Franceses “aprendiendo” de España cómo aguantar el calor
Se asfixian de calor los franceses, se cuecen en sus bonitas buhardillas y mansardas parisinas y en sus pisitos de la banlieue, se ahogan bañándose en lagos y canales, colapsan las funerarias con cientos de muertos imprevistos, y dice su gobierno que va a enviar una misión a España para estudiar cómo convivimos con las altas temperaturas, y aprender de nuestra experiencia.
Ah, estupendo, bienvenue! Yo invitaría al primer ministro Lecornu a que viniese a mi ciudad, Sevilla, que de calores sabemos algo. Le podemos enseñar las horas exactas en que hay que bajar y subir persianas, la técnica de enjalbegar las fachadas en los pueblos, la tradición de sentarse al fresco en la calle con las vecinas, y hasta el funcionamiento del botijo, que es todo un invento.
Pero también podemos pasearle por plazas y avenidas remodeladas en los últimos años y que siguen aplicando el urbanismo “duro”: cemento, granito, adoquín y asfalto, eliminando arbolado de paso. Con darle una vuelta al final del día por la recalentada Alameda de Hércules lo entenderá. En el paseo por la ciudad le mostraremos la escasez de zonas verdes fuera de los grandes parques, la poca sombra (el ayuntamiento lleva meses incapaz de instalar unos simples toldos en puentes y calles principales), la falta de “refugios climáticos” (ni piscinas públicas tenemos en la mayoría de barrios, por increíble que parezca). Ah, sin olvidar los centros educativos, muchos sin climatizar pese a contar con una ley desde hace años.
Seguiremos el recorrido por los barrios obreros de la ciudad: edificios de los sesenta y setenta, construcciones baratas, pequeñas, sin ventilación cruzada ni aislamiento, tan frías en invierno como horneadas en verano; y que conviven con edificios más nuevos, incluso recién construidos, que siguen sin tener en cuenta el clima local. Barrios enteros de nueva construcción que parecen pensados en su arquitectura y urbanismo para países nórdicos.
En ese paseo por los barrios, el propio primer ministro descubrirá el verdadero secreto español para resistir el verano, que no es ni la persiana ni la cortina de macarrones: el aire acondicionado. Verá fachadas recargadas de máquinas de aire que zumban día y noche mientras expulsan aire caliente al exterior. Aparatos de aire viejos y nuevos, baratos la mayoría, poco eficientes, instalados en todas las casas, incluso en todas las habitaciones, y en todos los comercios, oficinas y edificios públicos (salvo en colegios e institutos, que los niños no sienten el calor). Ah, y muchos en barrios que sufren cortes de luz diarios en plena ola de calor. El periódico Le Point envió un periodista días atrás a Andalucía para descubrir el “secreto” contra el calor, y eso fue lo que encontró: aire acondicionado en todas partes, casas, oficinas, tiendas, transporte. La foto que ilustra la noticia es precisamente de mi barrio, casi la esquina de mi casa.
Ese mismo paseo se lo podemos dar al primer ministro francés por cualquier localidad española, sobre todo en las regiones históricamente más calurosas del país. Salvo en pueblos y construcciones antiguas, somos un país pobremente adaptado a nuestro clima habitual. Ni nuestras ciudades, ni nuestras casas. Así que somos los ciudadanos los que nos adaptamos como podemos, cambiando horarios laborales y sociales, viviendo a oscuras y confinados diez horas diarias durante más de dos meses. Y enchufando a todas horas el aire. La ironía es que, aunque hoy se mueran de calor, como ciudad seguramente París está más preparada para “la caló” que Sevilla.
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