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Opinión - Hienas que vomitan odio, por Esther Palomera

Hienas que vomitan odio

Maricarmen mientras esperaba en su casa a que se ejecutara o se impidiera el desahucio
8 de octubre de 2026 22:34 h

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Como hienas la atacaron, la humillaron, la ridiculizaron y la difamaron. La despedazaron para turnarse el bocado y para que no quedara de ella más que la humillación, el ruido y la mentira. Maricarmen ha muerto, y no de repente, sino lentamente entre la basura esparcida por los carroñeros que se entretuvieron en su agonía sin conocerla. En grupos de WhatsApp, en las crónicas infames, en los titulares vergonzantes y en los tuits despreciables escritos por políticos, comunicadores y haters al servicio de los partidos.

La juzgaron por todo. Por cómo vivía, por cómo hablaba, por la pensión que cobraba, por cómo hablaba, por su cuenta corriente, porque era una marioneta de la izquierda o porque formaba parte de una coartada electoral. Cada uno le puso la etiqueta que se le ocurría y todos la declararon culpable por no rendirse, por no callar, por rebelarse ante buitres y especuladores, por pedir justicia y por haberse convertido en dignísimo símbolo del derecho a la vivienda que recoge la sacrosanta Constitución. 

Maricarmen tenía 87 años y, con un 50% de discapacidad, solo pedía morir en la misma casa en la que había vivido más de 7 décadas, pero la sacaron de ella con la policía destrozando a machetazos la puerta y murió finalmente donde no quería, en un hospital donde fue ingresada tras un cruel desahucio que conmovió a media España. La otra media, convertida en jauría social, justificaba el desalojo y deshumanizaba con sus comentarios y sus piezas periodísticas a la anciana porque, al parecer, lo urgente era juzgar a una víctima de la especulación y la avaricia, y no a sus verdugos. Ahora que ha muerto, algunas de las mismas hienas que le clavaron los dientes en vida fingen luto para tapar sus vergüenzas y disimular actitudes que les impiden por la mañana mirarse al espejo y ver enfrente algo limpio mientras vetan minutos de silencio en las instituciones públicas. Otras ni siquiera disimulan su animadversión y no contienen el vómito de odio.

Hay muertes que duelen y muertes que, además de dolor, dejan preguntas incómodas para agitar conciencias. Y la de Maricarmen pertenece, sin duda, a la segunda categoría porque, expuesta al desprecio y convertida en objeto de humillación pública, sigue siendo aún hoy, sin haber sido enterrada, objeto de burla y difamación de gente sin escrúpulos y sin principios que prefiere el vituperio a la reflexión, el ataque a la comprensión y la miopía ideológica a la justicia social.

En España, siguen los titulares infames, las crónicas abyectas y las declaraciones insultantes mientras el fallecimiento de Maricarmen ocupa las portadas de medio mundo como ejemplo de lucha y dignidad. Pero ellos, los que vomitan odio desde que se levantan hasta que se acuestan, no son más que basura, y como tal quedarán retratados de por vida, salvo que entonen un mea culpa, pidan perdón por el daño causado y la vergüenza les condene al silencio durante un largo tiempo. No hay uno solo de los que desde la política o la comunicación participaron en tanto ataque y tanta mofa que haya tenido atisbo de arrepentimiento. Todo lo contrario. 

Esta sociedad, cada vez más acostumbrada a consumir contenido con la humillación y el dolor ajeno, está podrida, pero mucho más inquietante que la crueldad o el hedor de esa putrefacción, es que alrededor de todo ello haya una derecha y una multitud impasible que disfruta y aplaude tanta ruindad. Ese es quizá el dibujo más crudo que deja esta triste historia: que mientras hay una sociedad capaz de movilizarse masivamente por el desahucio de una octogenaria indefensa ante la codicia de los especuladores, haya otra que permanezca impasible ante la humillación cotidiana.

Maricarmen no era un personaje, ni una caricatura, ni un saco de golpes sobre el que cualquier malnacido pudiera descargar su desprecio y su odio para conseguir minutos de televisión, clickbait, vídeos virales o un puñado de votos. Era una anciana, dependiente, de 87 años, que solo quería morir en la que había sido su casa y su cama durante más de siete largas décadas. Pero los despreciables, los desalmados y los canallas jamás se preguntarán dónde estaba el límite de la decencia porque nunca la conocieron y porque creen que la audiencia y el interés partidista otorga licencia para humillar. No pararán.

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