He usado una ouija para hablar con ‘el espíritu de la Transición’
Sería maravilloso poder usar una ouija para invocar al espíritu de la Transición española. Estoy seguro de que su respuesta a la pregunta de si es democrático y conveniente pactar con EH Bildu, el vaso sobre nuestro tablero se iría primero a la ‘s’ y luego a la ‘i’: “Sí”. Ya sé que no es una opinión demasiado popular entre gente de orden, como Felipe González. “Ni de broma pactaría con Bildu”, dijo el otro día. Las palabras de González son llamativas, y preocupantes, viniendo de alguien que vivió aquello.
La derecha y el 'extremo centro postsocialista' –o sea, la derecha– se llenan constantemente la boca con ‘la grandeza del espíritu de la Transición’ que permitió que España dejara atrás la dictadura. Ponen de ejemplo la generosidad del entonces presidente Adolfo Suárez legalizando el Partido Comunista (un trágala tan inconcebible entonces para algunos estamentos del poder como lo es ahora para González, y la derecha en general, pactar con EH Bildu). Han olvidado que fue el espíritu de la Transición: acoger en el redil democrático a quien en el pasado fue no solo rival, sino también enemigo.
Los del cordón sanitario a EH Bildu olvidan que en los años 70 se pudo pasar página de la dictadura gracias –entre otras cosas– a que la sociedad española transigió en que la derecha franquista se organizase políticamente para participar en la democracia. Ya sabemos qué fue la dictadura: asesinatos, torturas, detenciones ilegales y represión de todo tipo, religiosa, lingüística, cultural… Pero el país decidió –con grandeza– mirar al futuro y pasar por alto el pasado franquista de decenas de dirigentes, directivos y directores con las manos manchadas de sangre y bien asentados en las estructuras de poder. Esa ‘grandeza del espíritu de la Transición’, tan elogiada, es la que ahora el PP es incapaz de demostrar hacia la coalición EH Bildu.
Digamos algo provocativo. Algo como que Manuel Fraga, fundador del PP, fue ‘el Otegi del franquismo’. Veamos: en 1976, Fraga creó Alianza Popular, el partido del que nació el actual PP. Fraga tenía 53 años y venía de ser muchas cosas, entre otras, ministro de Franco durante siete años. Llevaba más de dos décadas al servicio de la dictadura cuando, también en 1976, prohibió las manifestaciones de la izquierda en el Primero de Mayo, dijo aquello de “la calle es mía”. Típica frase de demócrata de toda la vida, ya saben. En la dictadura, y en sus estertores, la policía mataba a manifestantes, había ejecuciones sin garantías judiciales y sucedían misteriosos fallecimientos entre detenidos. Incluso cuando Franco ya había muerto, el franquismo seguía vivo.
EH Bildu es una coalición. Lo recalco porque el PP también lo fue. En el principal partido de la derecha española hubo herederos del régimen franquista, pero también se sumaron otras sensibilidades políticas democráticas y antifranquistas: liberales, democristianos, regionalistas.... Entre 1982 y 1987 existió la llamada ‘Coalición Popular’, integrada por Alianza Popular, el Partido Demócrata Popular, el Partido Liberal, Unión Valenciana, Unión del Pueblo Navarro, el Partido Aragonés Regionalista y los Centristas de Galicia.
Pasa lo mismo ahora con la coalición independentista EH Bildu. Fue fundada en 2012 por Sortu –el partido directamente heredero de Batasuna, el brazo político de la banda terrorista ETA– pero también por partidos socialdemócratas, ecofeministas y socialistas, como Eusko Alkartasuna, Alternatiba y Aralar. Estos tres últimos partidos siempre rechazaron la violencia de ETA y apostaron por vías exclusivamente políticas y pacíficas. Esto es algo que el PP y Vox intentan borrar con un brochazo gordo, llamándolo a todo “Bildu” y equiparándolo con ETA. Si es injusto decir que el PP es franquista, es injusto decir que EH Bildu es etarra.
Pero volvamos al ‘Otegi del franquismo’, a Manuel Fraga. Fue presidente de AP y luego del PP entre 1979 y 1990. En todos esos años siempre existió una minoría de extrema derecha en el PP, un grupúsculo que quedó difuminado y apaciguado al recuperar, ahora desde la democracia, espacios de poder que había ocupado durante la dictadura. Fraga consiguió que esa extrema derecha –que en 2013 se escindió formando Vox– pasara por el aro democrático: exactamente lo mismo se puede decir de Otegi respecto a Batasuna y Sortu. Ni Fraga ni Otegi, ambos conversos a la democracia –quizá por interés personal, sin duda por interés colectivo– son santos de la devoción de quienes siempre, y no solo cuando conviene, hemos defendido los derechos humanos.
Pueden ser personajes molestos, pero fueron capaces de evolucionar y jugaron un papel clave en la historia. Hecha su labor, ambos deberían haber tenido la vergüenza, la cortesía y el sentido común de retirarse a un segundo plano. Pero Fraga gozó de una larga vida política en democracia. Lejos de esconderse, fue presidente de Galicia hasta 2006 –cuando fue sucedido por un tal Alberto Núñez Feijóo– y senador hasta septiembre de 2011, pocos meses antes de morir. Si al exministro de una dictadura bañada en sangre y sufrimiento se le permitió esa segunda vida política, a los demócratas no nos queda más remedio, por mucho que nos moleste, que permitir a Otegi –correa de trasmisión de una banda terrorista bañada en sangre y sufrimiento– el protagonismo que su partido, y sus votantes, decidan darle.
Los asesinatos, las torturas y las detenciones ilegales caracterizaron por igual, al franquismo y a ETA. Ninguno de esos crímenes, tampoco los que perpetró el GAL, tienen justificación. Esas atrocidades no merecen ni olvido ni perdón. Pero la sociedad sí merece mirar hacia adelante; sin olvidar el miedo, el dolor y el sufrimiento de las víctimas. ¡Es el espíritu de la Transición, amigos!
Suele decirse que ETA fue el último vestigio del franquismo. Por eso, hasta que ETA no dejó de matar –hace ya tres lustros– y decidió luego disolverse –hace ocho años– no comenzó la Transición en Euskadi. Una Transición para la que está siendo necesaria, por parte de los partidos políticos y de la sociedad vasca, la misma generosidad que reinó en el resto de España desde mediados de los años 70. Una generosidad y una grandeza de la que el PP, insisto, es incapaz.
Cualquier demócrata prefiere que los herederos políticos de Franco y de ETA estén integrados en partidos legales, que acepten las reglas del juego democrático. ¡Vivan los demócratas conversos de última hora! Siempre es mejor eso que seguir matando, secuestrando y torturando. Si, en cambio, uno prefiere que esos herederos conversos estén en otro sitio –en la cárcel o muertos– entonces simplemente no es un demócrata.
“Un escaño de Bildu, Txeroki y ETA manda más que uno del PP”. Esta es una de tantas declaraciones de dirigentes del PP –esta en concreto es de Isabel Díaz Ayuso– sobre los acuerdos políticos entre el Gobierno de Sánchez y la coalición EH Bildu. Es un mantra de la derecha: al pactar con EH Bildu –o recibir su apoyo parlamentario– Sánchez y el PSOE están pactando con los herederos de la banda terrorista.
Es llamativo cómo la derecha española (tanto la política como la mediática) ha conseguido que muchos ciudadanos asuman como normal y democrático que el PP pacte con Vox, un partido que no solo no condena la dictadura, sino que la ensalza en cuanto puede. Parece que nadie, entre los muy demócratas dirigentes del PP, se escandaliza cuando su portavoz parlamentaria, Ester Muñoz, llama a Vox “partido hermano”. ¿Qué pasaría si cualquier dirigente de la izquierda española llamase a EH Bildu “partido hermano”? Si el PSOE, Sumar o cualquier otro partido pacta con EH Bildu, o recibe su apoyo parlamentario, se convierten automáticamente –por contagio inmediato e irreversible– en apestados terroristas cómplices de ETA. Para la derecha, Euskadi no tiene derecho a pasar página.
Lo cierto es que durante unos años, antes de existir el PP y EH Bildu, tanto el fundador del PP como el de EH Bildu apoyaron, justificaron y exculparon la violencia, franquista uno, etarra el otro. Lo cierto es que ETA y el franquismo fueron derrotados gracias a la lucha de la sociedad y del Estado de derecho. ETA, en particular, gracias también a la lucha de los concejales del PP y del PSOE asesinados vilmente por la banda terrorista. La memoria de esas víctimas nunca dejará de guiar nuestra democracia.
Pero si el franquismo, primero, y ETA, después, fueron derrotados, fue también, aunque nos duela reconocerlo, gracias en parte al papel necesario jugado por Manuel Fraga y Arnaldo Otegi. Estuvo bien que los franquistas de origen entrasen en el juego democrático. Está bien que en el siglo XXI lo hayan hecho también los abertzales. Si al PP y a Vox de verdad les importara España, tendrían la altura de miras y la generosidad necesarias para pasar página en Euskadi. Entonces sí serían fieles a ese ‘espíritu de la Transición’ con el que se llenan la boca un día sí y otro también.
Con ETA todavía activa, en 1999 el presidente del PP, José María Aznar, definió a la banda terrorista y su entorno como Movimiento Liberación Nacional Vasco. Tras el fin de los atentados, hubo un tiempo en que el PP defendía pactar con EH Bildu, aunque los crímenes de ETA estaban más recientes. “No me tiemblan las piernas para llegar a acuerdos con nadie [...]. Ojalá cundiese el ejemplo”, dijo en 2013 Javier Maroto, tras pactar con Bildu. El PP de Euskadi, que tiene algo más claro el nuevo tiempo que vive el país, todavía pacta de vez en cuando con los abertzales diferentes iniciativas políticas. Es algo que la derecha mediática y Génova silencian por sistema. No interesa que se sepa.
Es descorazonador comprobar cómo, respecto a su postura sobre EH Bildu y en tantos otros temas, el PP de Feijóo y Ayuso ha involucionado y ha arrastrado en esa involución a votantes, periodistas y analistas que en el pasado fueron moderados. En realidad, la 'línea roja' del PP respecto a EH Bildu es pura hipocresía. Simplemente, el PP ha preferido usar a EH Bildu para desgastar a Sánchez antes que contribuir a normalizar la vida política en Euskadi. Eso es lo mucho que en Génova les importan el País Vasco y las víctimas. Porque hacen falta grandeza y generosidad para aceptar a EH Bildu como un partido político más. Sí, es un partido democrático que nació con un pecado original; pero es el mismo pecado original con el que nacieron primero el PP y luego Vox.