultado, por cierto– evadir cualquier responsabilidad en la deficiente gestión que ha criticado reiteradamente, insistiendo en que son los socialistas los auténticos buenos gestores. Y ello, pese a su azote a la actuación del Gobierno en áreas como la vivienda y la sanidad, de un Gobierno en el que ha participado sin fisuras públicas. 

Ya ven, un lío y un sorprendente reparto de papeles. Pero es que, en campaña, todo vale, incluso este travestismo político. En resumen, una campaña que no ha servido en modo alguno para aquello a lo que debe servir en gran parte: hacer reflexión y balance de lo hecho en los cuatro años inmediatamente anteriores, mayormente desde quienes han ocupado posición de gobierno.

Así estaban las cosas por la parte alta del tablero político cuando llegó el patinazo –llámenlo como quieran– de Otxandiano al dudar y titubear para no calificar a ETA de “terrorista”, al responder a la expresa pregunta de un periodista. Lo que generó un revuelo mediático al que siguió otro político –en este orden—, cuando, en realidad, esta cuestión no había surgido en el debate electoral hasta ese momento, salvo las interpelaciones que, ciertamente, el candidato Andueza ya venía haciendo al respecto. Pero nadie más lo había planteado hasta entonces, momento en que el tema se convirtió en el centro de la campaña, hasta el punto de que, aunque esto no se ha aireado tanto – injustamente–, el propio Otxandiano declaró en Radio Euskadi que aquello “no debió haber sucedido”, que su formación política había sido “agente de dolor”, que “quizá no han dado todos los pasos necesarios”, pero que se esfuerzan por la reconciliación. 

Resta por saber lo que esto haya podido influir en los resultados. Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Cualquier hipótesis al respecto será indemostrable. La última encuesta publicada fue, creo recordar, el lunes 15 de abril, y la famosa entrevista de Otxandiano se produjo esa misma noche, por lo que, no conociendo la mayoría de la población los distintos sondeos realizados en los días posteriores, desconocemos su concreta incidencia.

Lo cierto es que ahí entraron ya todos los partidos, a degüello, particularmente el PNV y el PSE-EE. En una dinámica difícil de comprender también, respecto de este último, que se esforzó en distinguir la “cuestión ética” que le impediría formar gobierno con EH Bildu del logro de acuerdos puntuales para sacar adelante normas que mejoran la vida de la gente, en referencia a los conseguidos por el Gobierno de Sánchez y la representación de EH Bildu en el Congreso.

Sobre esto cabría hablar mucho; muchas personas llevamos años haciéndolo en esta tierra. Pero, lo cierto es que, pese a que una campaña electoral no permite entrar en estas honduras, alguien tiene que aclarar esto: la cuestión “ética”, cuando es del calado de la que nos ocupa, es una cuestión “prepolítica” que impediría pasar a la siguiente pantalla, a la de la negociación de la política ordinaria. Y, quien así piensa, ha de responder con la necesaria coherencia y poner la “ética” por delante en todo caso y no solo en función del interés coyuntural.

Y así fueron pasando los días. Unos días en que había ya algunas certezas –pendientes de confirmación, claro está–. Certezas tales como la de que, con independencia del resultado electoral, el futuro Gobierno vasco estaría formado por el PNV y el PSE-EE, aunque con la duda de si alcanzarían la mayoría absoluta y, de no ser así, el papel que podría tener el PP. Certezas como la de que, cualquiera que fuera el concreto resultado, EH Bildu pisa definitivamente los talones al PNV en una tendencia imparable desde hace años pero que, incluso si ganara, no formaría gobierno porque el PSE-EE no lo quiere, al menos “todavía”.

Certezas que se han confirmado ya, todas ellas, detalle arriba o dato abajo.  Ciertamente, el PNV tiene cada vez más cerca el aliento en el cuello de EH Bildu y la posibilidad de no ser la primera fuerza, aunque en esta ocasión haya salvado los muebles, empatando en escaños –27– con EH Bildu, aunque dejándose cuatro, en tanto que esta última formación gana seis escaños y sube en casi 100.000 votos, aunque aún dista todavía en casi 30.000 del PNV. Y la última, o primera, certeza es la de que, como era bien sabido, se reeditará la coalición de gobierno, aunque sería posible otra mayoría, siempre con el PSE-EE en la ecuación, esto es, un Gobierno de izquierdas con EH Bildu y Sumar – sin referirme a la imposible “gran coalición” entre PNV y EH Bildu–.

Lo cierto es que la tendencia de EH Bildu es, por el momento, imparable. Solo me remito a los datos. Lleva ya tiempo tomando sus votos del espacio vasco de la izquierda ahora calificada de “confederal”, esto es, de Sumar y Elkarrekin Podemos y también del voto joven que se va incorporando al censo electoral en cada llamamiento electoral. Y supera en escaños ya en 2020 su mejor resultado histórico, el de 2012. Tendencia que, sin duda, en un país ya normalizado –o en vías de serlo–, se erige en clara alternativa de gobierno al PNV como oferta electoral de la izquierda, a confluir, naturalmente, con las fuerzas de este espacio. A lo que ha de añadirse que esta fuerza sigue avanzando en su implantación territorial, pues gana en Gipuzkoa y Araba y avanza por el occidente de Bizkaia –ya ven los detalles geográficos y sociales–, en territorio que no se le ha resistido hasta ahora al PNV.

Es cierto que el espacio del nacionalismo –llámenlo como quieran– ocupa ahora el 67,7% del voto real y el 72% de los escaños del Parlamento Vasco, pero, hoy por hoy, ello no va a tener ninguna incidencia en el devenir político. 

Y lo mismo cabe predicar del espacio de “izquierda”, como ya he dicho, dado que entre EH Bildu y el PSE-EE suman el 46,7% del voto y el 52% de los escaños. Una realidad numérica sin plasmación política real por la negativa de los socialistas.

Hasta ahora, todos han ganado, el PSE incluido, con un muy buen resultado, aunque muy lejos aún de su resultado de 2012 –16 escaños–. Su posición negociadora con el PNV es mejor, aunque difícil de calibrar en cuanto a su auténtica relevancia política, como, por otra parte, ha ocurrido hasta ahora. 

Incluso el PP obtiene un resultado mejor, aunque no logra deshacerse de Vox, lo que dificulta no solo su posición sino, particularmente, la posibilidad de un discurso más libre.

El que pierde sin paliativos es el espacio de la ahora llamada “izquierda confederal”. La concurrencia electoral en dos formaciones políticas ha sido letal, lo que se sabía sobradamente que iba a ser castigado por la ciudadanía, sin tratar de imputar ahora la responsabilidad de esta situación, pues sobre esto habría mucha tela que cortar. Imposible rentabilizar así su acción de real, firme y responsable oposición en estos últimos cuatro años. Pero la cuestión, en mi opinión, va más allá de este concreto momento y de este resultado. Se impone preguntarse si en esta Comunidad –y lo mismo podría decirse de Nafarroa– hay hueco real para dos formaciones a la izquierda del PSE-EE –esta “izquierda confederal y EH Bildu–. Algo que hoy por hoy es más que discutible, habida cuenta de que tanto el PSE-EE como EH Bildu pescan, con evidente éxito hasta el momento, en este caladero. Aunque la paradoja es que, probablemente, estas dos formaciones pudieran necesitar a este espacio, a modo de bisagra, para poder, en su día, en su caso, gobernar en una coalición de izquierdas. Seguramente aún haya espacio para esta oferta política, pero hacerse un hueco no resulta fácil, como, por otra parte, nunca lo ha sido, más allá de coyunturas más o menos favorables.

Como siempre, además, unas elecciones autonómicas pueden tener también una lectura en clave de Estado, dada la cada vez mayor influencia de los partidos autonómicos en la política estatal. En este sentido, era claro que ayer se jugaba una cierta valoración del Gobierno de coalición PSOE-SUMAR y su estabilidad. Los resultados electorales no permiten pensar que dicha estabilidad vaya a verse dañada, en absoluto. EH Bildu no está todavía en condiciones de alterar su posición y poner en dificultades a Sánchez; el PNV va a formar Gobierno con el PSE-EE, por lo que ambas formaciones van a seguir debiéndose fidelidad. Sánchez puede, por tanto, por el momento, respirar tranquilo; Euskadi no va a perturbar su posición. 

Finalmente, pierde, como en las anteriores elecciones –y ya van varias– la participación. Un 62,52% de la ciudadanía llamada a votar lo ha hecho, esto es, más de una de cada tres personas no ha votado. Se impone reflexionar acerca de dónde se sitúa este alto porcentaje de abstención, por qué se produce y, sobre todo, cómo se puede resolver esta manifiesta desafección que, esperemos, no sea también una desafección o alejamiento social. 

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