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El desahucio de Maricarmen retrata la crisis de la vivienda en España
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Opinión - 'Maricarmen no se va: se la llevan leyes injustas', por Alberto Garzón

Maricarmen somos todos

Concentración este miércoles frente al ático de Chamberí tras el desahucio de Maricarmen.
23 de septiembre de 2026 22:22 h

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Una imagen vale más que mil palabras. Y las de ayer, en las que una mujer de 87 años era sacada a la fuerza de su casa por una empresa que pretende cobrar hasta seis veces más al próximo inquilino, lo decían todo sobre la situación a la que hemos llegado en materia de vivienda.

Viendo a Maricarmen abandonar su casa en camilla, no pude evitar recordar otra instantánea de los años posteriores a 2008 en los que las primeras familias empezaban a ser desalojadas de sus viviendas tras no haber podido hacer frente a la hipoteca. En uno de aquellos desahucios alguien captó una imagen que también acertó a explicarlo todo: mostraba a una familia en la calle, esperando no se sabe muy bien qué, los niños sentados sobre unas cuantas maletas y, a su lado, una pequeña montaña hecha con las pertenencias que habían podido sacar de su casa.

Entonces, como ahora con Maricarmen, había un cierto reflejo de pensar que aquello era un caso límite, una rareza, algo que solo le pasaba a un puñado de gente atrapada en una sucesión de catastróficas desdichas. Como cuando te dicen que un pariente lejano tiene cáncer y te pones a hacer preguntas como para poder construir la ficción de que esa persona tiene algo que la hace más vulnerable a la enfermedad que tú. 

Haríamos bien en no repetir el error. Lo que le pasó este miércoles a Maricarmen no es una especie de lotería de la mala suerte que le toca a una persona concreta. Es un fenómeno estructural que nos afecta a todos.

La cosa es esta.

En los últimos quince años, y sobre todo desde la pandemia, en el panorama financiero confluyen dos fuerzas opuestas. Por un lado, los tipos bajos, los estímulos y las inyecciones de liquidez de los bancos centrales de prácticamente todo el mundo han inundado el planeta de dinero barato. Por otro lado, la digitalización y la emergencia de una generación entera de técnicos y profesionales universitarios han cambiado de arriba abajo las reglas del juego económico: han llevado al límite la capacidad productiva de los países y, con ello, han hundido los precios de los bienes que habían sido el centro de las economías industriales. Resultado: una montaña de dinero barato que se ha quedado sin destino productivo.

De la suma de ambas cosas sale lo que podríamos llamar una “burbuja total”: una masa inmensa de capital ocioso que no encuentra acomodo en la economía productiva y que busca por dónde colarse, no para crear valor, sino para extraer rentas como sea y de donde sea, de los Estados o de los ciudadanos.

Las consecuencias más crudas y más evidentes son la gran burbuja inmobiliaria que se ha producido en todo Occidente y en China y el crecimiento de la bolsa estadounidense, que muchos hemos tildado de burbuja. Pero detrás de estos dos grandes fenómenos, hay uno menos conocido, que es el que estamos observando en el caso de Maricarmen. El private equity es un tipo de fondo de inversión que acumula capital para comprar empresas que no cotizan en bolsa. En un sentido amplio, formarían parte de este tipo de inversión tanto la empresa que ha desahuciado a esta octogenaria, como Housers, esa “startup” que se vendía como una bicoca y acaba de dejar a sus inversores en la ruina. 

En estos años el private equity ha tenido su propia fiebre del oro. En 2021 batió todos los récords de operaciones y, solo en Estados Unidos, en 2025 volvió a superar el billón de dólares invertidos en un año. Estos fondos acumulan en todo el mundo 7,5 billones de dólares –algo así como el 12% de toda la riqueza global–, de los que 2,7 billones son fondos que sus inversores ya han comprometido y que todavía no han sabido dónde colocar. En la jerga lo llaman dry powder, pólvora seca. Y esa pólvora caduca: si no la gastan dentro del plazo pactado, pierden el dinero y las comisiones. La presión por invertir es enorme.

Como las grandes industrias ya tienen dueño, esa pólvora se ha ido metiendo donde ha podido: en pequeños negocios dispersos y de proximidad; esos de los que ninguno podemos prescindir. En España lo han hecho con las clínicas veterinarias, con las dentales –donde un solo fondo controla unas 300– con las residencias de mayores, donde la mayor operadora, en manos de un fondo, suma más de 18.000 camas; con las tiendas y los centros comerciales, donde la inversión creció un 30%, hasta rozar los 2.700 millones de euros el año pasado, un 50% por encima de la media de los cinco años anteriores; y con la vivienda, donde el estadounidense Blackstone se ha convertido en uno de los mayores caseros del país. Solo en 2025, el capital privado invirtió en España más de 7.000 millones de euros en más de mil operaciones, un récord histórico. Todo lo que tiene un local, una clientela fija y un barrio que depende de él está en el objetivo de estos fondos. 

Esta burbuja del private equity está detrás de la subida generalizada de los precios (y del deterioro de los servicios) que hoy puede observarse en cualquier gran ciudad del mundo. Desde el aumento de los alquileres de los locales comerciales, que ha obligado a cerrar a varios centenares de ellos este año y que amenaza al 80% de las librerías madrileñas, hasta la subida de las tarifas de las empresas que, una vez adquiridas por los fondos, soportan enormes presiones para dar más beneficios.

Todos estamos probando ya, en pequeñas dosis, un aperitivo de lo que le ha pasado a Maricarmen. Cada vez que uno de estos fondos se hace con un trozo de ciudad, nos desahucia un poco a todos: del bar donde nos tomamos el café, de la clínica donde nos tratan los dolores, del dentista donde les ponen la ortodoncia a nuestros hijos. Y no nos desahucian para innovar ni para traer algo nuevo, ni para sustituir un servicio anticuado por otro mejor, sino para dejar las cosas como están, llevarse un pedazo mayor de la tarta y volver a invertirlo en más desahucios, o repartirlo en otro sitio. A veces, a miles de kilómetros de aquí.

En 2011 nos llevó varios años, muchos más desahucios, un rescate y darnos de bruces con la factura que nos dejaron los convidados a aquella fiesta, darnos cuenta de que los desahuciados no eran solo los de la foto. Ojalá no cometamos esta vez el mismo error: Maricarmen somos todos.

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