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Sobre la maldad de los palestinos

Imagen de la destrucción en el kibutz Beeri, tras el ataque de Hamás el 7 de octubre.

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Los palestinos son, cuando pueden, extremadamente crueles con los judíos. No hablamos sólo de Hamás y de las barbaridades cometidas el 7 de octubre. Sabemos que la población civil de Gaza jaleó la matanza y se ensañó con algunos rehenes judíos. La cosa no es de ahora. En 1985, el Frente de Liberación de Palestina secuestró el barco de cruceros italiano Achille Lauro y asesinó a Leon Klinghoffer, un judío estadounidense de 68 años, inválido. El cuerpo fue arrojado por la borda. El ejecutor de la atrocidad, Youssef Mahed Al-Molqi, lo explicó tiempo después: “Elegí a Kilinghoffer para que supieran que no sentíamos piedad hacia nadie”.

Existen miles de ejemplos sobre la crueldad palestina. Desde la masacre en la escuela de Ma'alot en 1974 (27 muertos, 23 de ellos niños) hasta la matanza de atletas judíos en los Juegos Olímpicos de Munich (1972) y otras más recientes, como el atentado contra la discoteca Dolphi de Tel Aviv (2001, 21 muertos y 120 heridos) o el linchamiento en Ramala de dos reservistas judíos (2000).

La crueldad nace del odio. Y el odio suele ser consustancial a las sociedades sometidas durante largo tiempo a una opresión intolerable.

La historia ofrece diversas muestras de este fenómeno. La más rotunda es la judía.

Empecemos por un hombre, Menahem Begin. Nació en 1913 en Brest-Litovsk, una ciudad que fue rusa, luego polaca y hoy bielorrusa. Formaba parte de una comunidad habituada a sufrir pogromos. A los 16 años se afilió al movimiento sionista de Zeev Jabotinsky, inspirado en el fascismo de Benito Mussolini y cuyo objetivo consistía en crear un Estado judío que incluyera Jordania y toda Palestina. En 1940 fue brevemente encarcelado en un gulag por los soviéticos. Luego se alistó en las fuerzas polacas libres, que combatían junto a los británicos contra los nazis. En 1942 llegó a Palestina y se erigió en líder de la organización armada Irgún. En 1946 ordenó la colocación de bombas en el hotel King David de Jerusalén, en el que se alojaban oficiales británicos que en ese momento administraban Palestina. Murieron 91 personas. Albert Einstein, judío, afirmó que el Irgún era “fascista”. En 1948, el Irgún asaltó Deir Yassim, una aldea árabe indefensa. Murieron unas cien personas.

Años más tarde, Begin fue uno de los fundadores del Likud, el partido de Benyamin Netanyahu. En 1977, Begin se convirtió en primer ministro de Israel.

Volvamos atrás, a 1945. Cuando los pocos supervivientes de los campos de exterminio nazis llegaron a Israel, fueron acogidos con desprecio. Se les llamaba “yekkes” o inmigrantes alemanes y se les culpaba de dos cosas: de no haber huido a Palestina antes de la guerra, y de haber sido “débiles” al dejarse apresar por los nazis. Los kapos, los judíos que en los campos de exterminio colaboraban con las SS, en su gran mayoría pobres desgraciados que sólo aspiraban a tener alguna posibilidad de supervivencia, fueron juzgados y condenados a prisión. Quienes llevaban tatuado en el brazo su número de recluso nunca usaban manga corta: sobrevivir a Auschwitz se consideraba una vergüenza.

En el libro 'The seventh million' ('El séptimo millón'), el historiador Tom Segev reconstruye la incomodidad inicial de Israel con el Holocausto (tanto las víctimas como los supervivientes eran indignos de pertenecer a la nueva sociedad israelí, dispuesta a distinguirse por su dureza y crueldad con tal de no sufrir nunca más un genocidio) y la paulatina transformación del Holocausto en símbolo fundacional del nuevo Estado. Un detalle: el museo de Yad Vashem, que homenajea en Jerusalén a las víctimas del nazismo y sus aliados, no empezó a construirse hasta 1959.

Con el paso de las décadas, el grueso de la sociedad israelí (con numerosas excepciones, por supuesto) ha alcanzado el grado más cómodo de la maldad: la maldad inconsciente. Han deshumanizado a los palestinos, igual que en otro tiempo se les deshumanizó a ellos. Los palestinos, a su vez, no toleran que entre los suyos se produzca el menor gesto de comprensión hacia los judíos: quienes procuran no odiar son vistos como los israelíes vieron en su momento a los kapos de los campos de exterminio.

Los pocos israelíes y palestinos que apuestan por la convivencia actúan con un heroísmo que desde fuera ni siquiera alcanzamos a comprender. Los otros, la mayoría, actúan como es normal en estos casos: con odio, crueldad, ansia infinita de venganza.

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