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OPINIÓN | Exuberancia irracional de la miseria, por Antón Losada

Exuberancia irracional de la miseria

1 de febrero de 2026 21:29 h

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Un repaso rápido a los debates que han marcado la agenda pública española esta semana sirve sobradamente para demostrar la tesis de esta columna: vivimos ahogados en una exuberancia irracional de miseria, es tan exuberante e irracional que no hay mercado capaz de absorberla sin colapsar. Decía mi añorado Alfredo Pérez Rubalcaba que en España se entierra muy bien, y tiene razón. Pero aún se odia infinitamente mejor.

A un escritor, Davis Uclés, los defensores de la libertad le han llamado de todo y le han reprochado precisamente que la ejerza y decida no ir a unas jornadas donde se preguntaban, por errata, si la guerra civil la perdimos todos. Unos más que otros. Pero dejando a un lado esta obviedad, a ver si el chaval no va a poder ir a donde le dé la gana, cuando le dé la gana y por las razones que le dé la gana. Creo que no ha quedado ni un solo articulista/premio Nobel frustrado o editor/premio Pulitzer también frustrado que no haya salido a ajustarle las cuentas acuchillándole por turnos en un campeonato mundial de mediocridades.

Lo de las amenazas por grupos de ultraizquierda para suspender unas jornadas tan de quedar bien ya se lo dejo a ustedes; que parece sacado del guion de “Miedo a salir de noche”, aquel clásico de Eloy de la Iglesia sobre la inseguridad ciudadana convertida en fetiche onanista por los nostálgicos del franquismo. Lo de los amigos de mis fascistas son mis antifascistas no me digan que no parece un estribillo de las inmortales Objetivo Birmania.

A un humorista, Héctor de Miguel, le han celebrado con grandes sornas y risotadas la decisión de retirarse para no aguantar más aquellos que ya se quejaban en los ochenta por la cultura de la cancelación y ya entonces tenían poco o nada que decir. Ustedes son jóvenes, pero yo si me acuerdo. Ya en los ochenta decían que había mucha más libertad con Franco y que podías decir lo que te diera la gana; no como ahora. 

La razón ha sido la parodia de alguna de las entrevistas que hemos visto ejecutar estos días a raíz del trágico accidente de Adamuz. Si quieren mi opinión, se quedó corto. Hay dos tipos de víctimas en España: las que dicen lo que a mí me gusta y me conviene y aquellas que no me gusta lo que dicen y no me conviene. Ahora hay que añadir otra nueva taxonomía: aquellas que dan clics y aquellas que no tantos.

Aunque nada rompe el indicador de la miseria como las cosas que ya hemo oído y leído sobre las más de quinientas mil personas que dicen pueden beneficiarse por la regularización extraordinaria vía Real Decreto de enero del 2026. Vienen, por este orden, a robarnos, violarnos, sustituirnos, matarnos y finalmente votar por el gobierno rojosatánico como toque maestro final del malvado plan diseñado por el taimado Pedro Sánchez. Un ejército de invasores que ya están aquí y que llama a efectos a los ejércitos de invasores que acechan en nuestras fronteras esperando la señal del inquiokupa de La Moncloa. Es cosa sabida que el patriotismo y la hipérbole suelen caminar siempre de la mano.

Cuando el alma inmortal de España está en juego andarse con argumentos sobre si recogen las cosechas o cuidan a nuestros parientes es tan inútil como pedirle a Santiago Abascal que se enfunde una camisa de su talla. Esta no es una batalla sobre racionalidad económica. Es una lucha por el alma de la sociedad que queremos ser. Que griten mucho no quiere decir que sean más.

Estados Unidos ocupa las primeras páginas mundiales por tener escuadrones paramilitares enmascarados recorriendo sus calles y asesinando a sangre fría a ciudadanos. España es noticia porque en medio planeta se preguntan por qué ellos no se atreven a regularizar la realidad si España lo ha hecho. Elijan ustedes.