Medio siglo de España
Llegué a Madrid por primera vez a principios de 1970. Tenía 12 años y mi recuerdo es borroso y preciso al mismo tiempo: una ciudad lluviosa y triste, enredada en el humo de sus buses, con personas que se veían en blanco y negro, con personas que miraban hacia abajo, con personas que me contaban unas vidas que yo –que venía de una dictadura sudamericana– no podía creer: me sonaban a novelones del siglo XIX repletos de matrimonios fracasados pero ineludibles, de mujeres encerradas en sus casas –resignación y si dios quiere–, de muchachos que habían leído tan poquito, de primos que iban a un cumpleaños de 13 con corbata, de olor a frito y a tabaco de anoche y a sardinas. Era la ciudad que unos años después me encontré en uno de los mejores fragmentos de la literatura en castellano del siglo pasado: ese que empieza diciendo que “Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza…”.
En esos días viajé un poco por Castilla: carreteras de dos vías llenas de pozos y peligros, sus bares basurales, los campos trabajados con arados de bueyes, las boinas oscuras y los vestidos negros, esas manos: vi tantas manos hechas de raíces. En esos días uno de cada cuatro españoles vivía bajo la línea de pobreza, cada familia tenía al menos un parado y la emigración –a Francia y Alemania, Madrid y Cataluña– era la forma más habitual de buscarse una vida razonable. (En esos días el PIB per cápita argentino, con perdón, era 1.372 dólares y el español, 1.211. El año pasado el argentino fue 12.820 y el español, 33.500: uno se multiplicó por nueve; el otro, por 27.)
En esos días uno de cada ocho adultos españoles no sabía leer ni escribir y nueve de cada diez no habían ido más allá de la escuela primaria; solo el 3% había llegado a la universidad. En esos días no existía el divorcio ni la potestad de las madres sobre sus hijos y una mujer debía tener la autorización de su marido para trabajar o abrir una cuenta bancaria o salir de su ciudad; tampoco podía votar, pero nadie podía. En esos días se aprobó una ley –“de Peligrosidad Social”– que incluía penas de cinco años de cárcel para los homosexuales y la creación de dos cárceles: una en Badajoz, para los “pasivos”, y otra en Huelva para los “activos”; en ambas intentaban “curarlos” a fuerza de lobotomías y de electroshocks.
En esos días, por supuesto, cualquier actividad política podía llevarte a la cárcel o, incluso, al pelotón de fusilamiento o el garrote vil. En esos días había infinidad de libros prohibidos y los diarios y revistas eran obsesivamente censurados. En esos días cualquier palabra pública contra el poder suponía un riesgo incalculable.
Y hoy recupero todos estos recuerdos porque en medio de mi viejazo general hay uno muy particular: las discusiones con jóvenes –últimamente la noción de joven abarca a casi todos– españoles que me dicen que su país se hunde. Es cierto: para quien lea los diarios o mire la televisión o escuche la radio, España se disuelve, pronto será una dictadura, ya es una dictadura, el grado de enfrentamiento es terminal, así no hay quien viva, huyamos ya. (A mí, ingenuo inveterado, este logro no deja de admirarme. Y lo mismo les sucede, en general, a amigos y colegas ñamericanos con quienes lo charlamos: la envidia nos corroe.
Por eso estas líneas intentan ser un homenaje del humilde mundo sudaca a la invencible madre patria: sabemos que es laborioso, que es difícil, que requiere una dosis extrema de imaginación y sacrificio crear esta imagen de país destruido cuando las condiciones ayudan tan poco. Por eso mismo, nuestra admiración sin límites hacia quienes lo consiguen: partidos de oposición, prensa de ídem, trolls y rolls y sushis de basura, alarmistas de todos los colores, taxistas con o sin taxi, cuñados acuñados en cualquier material).
Y entonces todos estos jóvenes españoles, decíamos, que me explican que su reino se hunde, y sus reacciones cuando les digo que no conozco muchos ejemplos de cambio tan profundo y exitoso como el de este país en este medio siglo. Corea y ellos, les digo, y algunos se sorprenden, otros incluso se dan por ofendidos: les resulta más familiar y confortable el relato de la desgracia y decadencia. Y yo suelo decirles que sí, que por supuesto, que siempre hay buenas razones para criticar la propia sociedad, que siempre hay razones aún mejores para intentar cambiarla, pero que ningún análisis tiene sentido si no se basa en datos ciertos. Y que ellos no vivieron –pero, parece, tampoco estudiaron, tampoco les contaron– la España de sus abuelos y por eso no pueden valorar y disfrutar la enorme fortuna de vivir en un país donde la salud y la educación están garantizadas para todos, donde la violencia está entre las más bajas del mundo, donde casi todos comen lo que necesitan, donde los servicios públicos en general funcionan, donde pueden decir lo que cuernos se les canta, donde pueden oponerse sin gran riesgo a los que quieren cargarse todo lo anterior.
No saberlo, no tenerlo en cuenta, es necedad, o su madre y abuela: la ignorancia, que no es más que la necedad cuando triunfa. El conocimiento del pasado cambia la percepción del presente. Nadie entenderá la mejora que significa que las personas no tengan más remedio que trabajar ocho horas por día si no sabe que, hace cien años, era habitual que trabajaran 13 o 14.
Insisto: el proceso español, aunque muchas mañanas la televisión lo disimule, es uno de los más exitosos de las últimas décadas. Insisto: no son razones para dejar la crítica de lado. Quizás incluso sean lo contrario: excelentes razones para entender que cuando esa crítica se ejerce sin miedo y sin descanso construye realidades como esta. Una que, aunque la mayoría insista en no saberlo, nos pone entre los países más privilegiados de la Tierra.
Y no, como quisieron las tradiciones tradicionales españolas, por tener ningún poder sobre los otros; solo por poder vivir –no todos pero cada vez más, cada vez más– como nos merecemos.