El mensaje de Colbert
Stephen Colbert ha hecho mucho más que hacernos reír los últimos 20 años. Su sátira política ha servido para explicar la financiación de los partidos o los abusos de poder. Su empatía ha canalizado conversaciones sobre el luto, la fe o la violencia. Puede que los guiones fueran mejores que los de otros shows, pero su sutileza detrás de los chistes es lo que probablemente marcaba la diferencia con los demás.
La despedida este jueves, forzada por la CBS, es reflejo del momento en la vida pública de Estados Unidos: la operación inédita de control gubernamental de la televisión; la deriva autoritaria que no aguanta la crítica del poder, y todavía menos si tiene gracia; la crisis de los canales de información tradicionales en medio de la competencia de cualquier cosa en las redes, el volumen sin freno de contenido malillo, la falta de atención y la desconfianza de todo lo que suene a institución.
Pensando en las últimas dos décadas se puede trazar una línea desde el debut de Colbert. Su primer programa en solitario, The Colbert Report, parodiaba a Bill O'Reilly, presentador de Fox News durante 15 años y opinólogo ultraconservador del programa más exitoso de la televisión por cable (Fox lo echó en 2017 después de años pagando para silenciar acusaciones de abusos sexuales).
En 2005, en el primer episodio de su programa parodia, Colbert habló de la palabra “truthiness” (algo así como “apariencia de verdad”). Metido en su personaje de tertuliano ultra, Colbert explicaba que “no era fan de los diccionarios” porque eran “elitistas”. “No me creo los libros. Son todo hechos, no tienen corazón. Eso es lo que está separando al país… Estamos divididos entre los que piensan con la cabeza y los que saben con el corazón”, decía mientras en la pantalla aparecía un cartel “cabeza, mal; corazón, bien”. Y decía que el entonces presidente George W. Bush “sentía la verdad”, poniendo como ejemplos la invasión de Irak y un polémico nombramiento en el Tribunal Supremo. “La verdad viene de las entrañas”, decía Colbert, embebido en su personaje, que reflejaba bien lo que ya pasaba entonces. Los frutos más crudos de esa política de las entrañas están ahora a la vista.
El papel de la televisión era y ha seguido siendo un elemento esencial que también ha alimentado los peores instintos amplificados después por las redes sociales y la potencia sin freno de Internet. Incluso los late shows como el que ahora presentaba Colbert.
Su antecesor en el programa nocturno de entrevistas y humor en la CBS, David Letterman, se disculpó hace unos años por haber contribuido a retratar a Donald Trump como alguien que no era, un multimillonario lleno de éxitos incluso cuando estaba al borde de la quiebra y exprimía a los contribuyentes neoyorquinos a fuerza de favores políticos.
Revistas y periódicos retrataron a Trump como un emblema del éxito e incluso la belleza -el primer perfil publicado en el New York Times, en 1976, lo comparaba con Robert Redford-. Pero cuando ya estaban claros sus trapicheos, bien entrados los 90, Letterman lo entrevistaba entre bromas y halagos sobre su fortuna sin el más mínimo escepticismo. Incluso poco antes de que Trump lanzara su campaña presidencial le pidió perdón por haberle llamado “racista” por la falsedad que repetía Trump de que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos y, por lo tanto, no tenía derecho a ser presidente. Como otros, Letterman no se lo tomó suficientemente en serio y el vendemotos daba audiencia.
Hace unos días, como parte de la despedida del show que ha dejado de existir, Colbert y Letterman arrojaron sillones del plató de la CBS desde el tejado del edificio en el centro de Manhattan donde se ha grabado durante más de tres décadas el show que ambos han presentado. Era un desafío a las reglas de la televisión de no dañar sus propiedades ni arrojar nada desde el tejado, y, sobre todo, una forma de protesta por la cadena que ha capitulado ante las presiones del presidente. Tal vez era un buen símbolo de la tragicomedia. La que queda por contar no tiene buena pinta.
Pero no siempre ha sido así y no siempre tiene que serlo. En un discurso a los recién graduados de 2006, Colbert alertaba contra quienes ya estaban de vuelta o decían estarlo: “El cinismo se enmascara en sabiduría, pero no puede estar más lejos de serlo. Porque los cínicos no aprenden nada, porque el cinismo es una ceguera autoimpuesta, un rechazo del mundo”.
La sátira política seguirá pese a Trump y quien venga detrás. Entretanto, se notará la ausencia de Colbert, siempre irónico, nunca cínico.